8 de September de 2012 00:01

Bomberos, héroes anónimos que enfrentan los desastres forestales

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Las lágrimas se deslizan por el tiznado rostro del bombero Luis Guaytarilla, de 69 años. No puede contener el llanto, al recordar a su nieta de 10 años. Ella está hospitalizada por una peritonitis aguda.

Llora porque no ha podido visitarla. Desde el lunes pasado, ha colaborado en el combate al incendio ocurrido en la quebrada de Guambi, en San Luis de Puembo. El jueves ya llevaba más de 30 horas seguidas halando mangueras, bajando pendientes, enfrentándose a las llamas. “Mi familia sabe que cumplo con mi deber”.

Son 450 socorristas del Cuerpo de Bomberos de Quito que hasta este mes han tenido que atender más de 2 000 incendios forestales, en jornadas de hasta 72 horas seguidas.

Con overol, botas de cuero, guantes, casco, mascarilla, rastrillos, palas, picos y machetes se han enfrentado a la voracidad de las llamas. El traje pesa 40 libras y han tenido que caminar entre tres y cuatro horas para llegar al origen del siniestro.

Guaytarilla, junto con otros siete bomberos descendió por la ladera de 300, con el propósito de llegar con agua hasta el origen del fuego, en el pie de la quebrada.

Aspiraba apagar las llamas hasta el mediodía, para luego visitar a su nieta. Su plan se frustró: el viento arrastró las llamas hasta Tababela, cerca del nuevo aeropuerto.

Las quebradas con pendientes muy empinadas y la topografía del suelo hace imposible, en algunos casos, que las motobombas lleguen hasta donde están las llamas. Por ello, los bomberos tienen que cargar en sus hombros mangueras de 15 metros de largo, que pesan 30 libras cada una.

Una dificultad que según Raúl Parra, director de Siniestro del Cuerpo de Bomberos, se la vive en casi todos los incendios forestales: “Es un gran esfuerzo. El bombero tiene que cargar las mangueras y unirlas en el camino, por ejemplo, en Puembo unimos 260 metros”, asegura.

Ya eran las 16:00 y Guaytarilla aún no podía soltar la manguera. Tiene rango de suboficial y pertenece a la Estación de Guayllabamba, desde hace 34 años. Por cosas del destino estuvo otra vez en Puembo, en el sitio donde años atrás casi pierde la vida.

Un cálculo mental rápido y cuenta que hace 26 años también hubo un incendio de consideración en la quebrada de Guambi. “Cuando ya casi estaba sofocado, el viento avivó las llamas”. Él permanecía cerca de un canal de riesgo y las lenguas de fuego le pasaron por encima. Pudo guarecerse en el canal. Sufrió quemaduras leves.

En la titánica labor para controlar el incendio de Puembo, sus compañeros tenían los rostros ennegrecidos por el hollín. Una línea de 300 metros de largo, ladera abajo, formaron los ocho bomberos con diferentes mangueras. Esa fue la estrategia.

Allí, el incendio se debía apagar con agua y arena, porque hay plantas como los pencos que arden por dentro. Los bomberos no podían llegar al origen del fuego, para realizar tareas manuales como en otros sectores, por la topografía: había peñas y rocas resbalosas.

Por esa razón, ni el helicóptero de la Policía podía colaborar; además, los vientos y los cables de alta tensión dificultaban aún más la tarea.

A Guaytarilla, su trabajo le ha dado satisfacciones, pero también le ha dejado lesiones. En un incendio en la cárcel de Ambato, cumplía con su misión de rescatar a un interno y se produjo una explosión que lo arrojó a 5 metros de distancia. Quedó herido, se fracturó tres costillas y se le contrajeron las vértebras de la columna. La secuela es que hasta hoy tiene una hernia discal que le obliga a practicar dos horas diarias de fisioterapia, pero cuando no se registran siniestros en la ciudad.

Pasadas las 16:00 del jueves, las llamas se reavivaron con fuerza, cruzaron la quebrada y se pasaron a la ladera de enfrente. Las espesas columnas de humo volvieron a cubrir el cielo y se escuchaba el ruido que produce la madera cuando está caliente. Los bomberos miraban perplejos, pues eran pocos para combatir el siniestro. El plan era volver a bajar con las mangueras para atacar el fuego desde otro punto, pero no pudieron hacerlo.

Hasta ayer, 21 bomberos fueron afectados en su lucha contra el fuego que se expandió por las laderas de la capital. Tenían fracturas, golpes y problemas respiratorios. Tuvieron que abandonar el escenario del siniestro para ser llevados a casas de salud.

Romel Duque es de los que no piensa en el riesgo, está convencido de que su tarea es vencer a las llamas y esa convicción le ayuda a enfrentar el peligro.

Los socorristas combaten a las llamas a unos 5 metros de distancia, sosteniendo la manguera que arroja una presión de agua tan fuerte que tiene que ser manipulada por, al menos, dos personas.

Ese esfuerzo no asegura el éxito de la operación, pues basta con que falle una manguera para que todo se salga de control. Algo que ocurrió el pasado martes, cuando una manguera explotó y el incendio de Puembo, que estaba casi controlado, por lo cual se reactivó y con más fuerza.

De ahí que, según Parra, la mayoría de incendios forestales se apagan con ramas unidas o lanzando tierra sobre el fuego. En esta semana, los bomberos han sido los verdaderos héroes en el combate a las devastadoras lenguas de fuego, que en este verano ya han consumido 1 154 hectáreas. El trajín de Guaytarilla no paró ayer, las alertas en otro sectores le impedían ver a su nieta.

El personal

En agosto de este año,  45 bomberos fueros separados de la institución. 42 eran inspectores y tres jefes zonales. La razón: hubo una reestructuración interna.  

50 bomberos de  Ibarra, Cayambe, Santo Domingo y Ambato llegaron para reforzar las tareas en el Distrito.

También llegarán  otros 35 socorristas de Guayaquil, que se unirán junto con militares y policías al control en las laderas de la ciudad.


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