13 de September de 2012 00:03

Los bomberos dejaron el trópico para bregar en las montañas

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Sosteniendo un pesado matafuegos, el teniente de bomberos Gerardo Cáceres apaga las últimas llamas en una empinada ladera del bosque protector Pasochoa, a 50 km al suroriente de Quito.

Cáceres forma parte del contingente de 32 casacas rojas que llegaron de varios cantones del Guayas para apoyar el combate a los incendios que devastan Tumbaco, el valle de Los Chillos y otros sectores de la periferia de Quito.

Cáceres, robusto y moreno, explica que el matafuegos (de mango de madera y pala de caucho reforzado) se usa en la Costa para anular la candela que se produce en los cañaverales, en especial en la época de zafra, en los cantones San Carlos y Naranjito (abril).

Agotado -como sus amigos - hace un alto en el extenuante trabajo, que comenzó el sábado en la noche, para resumir la experiencia de sus colegas que han llegado desde las cercanías del mar a las montañas agrestes de la Sierra.

“Es como asistir a un curso para apagar incendios en las montañas; es un laboratorio vivo, hemos aprendido y compartimos vivencias con gente de Quito, Patate y Quero”. Cáceres, de 32 años, lleva 10 en el cuerpo de bomberos de su cantón. Evoca el riesgo más duro: en la mañana del pasado martes, 11 de septiembre, apareció un viento ‘juguetón’.

“Los seis hombres de mi grupo apagábamos el incendio montaña arriba, de pronto nos vimos rodeados por grandes lenguas de fuego; en el Pasochoa el viento cambia a cada instante de dirección y la floresta ceniza se reaviva, salimos con los justas, siempre trabajando en equipo”.

El sitio, en la cara suroriental del bosque primario, alejado de la caldera del volcán Pasochoa, está invadido de humo.

El verdor de otras montañas contrasta con la vegetación devastada de bambús gigantes, helechos, pumamaquis, alisos, arrayanes, orquídeas, tupidos chaparros de ceja de montaña.

No hay rastros de las huellas de los animales de ese preciado bosque: osos de anteojos, zorrillos negros de mancha blanca en el lomo, conejos, quindes, tórtolas, perdices, curiquingues...

Al mediodía del pasado martes, el sol acentúa ese contraste. 11 kilómetros, por un camino estrecho, partes de piedra y de polvo, separan a la parroquia Amaguaña de la región de los incendios.

Desde las alturas, el paisaje es único: desde el norte, apenas se divisa el sur de Quito, el cerro El Corazón, pétreo y azulado, se yergue entre las nubes, en el occidente.

Hacia el norte de Uyumbicho, cerca de la hacienda Manuela Sáenz, aparece una gran humareda. En la mañana, al pasar por allí, se veía un depósito clandestino de basura –llantas de auto, parabrisas, asientos y cartones ardían junto a un bosque de eucalipto.

La oportuna llamada del guardia David Bastidas a los Bomberos impidió que los árboles ardieran. “Aquí botan los desechos de las mecánicas de Uyumbicho”, dijo, apesadumbrado.

Desde el camino que lleva al incendio del Pasochoa asoman las casas blancas de las haciendas ganaderas. Los eucaliptos, a la orilla del camino zigzagueante, dan sombra. Pero en las inmediaciones de los incendios, el sopor es como un pesado manto de humo.

Ahí, con machete en mano y matafuegos, están los bomberos de Naranjito, Milagro, Santa Lucía, Daule, Pedro Carbo, Isidro Ayora, Lomas de Sargentillo, Yaguachi y Mariscal Sucre.

Santos Burgos, de la parroquia Roberto Astudillo, (Milagro) viste un tiznado traje amarillo de lona. Tiene 42 años y siete hijos. Es voluntario. Trabaja en una bananera deshojando las plantas y desbrozando los senderos.

“Cuídate papito en esas montañas”, le dijo su pequeña Silvana, de 11 años. “En el Pasochoa, el viento es tan cambiante como el carácter de las mujeres”, espeta, y sus amigos le festejan. También pasó el susto de las llamas envolventes. Salió airoso.

Estirpe de bomberos

El teniente Félix Quijije, de piel tostada y ojos vivaces, siente orgullo de llevar la casaca roja. Juan, su abuelo de 89 años, también fue bombero. Lo mismo su padre, Heraclio Simplicio. “No sé por qué le pusieron ese nombre tan raro”, festeja. Los más sonrientes, ante las ocurrencias de los ‘ñaños del manso Guayas”, como les nombran, son los bomberos de Tungurahua, expertos en montaña: Luis Sanipatín, de 19 años, de Patate; Diego Cajas (27 años), de Quero; Ricardo Duque (24), de Píllaro.

Por si fuera poco, la estirpe bomberil de Félix Quijije se completa con el aporte de dos tíos que también combatieron el fuego: Dionisio y Félix Quijije.

Con 49 años bien vividos, como sostiene Don Félix, es el más antiguo de la tropa del fuego.

“El ‘paisano’ Sanipatín -así llaman a los serranos- parece un niño, a sus 19 años”, afirma. La gente ríe. “Que va, el niño es Diego Cajas, no ven lo patucho que es”, responde Santos Burgos, y las miradas se fijan en Diego, de lentes gruesos, pequeño, quien desde niño soñó con vestir el uniforme rojo. “Sí, soy pequeño, acepta, pero ante cualquier fuego me crezco, no me detengo ante nada”.

Otro grupo de 12 hombres, cerro arriba, a 3 km del camino en el cual los bomberos descansan de las jornadas de hasta 18 horas, enfrentan al incendio.

Usan machetes y picos para levantar la tierra y cercar a las llamas, se valen de los matafuegos para ahogarlas.

Frederick Ruiz, voluntario de Daule, se queja porque el equipo que utilizan es muy básico.

Él, quien dirige el gimnasio Fire de su pueblo, confiesa que faltan machetes, mascarillas y agua para consumo personal. Sus labios están partidos. Mas, se alegra cuando a las 15:00 llega la camioneta roja que trae el almuerzo: sopa, arroz con pollo, colas...

El teniente Cáceres se alista para el relevo. El fuego no cesa arriba. Dice que a las 09:00 del sábado 8 de septiembre les trajeron de Guayaquil en un bus de la Secretaría de la Gestión de Riesgos.

“Llegamos a Quito a las 20:00 y de inmediato trepamos la montaña. Nos sobra la voluntad”.

Detalles del apoyo

Los bomberos y voluntarios del Guayas se hospedan en la Escuela de Cadetes, en la av. Teniente Hugo Ortiz, sector de la Atahualpa, en el sur de Quito.

Están a gusto. Se sirven  desayuno reforzado -huevos, leche, pan, guatita...  

A las 21:00 vuelven  a dormir. El frío no afectó a ninguno.

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