24 de May de 2010 00:00

Las Bandas recordaron el 24 de Mayo de 1822

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Redacción Quito

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Irene Morales, junto a sus tres hijos, llegó ahoy desde el valle de Tumbaco a la tribuna del Sur, en la av. Teniente Hugo Ortiz. Ella ocupó un espacio del graderío desde las 08:40 para observar el desfile estudiantil para conmemorar los 188 años de la Batalla de Pichincha.

A las 09:15 todavía había espacio en la tribuna y el desfile se inició a las 09:35. Antes de que se iniciara la programación, los vendedores ambulantes colocaron hileras de sillas plásticas de diversos colores en los costados de la avenida. Las alquilaban en USD 1 pero no todas fueron ocupadas. Dora Cevallos alquiló tres sillas. “Me parece caro pero prefiero estar cómoda para ver a los jóvenes”.

El cierre de las calles aledañas a los redondeles de La Michelena, La Magdalena y El Calzado causó inconvenientes en el tránsito vehicular en el sector.

María López tuvo que caminar cuatro cuadras. “El bus me dejó en el redondel de El Calzado porque la avenida. Teniente Hugo Ortiz está cerrada. Es un caos”.

En el redondel de La Magdalena, los alumnos de 37 colegios que participaron en esta parada se alistaban para el evento. Ellos se ubicaron de acuerdo con el orden de salida que les asignó la Fundación Educando Ecuador, quienes organizaron el acto denominado Viva la Patria–Quito 2010. Es el tercer año que se organiza en el sur de Quito.

María Cervantes acompañó a sus dos hijos, Milton y Andrea, quienes estudian en el Colegio Militar Eloy Alfaro. “Nos íbamos a Salinas pero cancelamos cuando nos dijeron de la programación”.

Los estudiantes de esta institución abrieron el desfile. “Me siento orgullosa porque mis hijos saben que hubo gente valerosa que ofrendó su vida por la libertad”.

Los acompañó hasta que llegaron a la tribuna. La gente aplaudió a los portaestandartes, a las bandas de paz y a las bastoneras.

Morales desde el graderío explicaba a sus hijos lo que significaba esta fecha histórica. “Antes en los colegios se dictaban más clases de cívica, ahora es muy poco”.

A un costado de la tribuna, se ubicó la barra del Instituto Tecnológico Sucre. Llegaron con extintores, pancartas, papel picado para incentivar a sus compañeros que desfilaron a las 11:20.

Entonces, hubo dos enfrentamientos con los estudiantes del Instituto Miguel de Santiago. Los jóvenes se lanzaron piedras entre ellos. La Policía montada tuvo que intervenir. El público se quejó.

“No es posible que los chicos peleen mientras se da este acto cultural”, dijo Blanca Tipantaxi.

Debido a este incidente, el desfile se interrumpió por cinco minutos. María Vásquez, moradora de El Calzado, comentó que faltó organización. Hasta las 11:00, la Cruz Roja atendió una emergencia. Un niño se cayó del graderío de la tribuna. El desfile finalizó luego del mediodía. Morales aplaudía y dijo que esta es una fecha para no olvidar.

Tras los pasos de Sucre en el Pichincha

Antonio José de Sucre, descendiente de una familia aristocrática española, asentada en América, se enlistó en el Ejército rebelde en contra de España, a los 15 años.

A los 27 ejecutó una maniobra extraña y demencial, por la cual entró para siempre en los libros de historia. Lanzó a 1 900 hombres a través de una montaña que se levanta sobre una ciudad, que estaba atestada de enemigos.

¿Qué le empujó a una acción tan arriesgada? Jorge Núñez Sánchez, un especialista en ese período histórico, explica que el general Sucre vino con menos de 2 000 soldados, la mayoría proveniente de llanos muy distantes: Guayaquil, Gran Colombia, Perú, Argentina, Inglaterra y Francia.Sucre se tardó cuatro días en remontar las lomas que rodean a Quito. No hay acuerdo entre los historiadores sobre la ruta que siguió por las faldas del Unguí y luego por las del Pichincha. 188 años después, aún es posible recorre los lugares que pisó Sucre.

El descanso de Los Chillos

Llegar a la hacienda de Chillo Compañía es relativamente fácil para quien conoce el valle. La hacienda que perteneció a la familia Montúfar sirvió de descanso para los hombres que venían ascendiendo desde Loja.

La casa de la hacienda ahora es una pequeña edificación rodeada de viviendas de la urbanización Selva Alegre, pocos metros antes del Club Los Chillos. A su derecha corre un delgado riachuelo, en el cual es de suponer que abrevarían los caballos del Ejército Unido de Sucre.

El guardia tiene orden expresa de no abrir la puerta a desconocidos o interesados en conocer el lugar donde Sucre dejó su huella.

Otro escenario fue Cataguango. Luis Trujillo es un ex profesor de colegio y también historiador de Chillogallo. Hace 40 años fue un participante habitual en La Posta de la libertad, una especie de romería laica que recorría, armada de antorchas, la ruta que atravesó el general Sucre.

La Posta de la Libertad era protagonizada por los estudiantes del Colegio Dillon. Recorrían el trayecto en dos días.

Trujillo recuerda que con sus antorchas de queroseno subían desde la hacienda de Cataguango, ubicada en la llanura de las lomas de Puengasí. A inicios del siglo XIX esa propiedad perteneció a Manuela Sáenz.

A los estudiantes no les importaba que Sucre nunca hubiera subido por ahí. Ellos igual partían de ese punto.

Manuela, posiblemente, según Núñez, mandó emisarios indios para guiar a los patriotas. Para él, la primera intención de Sucre era bordear la ciudad para avanzar a Pasto y reforzar el asedio que Simón Bolívar mantenía sobre esa ciudad. Era uno de los últimos y más fuertes bastiones realistas.

El historiador Enrique Ayala Mora matiza el relato. “La intención del General era la de cortar todo posible contacto entre los españoles de Quito y de Pasto. Probablemente, haya querido bordear la ciudad y presentar batalla en Guayllabamba”.

Sea como fuere, el General no pasó por Cataguango. No lo nombra en el Parte Oficial de la Batalla de Pichincha, que remitió a Bolívar. Hoy, la hacienda luce remozada, tras los trabajos del Fonsal. A este lugar tampoco se puede entrar. Desde un camino polvoriento se observa, a lo lejos, la fachada occidental. Es blanca, con arcos.

La ruta sigue por el Camino Real. En la llanura de Turubamba, Sucre provocó la lucha con el enemigo. Sin respuesta. Entonces, avanzó a Chillogallo. Y tanto quería la batalla que se desplazó por el camino oficial español. Una vía empedrada llamada Camino Real y que fue trazada sobre el antiguo camino de los Incas.

Sobre ese trazado se extiende ahora la vía Mariscal Sucre. A ambos lados de la avenida se levantan populosas urbanizaciones que corresponden a los barrios en los que se dividió Guamaní y Quitumbe, en el extremo sur.

Sobre lo que antes eran potreros y ciénagas hoy se han abierto negocios de venta de alimentos, accesorios para autos y puertas, principalmente. Es un sector caracterizado por una intensa actividad económica y comercial.

El Cinto y más allá...

El general Sucre ordenó el desplazamiento desde Chillogallo, en la primera hora del 24 de Mayo. Todas las versiones históricas coinciden en que una batalla en la mitad de la montaña no estaba en sus planes. Aunque resulta imposible que el estratega no haya previsto esa opción.

Núñez Sánchez afirma que esa noche llovió. Una tempestad torrencial empapó a los soldados y volvió los suelos resbalosos y difíciles de transitar. Para subir a los barrios de La Garzota y Santa Rosa, hay que subir por caminos empedrados en mal estado.

Estas localidades carecen de luz, agua potable y alcantarillado. Hay casas abandonadas, a medio construir, sin estilo arquitectónico homogéneo.

A la entrada del templo de El Cinto hay ahora una división que va hacia la derecha. Probablemente, sea la misma ruta que el gran Mariscal abrió hace 188 años, en la mitad de la lluvia.

No hay evidencia científica de que sea así. Lo único comprobable es que desde allí, el camino hacia la Cima de la Libertad aún es peligroso. Luego de una hora y media en una camioneta, se encuentra a pobladores que se asentaron en el lugar hace más de 50 años. Pertenecen al barrio Nueva Aurora, sector alto.

Allí tampoco hay alcantarillado ni agua potable. Los vecinos conservan las características del campesino. Trasladan su alimentos y enseres a lomo de llamas. Se alimentan de lo que produce la tierra de los patios de sus casas. Solo bajan a la zona urbana para hacer trámites y para comprar lo que no pueden cultivar.

Durante las noches, la niebla, por lo general, cubre las faldas de la cumbre. Entre la oscuridad y la llovizna es fácil imaginar a Sucre avanzando hacia la libertad.

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