28 de febrero de 2016 00:00

Cuando el local y el propietario se llaman igual

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Valeria Heredia

Son nombres anónimos pero están inmortalizados en los letreros de los negocios asentados a lo largo de las calles quiteñas. Se los mira pero se desconoce su historia, sus razones de llamarse así, como si las tiendas, almacenes, restaurantes, peluquerías o víveres fueran personas.

¿Quiénes son, cómo son sus rostros y qué secretos guardan?
La primera pregunta tiene una respuesta simple. Se colocan nombres de personas queridas por los dueños del local. Los abuelos, los hijos y padres son los más usados. Pero los apodos también forman parte de la larga lista de alternativas.

Esta costumbre de los quiteños de poner nombres de personas a sus negocios rompe con las recomendaciones de los expertos en marcas comerciales, quienes insisten es escoger palabras que sean claras para comunicar, fáciles de recordar, originales, que proyecten la imagen correcta del negocio, que se escriba tan cual sin prestarse a confusiones ortográficas.

Esta costumbre se ha extendido a negocios más grandes que se han convertido en cadenas, como ‘María Gracia’ (estilística), ‘Taty’ (ropa femenina) y otros que han preferido usar nombres cálidos, que proyecten esa sensación de cercanía que existe cuando entramos a Víveres Danielito y él mismo nos atiende.

Un ejemplo de lucha, amor y trabajo arduo

La canción ‘Pobre corazón entristecido’ es el sanjuanito favorito de Rosario Coronado, más conocida como Charito. La mujer de rostro agrietado y cabello entrecano disfruta cada una de las estrofas. Su mirada, casi consumida por las cataratas, refleja la melancolía que evoca este tema ecuatoriano. Tal vez revive un recuerdo escondido en su memoria. Una locura por amor, explicó con una sonrisa pícara seguida de una fuerte tos.

Rosario Coronado. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

La mujer es oriunda de la parroquia de Tababela. Nació hace 102 años y ha visto los cambios que ha sufrido esta localidad rural. Uno de sus recuerdos más profundos es, sin duda, la compra de su terreno, donde hoy se levanta el parqueadero que lleva su nombre. No tenía dinero por lo que tuvo que pedir fiado a su esposo. Este hecho fue la antesala de un gran amor, que le llevó a casarse a escondidas. Se arrepintió aunque lo amaba, señaló.
Otro recuerdo que atesora es que tuvo que trabajar arduamente para conseguir el dinero para pagar la deuda. Vendió desde animales de corral hasta comida. Nunca dejó de luchar. Su ejemplo hizo que su familia rescate su nombre y su historia. Francisco Sarzosa, uno de sus nieto, pasa todas las mañanas por la casa de adobe y saluda a la mujer con un beso. “La queremos y respetamos”, comentó.

Uno de los recuerdos más grandes es cuando conocí a mi esposo. Me enamoré y nos casamos a escondidas.
Rosario Coronado. Propietaria

Un dibujo infantil transformado en realidad

Una casualidad hizo que Wilfrido Aguilera o Willy se vinculase al mundo de las artesanías. No estaba en sus planes porque ya tenía su negocio junto a un arquitecto. Pero las vueltas de la vida hicieron que en la crisis del 2000 perdiera todo. “No sabía qué hacer para obtener más ingresos para mi familia y para mí. Le aposté al arte”. Y le puso su nombre a su negocio.
Un día, el hombre de cabellera negra y larga fue a ver una serie infantil, Los Picapiedras, en la casa de un conocido. Le gustó la decoración rústica de la casa de los personajes de este dibujo animado. Y decidió elaborar algo similar.
Una de sus primeras creaciones fue un conjunto de muebles de comedor. Posteriormente construyó sala, armarios, camas y otros.

Wilfrido Aguilera. Foto: Valeria Heredia/ EL COMERCIO

Actualmente tiene más de 2 000 creaciones entre grandes y pequeñas. Todas son únicas y ese es su ‘plus’, comentó el hombre que tiene su negocio en la avenida E35, a la altura de Yaruquí.
El trabajo de un artesano no tiene horario ni fecha en el calendario, por lo que labora todos los días. No se cansa porque es algo que le apasiona. Aclaró que su trabajo es interesante porque usa madera reciclada. “Estoy en contra de la tala de árboles, por lo que tengo que buscar madera que otros desechan para crear”. Otro reto suyo es enseñar a moldear la madera.

Mi trabajo se hace con material reciclado. Estoy en contra de la tala de árboles porque se daña nuestra naturaleza.
Wilfrido Aguilera. Artesano

Un vegetariano que disfruta de ofrecer salud

Hace 35 años , Gopal Das se planteó la misión de mejorar la salud de las personas. La gran interrogante que se cruzó por su cabeza era cómo lograrlo. La respuesta fue sencilla: por medio de la comida.
Este colombiano abrió un restaurante vegetariano en el sector de La Floresta, en el centro norte de la urbe, hace dos años. Fue uno de los primeros en levantar un negocio de ese tipo. Lo hizo con el apoyo de su familia y sus amigos del barrio, quienes destacaban su ‘buena sazón’ y la preparación de platillos como churrasco o menestras. Así abrió el restaurante Donde Gopal, que ofrece una gama de platillos sin carne y saludables.

Gopal Das. Foto: Valeria Heredia/ EL COMERCIO

Gopal se considera un hombre cálido, confiable y sobre todo buen cocinero, por lo que tomó su nombre para el local. Además, siguió el consejo de su guía espiritual, a quien respeta y ayuda en cada uno de sus proyectos.
En este espacio, Gopal Das también ofrece talleres para equilibrar la mente y el cuerpo como yoga, cocina orgánica... Se dictan los sábados en la mañana. Además, hay un almacén de ropa de estilo hindú. “Ofrecemos una filosofía basada en la salud y el bienestar de quienes llegan a este local”.
A futuro, este emprendedor, que tiene tres hijos, planea mejorar su negocio para fortalecer la salud a sus clientes y amigos

Soy una persona apegada a la espiritualidad. Mi nombre significa pastor de rebaños y busco brindar salud a todos.
Gopal Das. Chef

Un nieto inspiró el nombre de un micromercado

Laura Gallardo dejó su vida en medio de telas, máquinas de coser y dedales para levantar su tienda. Lo hizo con un enorme esfuerzo y con el ánimo de su familia. Es una alternativa compleja porque trabaja a tiempo completo. Pero, lo ha logrado en estos cuatro años de apertura de la tienda, donde comercializa todo tipo de productos: cereales, gaseosas, pan, productos para el hogar y muchos más.
El primer paso que dio fue buscar un lugar con una fuerte carga vehicular y peatonal. La vía elegida fue la avenida Ilaló, en el valle de Los Chillos. El nombre fue lo de menos porque toda su familia le dice cariñosamente Laly.

Laura Gallardo. Foto: Valeria Heredia/ EL COMERCIO

El apodo surgió porque uno de sus nietos no podía pronunciar su nombre verdadero, Laura. Desde ahí todos le dicen Laly, incluso sus amigos cercanos y vecinos.
Luego de cuatro años de trabajo en su micromercado, su mayor alegría es saber que cuenta con el apoyo de sus familiares. Sus hijos y sus nietos le ayudan por días. “Es una gran alegría para mí saber que cuento con el respeto de mi familia”, explicó con un sonrisa tímida.
El trabajo en la tienda le ha dejado satisfacciones. Conoce a sus vecinos, le muestran su cariño y sobre todo es feliz.

Una de mis mayores alegrías es saber que cuento con el cariño y la compañía de mi familia.
Laura Gallardo. Comerciante

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