24 de septiembre de 2014 20:38

La apuesta de los afrodescendientes en Quito es la organización

Estalin  y Fabiola, Adriana Ogonaga, Cecilia Quiñónez  y  Sofía Mesa son habitantes del Comité. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO.

Estalin y Fabiola, Adriana Ogonaga, Cecilia Quiñónez y Sofía Mesa son habitantes del Comité. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO.

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Evelyn Jácome. Redactora

Desde la calle se escucha el ritmo de la bomba que sale por la ventana de una de las casas, en la Pisullí. De las 15 personas que caminan por la vía principal, a la altura del parque, 12 son afrodescendientes.

La Pisullí es el hogar de los Arce, los Mina, los Méndez, los Gudiño, los Tadeo... familias que llegaron en la década de los ochenta a Quito y se asentaron en la loma.

Fabiola Arce, de 65 años, fue una de ellas y mientras pela unos mangos verdes que nunca faltan en su vivienda, cuenta que cerca del 70% de la gente que se tomó la montaña, era afrodescendiente; 150 de ellos, familiares suyos.

La Pisullí y La Roldós son dos de los barrios más grandes que tiene el sector de El Condado, donde vivían hasta el 2010, unas 6 071 personas afroecuatorianas. Esta es la parroquia con el mayor porcentaje de población afrodescendiente de la ciudad en relación con el número de habitantes. Le siguen Calderón, Comité del Pueblo y Carcelén, también en la parte norte del Distrito.

Fabiola arribó a Quito hace 58 años. Su llegada fue dura. “En Quito no había muchos negros. Recibí maltrato de todo tipo: físico, humano”, recuerda. Asegura que hoy, gracias al apoyo de la gente que la rodea, de su familia y vecinos, ha mejorado su calidad de vida. Hoy trabaja de conserje en una escuela, la respetan, está afiliada al Seguro y espera tener una jubilación justa.

Estalin  y Fabiola, Adriana Ogonaga, Cecilia Quiñónez  y  Sofía Mesa son habitantes del Comité. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO.

Pero cuando niña sintió una fuerte discriminación. Cuando tenía 7 años, su padre la regaló a una familia a la que no le gustaban los afrodescendientes. Vivió en un inicio en La Recoleta. Allí fueron sus años más duros, pero cuando cumplió 35 años fue a la Pisullí.

La presencia de población afroecuatoriana en Quito no es un fenómeno reciente. Según documentos oficiales de la Secretaría de Inclusión Social del Municipio del Distrito Metropolitano, su presencia ha sido documentada desde la misma fundación en 1534. Hasta el 2010, había 104 584 personas de esta etnia, lo que representaba un 4,7% del total de la población quiteña.

En la pequeña cocina de Fabiola siempre hay fréjol, verde, pescado, choclo cao... Cuando llegan a visitarla sus 24 nietos, enciende el fogón y asa sus infaltables yucas y camote.

La organización es fundamental para poder mantener sus costumbres. Hay identificadas 45 asociaciones en La Roldós, Carapungo, La Bota, Colinas del Norte, Carcelén Bajo. En Pisullí, la principal es la Escuela “Yowa” que desarrolla actividades culturales. En este espacio, desde el 2008, los niños y jóvenes practican lo que llaman su danza tradicional.

Nancy Placencia es coordinadora de cultura de la Federación de Organizaciones de Negros de Pichincha, que reúne a cerca de 35 entidades; es decir más de mil personas. Vive en La Roldós y asegura que este tipo de actividades son fundamentales para mantener la identidad.

Para este 5 de octubre, que se celebra el Día Universal del Pueblo Afrodescendiente, está planificada la realización de ferias gastronómicas, presentación de artistas y obras de teatro. Todas estas actividades relacionadas con la cultura, idiosincrasia y forma de vida.

Fabiola también es líder de su etnia. Cuenta que fue fundadora de un grupo que en un inicio se llamó Raíces Negras, pero luego cambiaron el nombre a Renacer, con 30 integrantes, todos de Pisullí. Bailaban marimba y guapalé. El 11 de noviembre organizarán un gran baile por las fiestas de la parroquia.

Textos que maneja el Departamento de Pueblos Afrodescendientes del Municipio cuentan que para la época colonial en Quito esta población ocupaba varios papeles en la sociedad relacionados con la servidumbre. Además ejercían cargos como pregoneros, aguateros, limpiezas de calles, porteros o artesanos.

Pero la oleada migratoria hacia Quito apareció durante la primera mitad del siglo XX, cuando llegó gente del valle del Chota y Salinas.

Adriana Ogonaga, de 29 años, llegó de Inta, Imbabura, en el 2004. Vivió en la Planada, en el Comité, pero en fue en la Pisullí donde se adaptó más fácilmente. Allí se encontró incluso con vecinos de Inta. Unas 300 personas de esa zona viven en este barrio. Además hay gente de San Lorenzo, de Esmeraldas, del Chota y de Ibarra.

Son las 18:00, acabó de llover y Adriana tiene las manos heladas. Lo más difícil fue adaptarse al clima. La Pisullí se encuentra a 2 753 metros sobre el nivel del mar y en las tardes el frío se adueña de las calles.

El viento helado golpea con fuerza las casas de bloque y techos de zinc. Un arcoíris doble aparece en el cielo y, a esa altura, parece estar más cerca. La explicación es sencilla para Fabiola: “Los colores están tomando agua en la quebrada para darnos la señal de que ya vienen las lluvias”.

Pichincha es la tercera provincia a escala nacional con mayor número de población afroecuatoriana. Acoge al 11,2%, superada únicamente por Guayas y Esmeraldas.

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