12 de December de 2009 00:00

Quiñónez escaló un edificio en llamas para salvar 3 vidas

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El afroecuatoriano de 25 años respondía mecánicamente a las preguntas de los periodistas, mientras fotógrafos y camarógrafos lo seguían. El hombre era Fernando Quiñónez Sánchez, quien la tarde del 10 de diciembre de 2000 se convirtió en héroe.

Se transportaba en el expreso que debía llevarlo hasta el Puerto Marítimo, donde estibaba cajas de banano, cuando un incendio, que se inició en el piso 5 del bloque IV de las casas colectivas, en la avenida Quito, sur de Guayaquil,  detuvo la marcha del bus.

Quiñónez vio que una mujer gritaba desesperadamente por auxilio a 15 metros de altura. Ella tenía a dos niños, de 5 y 7 años, a los que agarraba desde el filo de una cornisa. En segundos, Quiñónez saltó del bus y trepó los cinco pisos por uno de los costados del edificio. Escaló unas vallas metálicas, se apeó de las estructuras de los acondicionadores de aire y llegó hasta  Lucrecia Cagua, quien en sus manos tenía a sus nietas, Vieruska, de 5 años, y Diheidi, de 7. Él las rescató. El esposo de Cagua falleció. 

Quiñónez, quien residía en la cooperativa Esmeraldas Libre, en Las Malvinas, fue aplaudido, pero él siguió su camino al trabajo, y cumplió su jornada de 20:00 a 04:00, en el Puerto Marítimo.

Entrevista a Paco Moncayo. Ex alcalde de Quito y Asambleísta

Este proyecto tiene deformaciones que lo hacen repudiable

Redacción Política

¿Más allá del mandato constitucional, usted considera necesaria una Ley de Comunicación?

Creo que es indispensable.

¿Por qué?

Desde el siglo XIX se ha  creído que el hombre es solo esclavo de la Ley, no de ningún poder o  alguna voluntad. Necesitamos leyes buenas. Más aún  si hay un mandato constitucional. 

¿Para qué una ley, si hay instrumentos internacionales que garantizan la libertad de expresión y existen normas civiles y penales que sancionan los excesos del ejercicio periodístico?

La ley es para que los convenios internacionales se desarrollen y apliquen. Nadie puede estar al margen, por poderoso que sea.

¿Por qué está aquí?
Su experiencia. Fue Comandante General del Ejército durante la guerra del Cenepa. En 1996 fue Jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas. Fue diputado por la ID (1998-2000) y Alcalde de Quito, por dos períodos. En abril fue electo asambleísta por el Movimiento Municipalista.

¿Cómo evalúa este proyecto de ley Comunicación?

Alguien que tenga algo de vergüenza y sentido democrático no votaría por este mamotreto que han preparado. El proyecto tiene que ser revisado totalmente.

¿Le encuentra algún aspecto positivo?

Parece que quienes escriben los proyectos de ley no entienden que el espíritu de nuestra Constitución es ‘garantista’ de derechos. Esos derechos deben ser desarrollados en las leyes. Por lo tanto, no puede haber una ley antimedios, antiinformación. Este proyecto tiene una serie de deformaciones que lo hacen repudiable.  

¿Es una ley antimedios?

No hay duda de eso.

¿Qué capítulos son los que más le preocupan?

Hay varios que rayan en lo absurdo. A quién se le ocurre clausurar un medio, que es algo que debería ocurrir en circunstancias excepcionales,  a través de medidas administrativas. A quién en democracia se le ocurre que el Consejo de Seguridad, que es dirigido por el Gobierno como debe  ser, tenga que opinar si hubo o no atentados contra la seguridad pública. Esta ley  es indispensable porque de lo contrario el Gobierno va a usar los medios públicos a su discreción.     

Pero si a lo que menos se refiere esta ley es a los medios públicos...

Por eso es necesaria la ley, para que haga de los medios públicos algo más cercano al ciudadano.

Según su lectura, ¿en qué instancias del oficialismo se concibió  mal este proyecto?

El problema no es solo este proyecto. Yo veo que en cada proyecto de ley que analizamos hay  un afán concentrador de poder: la ley  de Empresas Públicas, la de Aguas, la de Educación Superior, la de Cultura, la del Deporte.... Esto es peligroso para la sociedad y para el propio Gobierno. Varias de estas perlas ya se definieron en el ‘Congresillo’ de Montecristi. Ventajosamente, en la Asamblea muchas de estas leyes se han transformado, aunque eso no se haya informado.  
¿La Ley de Comunicación sigue la misma tónica?

Esta ley tiene la misma concepción que todo el grupo de leyes que sale de Senplades.

¿Qué es lo más peligroso del proyecto?

El Consejo de Comunicación y su capacidad sancionadora-administrativa. Allí está el meollo. Otro tema es el registro de los medios. Si bien en democracia todo se registra, no se puede vincular el registro de los medios a su capacidad de operar. Otro tema que debiera constar es el control del espacio electromagnético.

¿Con esta ley, la libertad de expresión está en riesgo?

Así es. Veamos también qué pasa con la Ley de Educación Superior, donde se crea esa especie de superministerio que controla la autonomía universitaria, que es como el aire que se respira. En todo caso yo veo  un buen espíritu en la Asamblea para legislar.
 
Un buen espíritu que puede desvanecerse con el veto a la ley del Presidente...

Ya hemos rechazado vetos con el voto de las  tres terceras partes del Pleno. La Asamblea es el alma de la democracia, pero si esta se vuelve la  trastienda de Carondelet, mejor la dejamos de lado.

¿Por qué el Gobierno quiere controlar a la prensa?

Eso es imposible. No hay duda que la prensa es un poder. Además, la prensa está vinculada a un derecho vital que es la libertad de expresarse, informar, opinar. Si  no se tiene esa libertad, entonces habrá a vivir en otra parte.

El Presidente no entiende el rol de la prensa...

Yo fui autoridad, estuve en el poder por muchos años  y la prensa conmigo ha sido tremenda. ¿Alguna vez alguien me oyó quejarme? Al contrario, me he enterado de fallas de la ciudad gracias lo medios, así lo hayan hecho con mala intención.

¿La prensa tiene que ser regulada?

Por supuesto.

¿Cómo hacerlo?

Con participación ciudadana, porque ese es el espíritu de la Constitución.

¿Y la autorregulación?

Tampoco creo que esa sea la salida. El controlado no puede ser contralor. Yo no creo en la santidad de nadie. Lo bueno es que todo este cambio que vive la sociedad ecuatoriana es positivo porque nos obliga a repensarnos.

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