31 de octubre de 2014 20:23

¿Dónde quedó la huella del cholo cuencano?

Julio Albarracín se dedica a la agricultura y construcción. Se casó con Abelina Gutama. Foto: EL COMERCIO

Julio Albarracín se dedica a la agricultura y construcción. Se casó con Abelina Gutama. Foto: EL COMERCIO

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Lineida Castillo. Redactora
(F-Contenido Intercultural)

Por tus cholas buenas mozas, por tus longos bien plantados, por tus mañanas preciosas y tus cielos despejados, dice la primera estrofa de la canción ‘Por eso te quiero Cuenca’.

Es casi un himno en esa ciudad, que este 3 de noviembre cumplirá 194 años de independencia y es la única melodía que nombra a la pareja de la Chola Cuencana.

El cholo, conocido como longo, nunca fue parte del escenario cultural y social como sí fue su esposa desde la Colonia; su imagen pasó desapercibida. En la actualidad, es representado en danzas y bailes tradicionales, imponiéndole una vestimenta (pantalón corto, poncho, sandalias y sombrero de paño), que no es la suya.

Según el historiador cuencano Claudio Malo, al igual que la chola, él es un personaje mestizo producto de la unión indígena-campesina. Vestía muy sencillo como cualquier persona con pantalón, camiseta o camisa… “Siempre fue humilde y no tenía ningún distintivo especial que lo identifique”.

Esa falta de identidad en su atuendo le restó importancia frente a la vistosidad de la ropa de su esposa. Julio Albarracín tiene 71 años y está casado con Abelina Gutama, de 66, quien siempre viste una pollera, blusa bordada y candongas. Esta pareja vive en el barrio Corazón de Jesús de la parroquia cuencana de Sayausí.

“Nunca usé un traje especial ni me decían cholo. Nos llamaban por nuestros nombres”, dice sonriendo. Cuando trabaja en su huerta suele usar un pantalón de tela y una camiseta.
En su juventud, su esposa tenía una huerta de hortalizas y vendía flores los fines de semana en el Centro Histórico. “Siempre ella ganaba más con menos días de trabajo”. Albarracín se dedicó a la agricultura, ganadería, carpintería, albañilería.

Precisamente en esos oficios estuvieron involucrados más los cholos. Antes, ese término era usado de forma despectiva, principalmente por los dueños de las haciendas conocidos como ‘chazos’, explica el historiador Juan Cordero.

Este último personaje estaba en una mejor condición social y económica. “No tenía la versión negativa de los indios ni era rico. Empleaba a la chola para las tareas domésticas y al cholo para la agricultura”.

El cholo llevaba una vida bohemia y por eso no trascendió, agrega Cordero. “Era fiestero y bebía con frecuencia”. Esta faceta la recuerda con claridad José Navas Pacheco, de 58 años, porque en su juventud le encantaba ir con su esposa, María Fárez, a las fiestas comunitarias y familiares. “Bailábamos hasta cansarnos”. Ella lo cuidaba y no se movía de su lado hasta llevarlo a la casa.

El cholo también se dedica a la música o a las actividades artesanales. Miguel Minchala pertenece a una banda de pueblo de la parroquia rural de Baños y tiene como esposa a una chola cuencana.

En cambio, Héctor Serrano se dedica a la elaboración de las zapatillas típicas de la chola. Él recuerda que su esposa dejó su vestimenta hace 10 años, porque sus hijos llegaron al colegio y los compañeros se burlaban del atuendo. Ellos se conocieron en una hacienda en Tutupali, en la parroquia Tarqui, y compartían las labores de siembra.

Cristian, de 35 años, es hijo de Julio Albarracín. Él señala que antes el cholo era muy pobre, pero querendón de su mujer. “A mi papá le gustaba acompañar a mi madre a la ciudad, porque ella siempre vestía elegante con su atuendo”.

Pese a sus limitaciones económicas, le compraba las polleras costosas, aunque él se vestía mal. Pero esa imagen ya cambió con la migración, dice Cristian, quien vivió 8 años en Estados Unidos. “Los cholos ya no son pobres, son responsables en el trabajo, no beben como antes...”.

Sin embargo, no ha salido de los espacios de trabajo en el campo. Por ejemplo, Navas y Julio Albarracín viven de la agricultura y la ganadería.

En la capital azuaya no existe un homenaje especial para el cholo. En cambio, las Cholas Cuencanas son la máxima expresión cultural en las fiestas y hay un monumento cerca de la terminal terrestre, en la avenida España. Incluso, un certamen galante de más de 60 años.

En pocos centros educativos de la urbe se elige al cholito y a la cholita como parte de las fiestas. Lo que sí suena por toda la ciudad es la canción Por eso te quiero Cuenca. Eso ocurrió ayer en la Escuela Federico Proaño, en el Centro Histórico.

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