30 de abril del 2016 00:00

136 psicólogos ayudan a las víctimas de Muisne por el terremoto

Diferentes grupos de psicólogos trabajan continuamente con los albergados del cantón Muisne, en Esmeraldas. Foto: Marcel Bonilla / EL COMERCIO

Diferentes grupos de psicólogos trabajan continuamente con los albergados del cantón Muisne, en Esmeraldas. Foto: Marcel Bonilla / EL COMERCIO

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Marcel Bonilla

Las alteraciones nerviosas son el común denominador de las personas que están alojadas en los albergues en poblaciones como Palma Junta, Pueblo Nuevo, isla de Muisne y Chamanga, sur de la provincia de Esmeraldas.

Muchas de las mujeres presentan problemas para dormir mientras que otras lloran tras recordar el día del terremoto del 16 de abril que afectó a las poblaciones de Muisne.

Viviana Gómez, una de las albergadas, apenas duerme dos horas en la tarde. Después de las 18:00, está despierta casi toda la noche y pendiente de sus cuatro hijos. Todos están en una carpa en el albergue de Palma Juntas. Un equipo de cinco psicólogos les brinda apoyo psicológico desde hace cuatro días, con motivaciones y ejercicios de relajamiento.

Los niños más grandes que están en los albergues también están atentos ante cualquier movimiento. Temen estar dentro de las carpas, una iglesia y aulas escolares que funcionan como refugios temporales.

En las zonas afectadas hay 136 psicólogos educativos y clínicos de la ciudad de Esmeraldas, que atienden a personas con alteraciones nerviosas. Hasta el momento, han evaluado a unas 500 personas a través de consultas individuales. También les dan seguimiento para ayudarlas a seguir con sus vidas.

La atención se realiza en 31 carpas donde están habitantes de comunidades como Chontaduro, Isla Bonita, Santa Rosa, San Pedro, entre otras.

“Hay personas que se ponen nerviosas hasta con el solo movimiento de las ramas de los árboles”, explica la psicóloga Mayra Micolta. Ella trabaja para la Dirección provincial de Educación de Esmeraldas, y realiza un trabajo voluntario con los afectados. Conversa con niños y adultos mayores, que son los más sensibles.

Aunque los psicólogos también gestionan la repartición de alimentos para quienes no los han recibido. También colaboran en la las donaciones que llegan directamente a los afectados y coordinan con los encargados de los albergues.

Los lancheros de Muisne retribuyen la ayuda de los psicólogos: no les cobran el pasaje hacia el otro lado de la isla, donde hay un albergue con más de 100 personas.

Entre los pacientes de estos profesionales también están mujeres con discapacidad intelectual y en estado de gestación, que presentan alteraciones nerviosas y ansiedad. Para ello se ha requerido del apoyo de familiares.

Unas de sus observaciones es que hay muchas personas con discapacidades múltiples, que necesitan de una atención permanente para reintegrarlos a sus actividades normales.
Dos embarazadas de 16 y 40 años presentan un cuadro de sensibilidad, tras el terremoto. A ellas se les atiende junto con especialistas en obstetricia.

Jefferson Carrillo, uno de los psicólogos, trabaja con más de 60 niños con quienes comparte actividades lúdicas y practica juegos tradicionales para amenizar el tiempo mientras están en los albergues.

Julio Chasing, de 10 años, dice que cuando el viento mueve la carpa en la que descansa con su madre y dos hermanos, vuelve la pesadilla del sismo. Entonces se levanta y permanece despierto.

Por eso el trabajo es constante con niños y adultos que reflejan temor ante las nuevas réplicas. El tiempo que durará esta labor voluntaria aún es indefinido. Ellos dicen que continuarán tratando a las víctimas del terremoto en los 30 albergues y refugios temporales donde hay 6 025 personas.

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