18 de January de 2010 00:00

La propaganda

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Fabián Corral B.

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Creer que la democracia se basa en la credibilidad en las instituciones, en la fe limpia en un proyecto, en la adhesión a una esperanza,  incluso en el puro carisma de un líder, es una gran ingenuidad.

La democracia está muy lejos de ser lo que alguna vez fue,  lo que se concibió en la mente de griegos y liberales del siglo XVIII. De eso no queda casi nada, queda el hecho electoral, queda la teoría de que el poder está en el pueblo, y que es el pueblo el que gobierna. Es decir, queda el cuento originario, la anécdota. Queda, sí, el discurso que explota esas ilusiones.

Lo que en realidad constituye el argumento y la explicación del hecho del poder es la propaganda. Allí esta la raíz del tema. Está en los sondeos y en las encuestas que direccionan lo que se debe hacer,  lo que es “políticamente correcto”. De la propaganda nace la táctica para llegar, dominar y permanecer. La propaganda  apunta a vender ilusiones, a explotar y sobredimensionar obras, a endiosar a los caudillos, y especialmente, a convencer de que estamos en el cielo.

La propaganda como método para dominar y para vender -ya sea zapatos o esperanzas de redención- apunta siempre a la enajenación del juicio de las masas, a la expropiación del criterio, a la automatización de la conducta. La gente, empapada por la repetición de un eslogan o un discurso, absorbida por la insistencia en las imágenes, por la identificación entre el poder y la verdad, entre el Gobierno y la felicidad, termina abdicando de la única soberanía que existe: la autonomía de juicio y la capacidad crítica.

La propaganda política tiene una meta: contar con masas dóciles, suplantar las ideas con lugares comunes, confundir, endiosar a personajes y lograr la identificación de la  felicidad con ilusiones vacías, el  “cambio” por ejemplo, la revolución, la soberanía, y  los demás lugares comunes que, sometidos a la prueba de una reflexión básica, a un análisis crítico elemental, resultan… ganchos para vender, estampitas para rezar, santitos laicos para venerar.

No importa, porque de lo que se trata es de lograr adhesión irracional, convicción dogmática, emotividad y, si se necesita en un momento oportuno, iracundia contra el enemigo inventado. Lo que se busca es neutralizar a los otros, obtener  tal capacidad de movilización que sea el aval definitivo del
Régimen. Movilización contra el hereje que se atreve a criticar a la religión política, al catecismo ideológico que satura la vida, que invade la escuela, que se enseña en la universidad y que se cola en cada hogar, entre telenovelas y folletones de crónica roja.

Si se mira con  realismo la vida pública moderna, lo que resalta y  lo que sobrevive no es el voto del ingenuo que raya la papeleta. Lo que domina y sobrevive e, incluso, lo que se recuerda después, es  la propaganda. ¿Es esa la democracia participativa?

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