17 de October de 2014 21:40

Los presidentes que necesitaron su propio diario

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Santiago Estrella G. Editor

Nadie puede decir si se trata de un mito urbano o una realidad. Pero la política argentina nunca dejará de hablar del ‘diario de Yrigoyen’.

Hipólito Yrigoyen, uno de los hombres más respetados de la historia, fue el primer presidente en ser elegido por sufragio universal en Argentina (1916-1922), aunque estuvo prohibido el voto femenino. Y fue también el primer presidente de la Unión Cívica Radical, un partido que comenzó siendo revolucionario: quebrantó la hegemonía conservadora y puso en el escenario político a la clase media argentina.

Su segundo gobierno solo duró dos años, de 1928 a 1930. La crisis mundial afectó la economía del país y el descontento crecía. Pero Yrigoyen nunca llegó a saberlo. Cuenta la tradición que los más cercanos colaboradores del radical publicaban ejemplares únicos de diarios que le mostraban un país distinto al que realmente vivía.

¿Cuáles eran las intenciones? ¿Evitarle disgustos? ¿Privarle del conocimiento de lo que realmente pasaba? De ser cierta la historia, Yrigoyen desconocía la treta de sus hombres de confianza.

Es conocido que los presidentes no tienen tiempo para leer todos los periódicos. Les llega hasta su escritorio resúmenes que elaboran sus colaboradores. Hay excepciones. Cuentan en Colombia que Álvaro Uribe madrugaba para leerlos todos. A las 06:00, estaba totalmente informado de lo que pasaba en su país.

Si la ignorancia de Yrigoyen sobre el estado del país no pudo evitar su derrocamiento, esta compleja relación de los mandatarios con los medios ha sido una constante en la historia argentina. Y bien lo sabe Juan Domingo Perón que al final de su vida tuvo que reconocer que ganó “con todos los medios en contra” y perdió “con todos los medios a favor”.

En 1946, Perón ganaba por primera vez Presidencia de Argentina. Y lo hizo en uno de los contextos más complejos de la historia de su país. Como secretario de Trabajo del gobierno dictatorial de Edelmiro Farrel, su alianza con los sectores sindicales le permitió consolidar un poder que generó desconfianza en sus rivales, tanto al interior del Gobierno como de la oposición.

Lo desplazaron de su cargo en 1945 acusado de estar cercano a los gobiernos del ‘Eje’ durante la II Guerra Mundial y lo enviaron a la cárcel de la isla de Martín García, en el Río de La Plata. Había sido una medida que agradó a los sectores del poder económico argentino.

Pero no duró mucho en prisión. Ayer se cumplieron 69 años del denominado “día de la lealtad peronista”. El 17 de octubre de 1945, ocho días después de su detención, el movimiento sindical se levantó desde los rincones del ‘conurbano’ bonaerense (las afueras de la capital) y caminaron hacia la Plaza de Mayo. Su consigna era única: liberar al general que había trabajado para satisfacer sus demandas.

Temeroso de un estallido social, Farrell ordenó su liberación; lo llevó hasta la Casa Rosada para que hablara a la multitud desde el balcón de la Casa Rosada. Desde ese día supo que ese sería su balcón y que la Plaza Rosada sería, simbólicamente, la plaza del naciente movimiento peronista.

Y bajo esa construcción simbólica, Perón ejerció una política de medios. Ganó las elecciones pese a la oposición que ejercían algunos periódicos sobre los que actuó: expropió el diario La Prensa y comenzó a crear una red de medios que se financiaban con el auxilio del Estado.

Pero eso no fue suficiente. A él también le llegó un golpe militar, en 1955, denominada ‘La revolución Libertadora’, una de las más cruentas del país y que incluso proscribió la palabra ‘peronismo’.

¿Por qué emitió Perón esa frase llena de paradojas? Según el periodista Pablo Sirvén, en una entrevista al medio ‘Genesis Lujan’, “es fruto de una reflexión sincera, fruto de su propia experiencia. En su breve presidencia final se comportó en consecuencia: resistió la presión de los gremios y de su propio gobierno que le pedían estatizar cuanto antes la TV. Y no lo hizo él, sino Isabelita”.

Entre el diario falso de Yrigoyen y la red de Perón, en el ADN de los gobiernos está el confrontar a los medios, no siempre con el éxito que habrían deseado.

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