4 de November de 2009 00:00

Donde pone el dedo...

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Patricio Quevedo Terán

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Si se hacen bien las cuentas, resulta que desde 1944 hasta  2009 han transcurrido 65 años, por tanto más de medio siglo. Pero si se hace caso a los clamoreos y lamentaciones de los contralores del Estado, parecería de pronto que no hemos avanzado un solo paso en el comportamiento ético de la Administración Pública del Ecuador.

¡Entendámonos bien!: La etapa del Liberalismo partidista y del fraude electoral había llegado hasta su descomposición y decrepitud no obstante disponer de un jefe de gran talento, como Carlos Arroyo del Río, y muchos compañeros de admirables habilidades politiqueras. Previamente se habían dado el Liberalismo ‘machetero’ de la desenfrenada arbitrariedad y el Liberalismo económico de la ‘bancocracia’. A pesar del arrogante anuncio de que ‘no permanecería ni un día más, ni un día menos en el poder’, el tiro de gracia había asestado a la tercera fase, la revolución del 28 de mayo, la ‘Gloriosa’, como les gustaba decir a los
Velasquistas.

El multitudinario alzamiento había traído de vuelta al doctor Velasco Ibarra, cuya fe constitucionalista había determinado que convocara, acaso demasiado pronto, a la correspondiente Asamblea Nacional. Dentro de ella y con el telón de fondo de exaltados discursos, se había nombrado como contralor, a Ángel Felicísimo Rojas, literato ante todo, periodista y abogado; también discreto socialista de cualquier siglo. En medio de un convulso ambiente, Rojas inició la investigación de ciertos procesos correspondientes al período anterior. Y de súbito, impresionado por las conclusiones que estaba descubriendo, el Contralor pronunció ante grupo de comunicadores sociales, la frase lapidaria que se tornaría enseguida célebre: “Por donde se aplasta el dedo… salta la pus”. Rojas repitió la misma opinión en su Informe formal,  aunque no precisó las excepciones inevitables de ministros, legisladores y otros funcionarios que no estuvieron manchados por la corrupción. 
 
75 años más tarde, el Contralor en ejercicio es el doctor Carlos Pólit. Y de pronto, parece que se descubrió arrollado por el ‘tsunami’ creciente de las furiosas olas de lo fraudulento, la gravedad de las denuncias y la desvergonzada audacia del tráfico de influencias.

Y mientras Pólit explicaba algún tema dentro de los cursos de empleados públicos que organiza la Contraloría, como que tuvo impresión vívida del desigual combate por la escasez de medios y de colaboradores resueltos, y enunció paladinamente la posibilidad de renunciar a la magistratura, para no involucrarse como cómplice del indigno proceso.  Lo cual lleva hasta interrogantes de pesadilla: al cabo de más de medio siglo ¿no se ha progresado ni un modesto centímetro en la formación de convicciones morales?; ¿todavía salta la pus de los peores latrocinios?

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