25 de December de 2011 00:01

Rolando Calle: ‘Ecuador sería menos injusto si no habría odio’

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Su vida.  Cuencano. Sacerdote jesuita, comunicador social y educador universitario.  Desde hace cuatro años es el rector del colegio San Gabriel de Quito.    

Su punto de vista. Lo extraordinario de la gente humilde es que nos enseña que la verdadera riqueza no es material, sino  el amor, la alegría y la esperanza.

¿Ecuador se volvió un país de odios, rencores , revanchas a favor y en contra?

Como toda Latinoamérica, Ecuador es un país con desigualdades tremendas. No podemos olvidar lo que somos, un país tremendamente rico con riquezas naturales y culturales increíbles, diverso, con culturas auténticas y tradiciones milenarias. Somos un país tremendamente rico, pero tremendamente inequitativo.

¿Y eso justifica que el país se haya partido entre los que aman u odian, entre los que están a favor o en contra?

De esa realidad tenemos que partir para comprender lo que está pasando y para saber, precisamente, que la única manera de superar cualquier odio, división o afán de tornar al país en un escenario simplista, blanco y negro, no tendrá futuro.

Aparentemente, sí...

Cualquiera que tenga ese afán de dividirnos deberá recordar que el país no necesita odios sino tratar de desarrollar toda la riqueza que tenemos para trabajar en conjunto por los más pobres.

Sin embargo, “los pobres” son un elemento clientelar para la demagogia populista. ¿Cómo hace el país para que trascienda esa demagogia y realmente todos luchemos por los más pobres?

Usted me pregunta eso a mí, que soy un sacerdote tremendamente interesado en cómo la creencia profunda y coherente del ser humano puede superar cualquier dificultad que surja en lo económico, político y cultural.

Entonces, ¿qué opina desde el sacerdocio acerca de la demagogia clientelar?

Que tenemos unos elementos muy fuertes para superar divisiones y polarizaciones tan fuertes como la actual. Lo que nos da la pauta para superar esas dificultades es que no podemos pelear por cosas absolutamente secundarias, sino que debemos centrarnos en lo que somos y queremos.

¿Qué es lo que somos?

Somos ciudadanos con una fuerte tradición cristiana bastante arraigada en los últimos 500 años y con una esperanza enorme de hacer de esta América Latina el continente que aproveche sus riquezas, que reduzca la pobreza y que trate a todos los humanos como Jesús nos enseñó.

Justamente, uno de los problemas es que las enseñanzas de Jesús parecen ir quedando en el olvido.

No lo creo porque desde mi condición de sacerdote vivo otra realidad cada día. Somos hijos de Dios y merecemos tratar de una manera especial sobre todo a los que menos tienen, enfocándonos sobre todo en ellos.

Pero, insisto, la polarización y las pasiones no nos dejan mirar el conjunto.

La tenemos que superar. Sería una ridiculez quedarnos en el distractor de una polarización que solo nos lleva a seguir siendo el continente más inequitativo.

Eso implica un compromiso fuera de partidismos, ideologías y militancias...

En otras palabras, tenemos que comprometernos con un cambio a fondo que pase por sobre la política coyuntural y los grandes intereses particulares y que llegue al convencimiento de que todos podemos ganar si nos dedicamos a ser cristianos a fondo.

¿Qué significa ser ‘cristianos a fondo’?

Un cristiano a fondo decide buscar el bienestar de los más pobres y entiende que ese es el verdadero bienestar para todos.

Eso necesitará una educación para la paz, no para el odio ni para la revancha...

No solo eso. La educación supone en primer lugar saber quiénes somos y a dónde vamos. Supone que cada uno tenga los instrumentos para dar sentido a su existencia, para hacer un plan de vida con los pies en la tierra y cumplir lo que cada uno cree que debe hacer.

Pero ese debe incluir un plan no solo personal, sino colectivo...

Por supuesto. Estamos hablando de un proyecto personal y social, un proyecto colectivo.

Suena bien, padre, pero no parece posible hacerlo en un país tan fragmentado y dividido con el nuestro. ¿Usted ha intentado hacerlo?

Si no lo hubiéramos intentado, y con éxito, no hablaríamos de eso. Hay que poner sobre la mesa las preguntas realmente importantes para generar respuestas realmente importantes. Pero, insisto, no son ideas coyunturales sino que miran al futuro.

¿Hay ejemplos concretos?

En el último mes de abril los estudiantes del San Gabriel, que se graduaron hace 25 años, organizaron un desayuno de ex alumnos y luego un panel que se difundió por midolorosatv, un canal en Internet. Usted no me creerá, pero llegaron ex alumnos de derecha y de izquierda, unos que trabajan en Carondelet y otros que está en la oposición.

¿Y se produjo un debate acalorado y fuerte?

Todo lo contrario. Se sentaron precisamente a discutir cuáles eran los proyectos del Ecuador que están sobre la coyuntura actual y les pusimos a pensar en el país que queremos, más allá de la situación política y económica actual. Vivimos tiempos en que el mundo avanza tan rápidamente que hacer un plan para cinco años no es suficiente. Tenemos que imaginar el de 15, 20 ó 25 años después.

¿Y cuál fue el resultado?

Muy agradable. Al principio, unos estaban sentados a la izquierda y otros a la derecha de la mesa, pero luego, entendiendo que todos somos ecuatorianos y que queremos un solo país, se mezclaron, reían, conversaban amigablemente, llegaron a consensos extraordinarios y se dieron un gran abrazo.

Eso es lo que nos correspondería hacer a todos los ecuatorianos en un momento como este…

Absolutamente, pero fíjese que ellos partieron desde su creencia en Dios, desde su fe en La Dolorosa del Colegio, y es tan profundo verlos compartir esa creencia y esa fe, verlos sacar su estampita de La Dolorosa para dejar sus prejuicios e ideologías a un lado y buscar un país más justo.

Usted dice, padre, “somos lo que creemos”. ¿Qué somos los ecuatorianos o qué creemos que somos?

Esa es una pregunta para una sociólogo o un antropólogo, pero le voy a responder. Desde el punto de vista religioso, la gran mayoría de ecuatorianos ha recibido por uno u otro lado la influencia del cristianismo y entre los pilares del cristianismo está la creencia en todos los ámbitos de Dios.

¿Cómo aterrizar esos criterios espirituales en el Ecuador del siglo XXI?

Entendiendo que para seguir a Jesús cada uno debe preocuparse del más pequeño y del más pobre. Que estas ideas son relevantes porque deben hacernos responsables espiritual y socialmente en nuestra profesión, cualquiera que sea esta, y en nuestra vida privada y pública.

¿Aunque seamos de izquierda o de derecha, gobiernistas o no gobiernistas?

No se debe generalizar. Es un primer gran error. Puedo decirle, sin embargo, que todos los que estamos en los cargos más importantes hasta los que están en los menos importantes debemos aportar a erradicar la pobreza desde donde estemos.

¿Y el rol de los jóvenes en la sociedad? Muchos adultos creen que la juventud de hoy es frívola y pragmática, que ya no tiene valores...

Es una pregunta desde el adulto y desde la distancia con la realidad. Los jóvenes de hoy son diferentes a usted y a mí.

¿Piensan y reflexionan los jóvenes de hoy?

En tiempos pasados nos imponían ideas y conceptos. Hoy, no. Los jóvenes solo se convencen de hacer algo si lo viven desde su propia experiencia. Y eso es, simplemente, maravilloso. Son una generación coherente con sus pensamientos, no con ideas impuestas desde afuera.

¿Eso, por ejemplo, cambia el sentido de la Navidad? Mucha gente se vuelca a los centros comerciales, gasta, se endeuda con la tarjeta de crédito y olvida lo esencial...

Que es, justamente, la celebración del nacimiento de un Jesús con valores y principios, un Jesús que va más allá de los regalos y el dinero que se malgasta creyendo que con eso se logra la felicidad.

La Navidad, entonces, ¿es la fiesta de la coherencia espiritual y el sacrificio por los más necesitados?

Tiene que ser la coherencia de una vida completa. Chévere dar un regalo a alguien que uno quiere, pero antes de pensar qué voy a recibir tenemos que preguntar qué tenemos que hacer por ese Jesús pobre.

¿Cómo hace que sus estudiantes se motiven con acciones concretas?

A los chicos tratamos de inculcarles eso en todos los cursos. En Navidad los papás y los chicos se dan modos para agasajar a una escuelita muy pobre o ir a alguna comunidad muy pobre en los alrededores de Riobamba, en las playas de Pedernales, en el suburbio de Guayaquil y en los barrios humildes de Quito.

Pero eso puede generar asistencialismo, lástima o lavado de conciencia...

No, no solamente es dar un caramelo en Navidad. Los chicos saben que en este momento puede sonar y puede parecer, a primera vista, una actitud de dar una asistencia o una limosna, pero les estamos formando para que se den cuenta cómo es el Ecuador.

¿Y cómo es el Ecuador que ellos experimentan y viven?

Un país diverso, maravilloso, con una riqueza natural y étnica extraordinaria, pero también un país que necesita jóvenes que cuando salen del colegio tiene que ser para servir mejor, para ser más útiles a la sociedad. Eso tienen que hacer, eso les inculcamos y ese es el lema del colegio: “Ser más para servir mejor”.

¿Una sociedad puede ser materialmente rica, pero pobre de amor? ¿Una sociedad rica puede tener ciudadanos vacíos de sentimientos, prejuiciados y llenos de recelos con el otro?

Esa pregunta supone que la riqueza es solo material, pero la riqueza es, sobre todo, espiritual. Los chicos del colegio hacen vivencias en barrios que se encuentran en circunstancias muy pobres del Ecuador. Los de segundo de bachillerato van a ayudar a construir casas de viviendas Hogar de Cristo, en los suburbios guayaquileños y en Babahoyo. Se meten en el lodo, se quedan con el agua hasta la cintura y se dan cuenta cómo vive la gente. Si usted les viera cómo regresan, con qué experiencia, con qué decisión de luchar por los demás.

Y valorar lo que tienen...

Lo extraordinario es que la gente humilde les deja muchas enseñanzas. Les muestra cuál es la verdadera riqueza, les contagia amor por la vida, pues aunque la gente pobre tiene poco siente alegría y esperanza porque es consciente de que no necesita mucho, ni lujos ni objetos suntuarios, para ser feliz.

¿Y la lección que queda es?

Que tener mucho dinero o los objetos de moda no garantizan la dicha ni la paz ni el amor. Entonces, cuando regresan de esas experiencias ya han entendido, desde su propio corazón, que tener un trabajo, hacer lo que uno realmente quiere y hacerlo bien es su obligación ética y moral..

Nada de lo que usted cuenta tiene que ver con la política que tanto abruma...

No, si no existe coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Con el ejemplo de Jesús, o nos comprometemos con el cambio profundo y el amor por los demás o seguimos siendo un grupo de egoístas que cayeron en la trampa de la polarización, la revancha y el odio.

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