2 de April de 2011 00:00

El rescate militar debía ejecutarse a las dos de la madrugada

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El operativo Rescate debía realizarse a las 02:30 del 1 de octubre. Las Fuerzas Armadas lo habían planificado así, para facilitar la salida del presidente Rafael Correa del Hospital de la Policía.

Además, al hacerlo tan tarde, según oficiales del Comando Conjunto que intervinieron en la operación, se lograría reducir el peligro para el Primer Mandatario, se bajarían las tensiones y se evitaría el derramamiento de sangre.La planificación estuvo a cargo del general Hegel Peñaherrera, comandante de la Fuerza de Tarea 4, ubicada en el cuartel Epiclachima, al sur de Quito; y del coronel Luis Castro, comandante de la brigada de Fuerzas Especiales Patria, acantonada en Latacunga.

La idea era que las Fuerzas Especiales, los llamados ‘boinas rojas’, lideren la operación militar. “Se tuvo la idea ingenua de que los policías al ver que entraban los comandos se iban a retirar del lugar y la entrada iba a ser muy fácil. Pero no fue eso lo que sucedió y el enfrentamiento fue muy duro”, contó un oficial del Ejército.

Peñaherrera convocó a 900 uniformados. De ellos, 108 eran de la Brigada de Fuerzas Especiales, 63 del Grupo de Operaciones Ecuador (GEO), 116 del Grupo Escuela de Comandos, 137 Iwias y 474 militares de otras unidades a escala nacional.

Además, se ordenó el traslado a Quito de dos escuadrones de tanques para transportar personal y un escuadrón de tanques de guerra AMX-13. Este iba a ser el elemento sorpresa del operativo, pues, según la planificación, se los usaría como escudos para los militares y para “generar respeto” ante los policías. Estos aparatos debían llegar a la ciudad a las 23:00.

Sin embargo, nada de lo planificado se pudo cumplir. A las 17:30, según el informe del Comando Conjunto, el presidente Correa llamó al ministro de Defensa, Xavier Ponce, y le ordenó actuar de inmediato.

Con esta disposición dada, “desde arriba”, González acudió al Colegio Militar para escuchar los detalles del operativo. Peñaherrera y Castro presentaron la operación y se dio el visto bueno. Los oficiales hablaron por teléfono con los miembros de la seguridad presidencial, que estaban en el hospital, para coordinar las acciones e informarles del plan.

La decisión de adelantar el operativo se tomó luego de conocer la situación en los exteriores del Hospital de la Policía. Informes de Inteligencia alertaban sobre la ira de los policías, quienes podrían atentar contra la integridad del Primer Mandatario.

“Cerca de las 17:30, nos informaron que había un peligro inminente y que la vida del Presidente corría peligro. Nosotros habíamos interceptado las comunicaciones de radio patrulla de la Policía y ya sabíamos que nos esperaba un escenario muy duro”, relató el Jefe del Comando Conjunto, Ernesto González, durante una entrevista con radio Democracia.

Uno de los militares infiltrados en el Regimiento Quito 1 contó que cerca del mediodía los policías ya conocían que el Ejército llegaría a la casa de salud, por lo que se atrincheraron en los alrededores del hospital de la Policía. Francotiradores se apostaron en los exteriores de la morgue policial y en la parte posterior del Regimiento, hacia la av. Occidental.

Con la nueva orden impartida, todo se alteró. Nunca llegaron las tanquetas a Quito, a mitad del camino tuvieron que regresar. El caos imperó y de pronto la ciudad vivió un choque armado entre militares y policías, que dejó cinco muertos y 193 heridos.

A las 20:30 se inició el operativo Rescate. Camiones llenos de militares llegaron hasta la av. Mariana de Jesús. Desembarcaron a la altura del centro médico Meditrópoli. Otro grupo se quedó en la calle San Gabriel.

Se dividieron en equipos de asalto. Caminaban en diagonal por la av. Mariana de Jesús y otros subieron por la parte posterior de la morgue de la Policía. Así, formaron un cerco externo y un interno. Esto permitió el desalojo de los civiles que estaban en el lugar y asegurar el perímetro para el ingreso de la unidad especial de las Fuerzas Armadas, GEO.

Este esquema táctico alertó a los policías, que no dudaron en tomar sus posiciones de ataque. Tratarían de evitar a toda costa que se acercaran al hospital. El cruce de balas era incesante y poco a poco se iban sumando los heridos de los dos bandos.

Luego de unos 30 minutos de tiroteos, ni los policías ni los militares estaban dispuestos a ceder. Algunos civiles que estaban por el lugar permanecían agachados, escondidos detrás de los muros, postes y carros que estaban estacionados cerca del lugar.

Un grupo de militares heridos escapó por la quebrada San Gabriel, ubicada en la parte posterior de la morgue de la Policía. Ellos fueron emboscados por un equipo de policías que los perseguía incansablemente, a pesar de la oscuridad de la noche.

Era un escenario nunca antes visto: la Fuerza Pública enfrentada entre sí, en medio de los civiles, que corrían por sus vidas.

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