16 de September de 2012 00:03

Henry Raad y su filosofía de la vida y la muerte

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Henry Raad dice que olfatea la muerte, pero a los 71 años tiene tanta vitalidad que cualquiera duda de lo que dice. Se había propuesto que la novela de su vida ‘¡Valió la pena?’ fuera una publicación póstuma. Y como la muerte no le llega, decidió mandarla a la imprenta. Pero la idea de su lanzamiento posmórtem sigue vigente y lo cuenta con esa misma ironía con la que ha vivido.

“Cuando ya esté en la cajita quiero que los libros estén ahí, al pie, y la gente se lleve el librito a la casa. Llegué a imaginar que la tinta de la impresión del libro llevara parte de mis cenizas, dramaturgo total, medio tétrico...”. Lo cuenta entre risas. Acomodado en un sillón de la oficina que compró cuando se jubiló, después de ser empresario más de 40 años, dirigiendo empresas de su “tío rico Mac Pato”, como se refiere a José Antón Díaz en su libro.

No invita a la muerte pero la siente. Dice que es el aliento que le da aliento. Es una forma de rebeldía, de sarcasmo ante la vida, ese misterio que aún no logra descifrar. A qué venimos al mundo.

Los problemas de salud lo han llevado 25 veces al quirófano. Ya no le tiene miedo a nada, solo al dolor, al sufrimiento físico, a quedarse inválido, a depender del otro. “Mi hermano (Jean Raad) sabe que conmigo la eutanasia va”. No quiere estar conectado a tubos vegetando, su espíritu liberal no se lo permite. No quiere que su muerte sea a media tinta, como tampoco ha sido su vida.

Tampoco le gustó escribir a media tinta como acostumbran tantos columnistas. Sus opiniones han sido tan controvertidas que ha acumulado adherentes y detractores. Desde Quito se lo ha visto como un regionalista, a pesar de que nació en la capital un lunes lluvioso, 4 de agosto de 1941, en la calle Carrión. Su tía Alejandrina fue el primer familiar que lo tuvo en brazos y supone que lo limpió con rudeza, eso explicaría su futuro carácter, “sin necesidad de ir a Freud ni a psicólogos”.

Ha sido un defensor y activista acérrimo de la autonomía de Guayaquil, donde se instaló en 1968, aunque hay quienes lo acusaron de querer la división del país. Ni el mismo León Febres Cordero -en la Alcaldía- le entendió lo que era la autonomía, porque él resolvía los asuntos de rentas municipales con un telefonazo a algún ministro. El ex presidente del Ecuador se propuso viajar a España para que su amigo Felipe González le explicara eso de autonomía. Pero antes le llamó y desde allá le advirtió que no pisara ese país porque el juez Baltasar Garzón podía ordenar su detención. Febres Cordero nunca conoció Europa, la anécdota la cuenta en ‘¡Valió la pena?’.

Raad dice que tampoco se ha llevado bien con la sociedad de Guayaquil, y los quiteños lo desprecian más que los guayaquileños. “¿Los círculos de poder de Guayaquil dónde están? Xavier Alvarado, Carlos Pérez, Expreso, Czarniski, Isaías, Álvaro Noboa. Las fuentes de poder me critican por lo que he escrito, por mi pensamiento. El quiteño es regionalista más de lo que cree, igual les pasa a los banqueros...”.

Cree que el país no ha dejado de ser centralista, lo que pasa es que Rafael Correa mató ese discurso, pero ahora todo es reglamentado.

Pero no quiere politizar su autobiografía, porque escribirla fue volver a vivir, volver a encontrar a amigos en la memoria y a la distancia. El libro lo comenzó a escribir en el 2010 luego de su jubilación cuando empezó a vivir como becario, gastando sus ahorros. “Nunca fui un empresario sino un frustrado burgués socialista”.

En las 644 páginas cuenta los trucos de vida, el acoso sexual de un cura (su retrato está entre los fundadores de la Universidad Católica de Guayaquil), sus años de becario en Europa, “una putita por aquí”, y otros amores. Su larga soltería hasta que se casó con Patrizia Puccini (italiana) con quien jugó al amor: “amar es dar, dar es renunciar y renunciar es regalar sin llevar las cuentas de cuánto hemos dado o recibido”.

El entorno histórico, sus divagaciones filosóficas. El Telégrafo, sus columnas compiladas en ‘Al desnudo’, que aquellos que no habían seguido sus opiniones creyeron que era un libro porno.

Hasta llegar a su actual época de bloguero (www.henryraadanton.com) y tuitero (@henryraad). En su cuenta twitter tiene más de 4 000 seguidores, la activó poco antes del 30-S y ese día descubrió el potencial de la red social, era la única fuente de información.

Así armó un grupo de tuiteros con quienes se reúne todos los miércoles en lugar de ir como los jubilados a los banquitos de los parques. El grupo de jóvenes le ha inyectado energía. Hablan de “sus próstatas, de la política, de cuando Barcelona gana...”. Por eso es poco creíble que lo acecha la muerte, aunque le hizo un verso: “¿Ven muerte, abrázame/y sé que no te atreves/porque una vez que lo hagas, te venceré sin duda/ porque te habré perdido el miedo/ y para siempre!”.

Su hoja de ruta

Henry Raad Antón pertenece a la Sociedad Libanesa. Su padre Bichara nació en Líbano y su madre Victoria en Guayaquil.    

Raad nació en Quito (4 de agosto de 1941) pero llegó a Guayaquil en 1968 para entrar al mundo empresarial, holero y mediático con El Telégrafo.

En el 2002  publicó sus columnas en ‘Al desnudo’. Ha producido dos obras teatrales La Nueva Semilla y Señora Democracia (1986-1987). Fue concejal de Guayaquil (1992-2000).

En ‘¡Valió la pena?’ incluye cartas a su esposa: “Gracias por esa fortaleza que me diste cuando agoté la mía”. Y a sus hijos Ricardo y Alexandra (Sandy).

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