23 de September de 2012 00:03

El GIR cierra las heridas de la explosión

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El aroma a colonia es intenso en la peluquería. De los espejos cuelgan 10 placas de reconocimiento y en la repisa guardan orden las tijeras, la bombilla de agua, la máquina de afeitar, un cepillo y el talco.

Al fondo está Jorge Ortega. Tiene 54 años y es el más antiguo del Grupo de Intervención y Rescate (GIR), cuerpo élite de la Policía. Hace cuatro años, cuando enfermó, dejó el trabajo de campo.

Fue armero, rastrillero, paracaidista, integrante del club de tiro y rescatista. Pero en dos meses se jubilará, luego de 31 años de operaciones en los escuadrones.

El 11 de septiembre fue especial. El GIR cumplió 35 años. Por última vez, Ortega asistió a la posesión del nuevo comandante del grupo (coronel Dennis Suárez) y recibió a 74 nuevos policías.

Es miércoles y Ortega espera a un comando para cortarle el cabello. Es un poco después de las 08:00, pero allí la rutina comienza a las 07:30, con el parte de los comandos que están de turno y la formación de 80 agentes.

10 minutos y todos al comedor, un cuarto improvisado a un lado de la piscina. El anterior se destruyó el 8 de diciembre del 2011, cuando explotó un búnker.

Ortega entra en medio de todos. El menú está listo: majado de verde, huevo frito, jugo, café, pan y sandía.

Suárez también está en la mesa. Mientras come, explica qué es el grupo y a qué se dedica.

El GIR nació en 1977, aunque con otro nombre. En los archivos se dice que se conformó como un cuerpo especializado de la Policía para combatir actividades subversivas. Operan en cinco especialidades.

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En lo que va del 2012, sus hombres han realizado 780 operativos, entre antidrogas, de rescate a secuestrados y de destrucción de material explosivo. Además, 181 desalojos, requisas, traslados de presos y 1 808 registros preventivos de explosivos, patrullajes y control del orden público.

Junto al comandante está Francisco Velásquez. Es teniente y está por viajar a Pakistán. En dos semanas comenzará un curso para control de armas químicas. Fueron seleccionados 20 agentes del mundo y él asistirá por Ecuador.

El desayuno se termina y el campo de tiro cobra vida. Son las 08:30. Llegan 20 policías y comienza el entrenamiento del día.

50 dan pruebas teóricas sobre manejo de armas o asisten a clases de educación física. Pero también hay quienes simulan tareas de rescate desde la torre y otros que manipulan explosivos.

El traje antiexplosivos pesa 45 libras. Un pantalón, la chaqueta, un pasamontañas y el casco completan el equipo. Cargar ese ropaje por solo cinco minutos causa dolores de cabeza y de espalda a quienes no están familiarizados. Una reportera de este Diario lo prueba y, antes de desvanecerse, dos policías le ayudan a sacarse la ropa especial.

Manuel Quimbiamba es experto en esta especialidad, aunque antes de cada operación se encomienda a la Virgen de El Cisne y a San Miguel Arcángel de Salcedo.

Mauricio Herrera hizo algo similar en diciembre. Es sargento de la Policía y ese día estuvo en el acceso al centro de almacenamiento de explosivos. Nueve meses después recuerda que tras sacar material para una demostración cerró las puertas y sintió el estallido del búnker.

“Al colocar las manos sobre las manijas sentí una descarga y luego la onda expansiva me hizo volar. La puerta y una pared me aplastaron”, dice, y mira al lugar que aún se reconstruye. El policía aún tiene vendas en las manos. Debajo de ellas están los injertos que ha recibido. Va todos los días al cuartel, pero no hace trabajos en su escuadrón.

“Mientras iba en la ambulancia veía mis manos y pensaba que no podría jugar voley o seguir con mi trabajo”. Relata escenas de ese día. Luego queda en silencio...

10:00. Ortega sigue en la peluquería. El estallido se sintió con fuerza en el pequeño cuarto. Solo vio que todos salían e hizo lo mismo. Fueron evacuados.

A la sala donde trabaja Ortega también llegan los sonidos de los disparos. La prueba de tiro comienza en un circuito, bajo un sol abrasador. Hay 20 policías de camuflaje. Uno de ellos, llamado por su instructor, sube nervioso. Sus botas están empolvadas y el sudor resbala por la frente. Para la prueba de tiro se simula la incursión a una casa.

Adentro están seis personas y entre ellas hay tres armadas. El policía que acaba de integrarse al GIR debe identificarlos. No lo logra y dispara a las víctimas. Las balas de su arma se agotan y tarda en cargarla. La escena se termina y sale molesto. El instructor le dice que hirió a quien no debía.

El teniente que los entrena tiene un ayudante. Lo llaman ‘Sapito’, otro policía del grupo. Él prepara al siguiente comando que debe entrar a la casa.

Wilson Encalada está en la fila. Tiene 24 años. Cuenta que su familia está orgullosa por la graduación de hace 11 días, pero dice que la preocupada es su novia.

12:30. Sobre la punta de la torre está el equipo de rescate. Arriba, el viento sopla fuerte y solo se escuchan los ladridos de 10 perros que detectan explosivos.

La mañana de entrenamientos está por terminar. En el balcón de la torre se recogen las cuerdas, arneses y camillas. Seis policías bajan por las gradas. Los campos de instrucción se vacían. El almuerzo está listo. Ortega, sin un cliente en la mañana, cierra la peluquería y va al improvisado comedor.

A nueve meses de la explosión del búnker en el cuartel del grupo policial

El 8 de diciembre  del  2011  se  registró una explosión en el búnker del GIR.  Según los policías, ocurrió  antes de   una demostración.  

Dennis Suárez,   comandante del grupo,  dice que ningún uniformado de este cuerpo élite fue hallado responsable  por el  caso.

En el momento,   las investigaciones  sobre las causas de este hecho se encuentran  en fase de indagación  previa en la Fiscalía.

Técnicos que  en esos días evaluaron los daños,  calcularon  en USD 600 000 el monto para la reconstrucción del área afectada.    

Un nuevo  búnker para almacenar explosivos fue creado en una zona despoblada de  Calacalí. Allí también se instruye a los comandos.

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