17 de November de 2012 00:02

La familia de Édison Cosíos agoniza con él

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Ellos lo llaman escudo. Pero apenas es un pedazo de madera, con la cara de Eloy Alfaro y las siglas del Movimiento Combatiente Alfarista, que Édison Cosíos fundó.

Vilma Pineda lo sujeta con la mano izquierda. Y con la derecha señala un orificio, en el extremo. Es la madre del estudiante del Colegio Mejía, que el 15 de septiembre del 2011 fue impactado por una bomba lacrimógena, disparada con una carabina trufly, por el teniente de Policía, Hernán S., condenado a ocho años de reclusión mayor y al pago de USD 50 000 por daños y perjuicios.

Ha pasado una hora y media desde que el equipo de este Diario visitó la casa del joven, de 18 años. Es una propiedad de dos plantas, en el barrio La Argelia, en el sur oriente de Quito. Vilma y su esposo Manuel Cosíos bajan al primer piso. En el lugar, transcurría su vida y la de sus hijos: Édison, Andrés y Andrea y su nieto.

Una vida apacible, no perfecta apunta la hermana, en un diálogo entrecortado por las lágrimas.

Todo cambió ese jueves, cuando un grupo de alumnos del Patrón Mejía participó de una protesta en contra del bachillerato unificado, parte de la Ley de Educación Intercultural Bilingüe, aprobada en febrero del 2011.

Al salir de clases, a las 13:00, los adolescentes caminaron hacia la av. 10 de Agosto, y por la reacción policial regresaron a su plantel, en la calle Vargas. Entre las 16:00 y 17:00, el teniente Hernán S. habría ingresado y disparado.

“Cuidado con quedarte a las manifestaciones. Rato menos pensado te caigo en el colegio. Y te doy con un palo, delante de quien sea. Te hago pasar vergüenzas. Te llevo a palazos. Oirás”.

La advertencia que Vilma le hacía a su hijo menor se vuelve a escuchar en la habitación, en donde caben un armario de dos puertas, una cama de plaza y media y una mesa. Junto a las almohadas dejaron intacto el bolso caqui, que usaba ese día.

Al abrirlo se observan sus cuadernos, con pocas páginas escritas. En la carátula de uno, Édison dibujó el rostro del Che Guevara. También hay una agenda, de la U. Central, que un dirigente de la nueva FEUE le habría regalado. Quería unir a los jóvenes.

Édison era presidente de curso, había abandonado el Frente Revolucionario de Izquierda del Mejía (FRIM-J), brazo del MPD en el plantel. Su madre relata que el chico hizo las veces de jefe de campaña en las elecciones del consejo estudiantil y que ese Frente incumplió sus promesas.

Por eso fundó otro movimiento. Hasta el cuarto año estaba entre las clases y la selección de vóley. En su dormitorio aparecen las medallas que obtuvo. Pero en quinto nivel lo deslumbró la política y dejó el deporte. Perdió el año. En el 2011 repetía el ciclo.

Parece mentira que el muchacho lleve un año y dos meses dormido, médicamente sin esperanzas de mejorar, tras perder el 80% de su cerebro. Resulta impactante ver a sus padres mostrando los uniformes del Mejía, la chaqueta de pana con capucha -su favorita-. Y una camiseta original de Liga, que conserva la etiqueta. Esperaban regalársela esa noche.

Es doloroso escucharlos recordándolo todo, como si se tratara de una pesadilla. Y verlos llorar cuando cuentan que Édison aprovechaba la copiadora, que el padre trajo a la casa ya que trabajó en Xerox. En las tardes preparaba comunicados, que arrojaba desde lo alto del colegio al patio, para que sus compañeros los leyeran. Decía que un día sería presidente de la República. Sus padres y sus hermanos lo acorralaban.

Le preguntaban quién le metía esas ideas de cambio en la cabeza. Manuel, su padre, se arrepiente de haberle dicho que la corrupción nunca se iba a terminar.

A veces su madre se siente desubicada. Se pregunta dónde está, al caminar en el segundo piso, acondicionado por el Gobierno para cuidar al joven. Da la impresión de que vivieran en un hospital.

Para ingresar a la vivienda hay que pasar por una rampa de 80 metros. A través de ella, un par de veces, Édison ha salido en camilla a la ambulancia. Y periódicamente por ella ingresan equipos para hacerle tomografías. Fuera de su pieza hay dos sofás, también al estilo de una sala de espera.

El piso es de baldosa. El pasillo conduce a una cocina y a una sala, con el mobiliario que los Cosíos Pineda tenían en la planta baja, en lo que ha sido su hogar.

La puerta del nuevo cuarto de Édison mide 1,90 metros de ancho por 2,20 de alto. Es el doble de amplio del que usaba. Tiene un televisor , que nunca ha visto. Y junto a este sus amigos colocaron un muñeco, con el uniforme del Mejía. Al lado izquierdo hay un sofá, que en las noches comparten sus padres. Al derecho, una silla para la enfermera. Lo cuidan las 24 horas, en tres turnos.

En el centro, Édison parece estar profundamente dormido. Han tenido que llevar a un peluquero porque le ha crecido el cabello, incluso en el lado derecho de la cabeza, que se ha contraído. Su padre cree que se debe al efecto de la presión atmosférica; en ese lugar le impactó la bomba.

Luce blanquísimo, no pálido. Sus cejas espesas, tan negras como su cabello, contrastan con el tono de su piel. Su boca entreabierta deja ver unos dientes perfectamente alineados. Su cuerpo copa la cama de dos metros.

El día del disparo medía 1,75 metros y pesaba 60 kilos. Pese a estar en coma, ha crecido. Hoy mide 1,82 metros. Pero su peso es de apenas 31 kilos. No está conectado a ninguna máquina. Respira por cuenta propia. Su madre le cocina tres tipos de alimentos que le calienta y le administran, vía sonda, a las 10:00, 13:00, 16:00, 19:00, 22:00, 01:00 y 04:00.

Uno es un preparado con pulpa de res, quinua, nabo, papa o zanahoria blanca, aceite de oliva.... Vilma no descansa, duerme máximo dos horas diarias. En la vieja habitación del chico, una caja de cartón, con una reserva de pañales, trae a sus padres a la realidad. Deben cambiarlo como a un bebé, ponerle crema y modificar su posición para que no se escare.

“Le pregunto, Dios mío si no me lo vas a dejar, ¿por qué nos hacer sufrir tanto? Sé que a mi hijo le debe doler algo, por eso se pone taquicárdico. No sé qué siente, agonizo con él”, relata la madre. Su voz pierde fuerza cuando comenta que hasta las enfermeras que lo cuidan lloran con ella.

Un rato después, en el segundo piso, mira a su hijo y confiesa que le gusta tocarle la nariz. Solo cuando lo hace siente una reacción: Édison gira la cabeza.

Manuel llega a casa en la noche y lo primero que hace es darle la bendición. Ha resistido 10 operaciones en la cabeza. La última en febrero. También ha luchado contra la meningitis y las bacterias. Su familia cree que vivirá hasta que se haga justicia. Tratan de que comparta con ellos, lo llevan a la sala en una silla postural.

“Sería pecado que no luchemos para que se haga justicia. Él nos decía ‘hay que hacer algo, va a subir la leche y luego ha de subir el pan’”, recuerda la madre y se niega a mirar las fotos en las que su hijo menor luce lleno de vida.

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