30 de April de 2011 00:00

El periodismo, ¿oficio sagrado?

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¿El periodismo es cuestión de fe, de convicciones, de valores, de principios? Me lo he preguntado ahora que recuerdo el pensamiento de Juan Pablo II, a propósito de su beatificación en El Vaticano.

“El periodismo debe ser concebido como una tarea sagrada”, dijo en el año 2000 el entonces Papa Juan Pablo II ante siete mil periodistas del mundo, reunidos en Roma para celebrar la Jornada Mundial de las Comunicaciones y el Gran Jubileo.

Y explicó que el sentido de “sagrado” del oficio tenía como base la idea de que el periodismo no puede guiarse por las fuerzas económicas o políticas, por las ganancias o por los intereses de los grupos de poder.

Juan Pablo II convocó, entonces, a que los periodistas tuvieran un solo compromiso: el servicio a los seres humanos.

Servir a las personas -decía en aquella ocasión el Papa- significa que los medios, los administradores, los editores, los periodistas y los trabajadores de la comunicación tenemos un deber esencial: aportar a la construcción de una sociedad cuyos cimientos sean la solidaridad, la justicia y el amor. Cumplido ese deber, argumentaba Juan Pablo II, se cumple con la verdad y se cumple con Dios desde la verdad.

¿Qué es la verdad, qué es una verdad comprometida con Dios y con la gente?

Nadie conoce toda la verdad de las cosas y nadie puede atribuirse el ser dueño de la verdad.

Y, además, si no se basa en situaciones concretas, el concepto de verdad periodística es manipulable y manejable según la subjetividad de cada quien.

Los periodistas trabajamos con hechos, con datos duros, con situaciones específicas protagonizadas por personas específícas.

Nuestra obligación por tanto, es convertir esos hechos en informaciones confiables, comprobables y verificables que permitan a la sociedad informarse, pero, sobre todo, reflexionar, deliberar, debatir y tomar decisiones por sí misma.

No es posible hacer periodismo si no entendemos que lo que en nuestro trabajo está en juego es el bien común, el interés de las mayorías, las necesidades de los niños, de los pobres, de los enfermos, de los marginados, de la gente que sufre cualquier tipo de discriminación económica, política, jurídica o social.

Los periodistas solemos equivocarnos y cometer errores, pero eso es perfectible: hay que transparentar ante el público nuestras imprecisiones e ir afinando las herramientas del oficio para que cada vez nos equivoquemos menos y hagamos un trabajo riguroso, digno, ético y justo.

Lo que no podemos hacer es mentir. Mentir o torcer la realidad, que es lo mismo. No podemos, tampoco, sumarnos a mentiras estratégicas diseñadas para acumular más poder.

Si el periodismo es un oficio sagrado, es en este sentido que hay que entenderlo y practicarlo.

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