29 de November de 2009 00:00

¿La patria de todos?

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Monseñor Julio Parrilla

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El Gobierno se siente presionado ante la ola delictiva y violenta que nos invade como un auténtico tsunami. La presión la ejerce la opinión pública que siente su vida amenazada: la vida, los bienes, la paz social... La crónica roja es, día a día, el museo de los horrores y lo más triste del caso es que nos vamos habituando a la sangre, al miedo domesticado por una política rica en palabras y pobre en acciones preventivas. Nos acostumbramos a tolerar lo intolerable... hasta que el horror nos toca de cerca y la sangre nos salpica.

Cuando las cosas llegan al punto al que han llegado, la gran tentación es el palo y tente tieso... Hay que sacar a los policías escribanos a la calle, patrullar día y noche, reprimir el delito y al delincuente. En momentos de emergencia, especialmente, es más que necesario. Pero me temo que la represión pura y dura no es más que pan para hoy y hambre para mañana. Nuestras cárceles se quedarían pequeñas para encerrar a todos los delincuentes posibles...

Si queremos ser serios en este tema hay que ir a coger el agua más arriba...

 Pienso en nuestros jóvenes, en tantos guasmos perdidos a lo largo y ancho de la patria: jóvenes sin educación, sin capacitación, sin trabajo, sin oportunidades, siempre tentados por lograr el dinero fácil, sicarios de sí mismos...

Pienso en la desestructuración familiar, en tantos hijos e hijas a la deriva, en la ausencia de moral, de valores, de ética familiar y ciudadana.

Pienso en la distancia infinita entre el mundo consumista de la propaganda y las posibilidades reales de acceder a los bienes de consumo. Esta esquizofrenia entre el quiero y no puedo, que desemboca en la frustración y en la búsqueda compulsiva de las cosas sea como sea...

Pienso, en fin, en la poca esperanza que hoy anida en el corazón de tantos, perdidos en medio de una política de bonos asistenciales, parados al borde de la vereda, esperando que alguien los contrate...

Lo más triste es que, al final, la delincuencia es la salida normal para muchos, la única oportunidad de mandar, tener, gozar, ser alguien en medio de la propia tribu urbana. ¿Se dan cuenta de la catadura física y moral de este ejército de hombres y de mujeres que la TV nos muestra cada día enfundados en sus camisetas a rayas blancas y naranjas, con la cabeza baja, la mirada aviesa, rezumando miseria?

No sé cómo mirará Dios esta realidad nuestra... pero me lo imagino sufrido y desconcertado. Tanto como yo cuando oigo machaconamente eso de que la patria ya es de todos... No es verdad. Son muchos los que se van quedando por el camino, ajenos al futuro, privados de la vida, del único bien indiscutible que nadie debería de arrebatarnos.

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