6 de December de 2010 00:00

Paradoja de la fiesta

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0
Fabián Corral B.

Atrapada entre lo taurino y lo mestizo, entre el desplante del torero y la arrogancia del toro, indecisa entre el cachullapi y el pasodoble, la fiesta es expresión de la paradoja histórica que llevamos dentro. Quito, la de iglesias, la española de los patios solariegos, la moderna, celebra su fundación sobre la derrota del incario. Rememora su vida y su nacimiento, que, como siempre, provino de la muerte: fue el triunfo y la afirmación que surgieron de la caída y la negación. Benalcázar y Atahualpa. El conquistador de a caballo, arcabuz y armadura, frente al guerrero de a pie. Esa paradoja está en el origen de una sociedad que festeja, pero que aún no se reconoce, que se empeña en negar, que afirma sin saber, y, que, desde el amor irracional, reza a Jesús del Gran Poder.

Paradojas. El mestizaje mismo es una paradoja. Los chagras, herederos de la cultura quichua, pero blancos por las aficiones y los caballos, en nuestros páramos y haciendas, son los mayorales que crían a los toros de lidia. Los toreros y sus decires son, casi todos, españoles. La clase media que llena el coso en estos días, quiere ser española, eleva la bota y bebe vino, come paella, y hay quienes, de pronto, hasta hablan en andaluz. Después de la feria, esconden el cachullapi, guardan los trastos taurinos y' regresan a la quiteñidad.

Paradójica y todo, la fiesta debería ser ocasión para plantearse la ciudad como hecho histórico y, quizá, como memoria que trascienda del tumulto. Como vecindario y problema. Me temo, sin embargo, que la ocasión se desperdicia cada año entre torrentes de alcohol, desfiles escolares, embotellamientos de tráfico y esa recurrente angustia por divertirse, que es la antesala de la otra angustia de temporada: la de comprar, invadir almacenes y disputar mercadería. Lamentable el desperdicio de la ocasión, porque quienes habitamos aquí necesitamos, con urgencia, que la ciudad sea, otra vez, espacio para vivir. Y eso se logra solamente si se empieza por pensarla, por mirarla con toda su carga de belleza y de conflicto, de miseria y de paisaje.

Habrá que replantear la fiesta, porque Quito merece algo más que “pachanga en chiva”, y porque, además, hay alguna gente que no sabe lo que festeja. Se queda en la corrida de toros, la farra de la noche, la vacación de lunes y el desfile del guagua. El problema es la intrascendencia, el horizonte corto, la memoria ausente. Digámoslo: la ignorancia, que es la peste intelectual que carcome a una sociedad que vive al día, que antes que comunidad estructurada, es tumulto, lleno, bloqueo e inseguridad. Una forma de alcanzar una visión diferente de la ciudad, que convoque y comprometa, será la pragmática y objetiva de priorizar la solución de sus problemas, comenzando por la inseguridad, el tráfico, la contaminación y la basura.

Descrición
¿Te sirvió esta noticia?:
Si (0)
No (0)