26 de octubre de 2016 00:00

En Pallatanga se fundó un Nuevo Bilbao

otos: glenda giacometti/el comercio Armando Flores y su esposa Inés Rosero se dedican al cultivo de productos como el pimiento, en Nuevo Bilbao

Armando Flores y su esposa Inés Rosero se dedican al cultivo de productos como el pimiento, en Nuevo Bilbao. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO 

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Cristina Márquez

La música de banda y las fiestas navideñas son las únicas tradiciones que los habitantes de Nuevo Bilbao conservan de su parroquia natal, Bilbao, situada en las faldas del volcán Tungurahua. Ellos fueron reubicados en Pallatanga, al este de Chimborazo, tras la reactivación del coloso, en 1999.

Para ellos, a pesar de que ahora habitan en una tierra próspera, la salida de su tierra es aún un recuerdo amargo. Muchos tuvieron que vender sus animales, abandonar sus casas y terrenos para reasentarse en un espacio seguro.

El cambio implicó adaptarse a un nuevo clima, aprender sobre las prácticas agrícolas de los cultivos tropicales y adecuarse a la vida en comunidad. El barrio cumple este mes 17 años desde su fundación.

María Luisa Aguilar y sus hijos, son una de las familias más numerosas en Nuevo Bilbao. Ella decoró las paredes de su casa con fotografías de su antigua vida en su parroquia. Las imágenes las muestran junto con sus familiares durante los eventos más importantes. Se la ve sonriente en la ceremonia de juramento a la bandera de sus hijos, en las misas y en las fiestas parroquiales.
“Es lo único que tengo del Bilbao viejo”, dice nostálgica. Ella se mudó a la nueva urbanización dos meses después de la activación del volcán.

“Fue muy triste tener que dejarlo todo sin saber qué nos esperaba en un cantón tan distante. Pero sentía que no había otra opción, en esa época nos decían que el volcán iba a explotar y que nosotros estábamos en la zona de más peligro”, cuenta Aguilar.

Al igual que sus vecinos, ella recibió una hectárea de terreno para sembrar y un lote de 50 metros para construir su casa. La urbanización se asentó en Sucuso, al sur del cantón.

Los terrenos, que ocupan una extensión total de 62 hectáreas, fueron entregados por el Consejo Nacional de Control de Drogas y Estupefacientes a los habitantes. Un año antes de la fundación del barrio, estas tierras fueron decomisadas. Pero esos terrenos no los recibieron gratuitamente.

Los vecinos deberán cancelar al Banco del Estado desde el 2017, cuotas anuales de USD 37 000, hasta completar el pago de 480 000. Luego se convertirán en los propietarios legítimos de las tierras.

Las familias subsisten de la venta de verduras y frutas. El pimiento y el pepino son los cultivos más comunes por su rentabilidad y acogida. Pero aprender a cultivarlos no fue una tarea fácil. “Antes vivíamos de la siembra del tomate de árbol. En el Tungurahua esta fruta se daba muy bien y sabíamos cómo sembrarla. Pero aquí la tierra era dura, no sabíamos cuando llovía, qué temporada era buena para la siembra y cuál no”, recuerda Rómulo Heredia, presidente de la Junta de Vigilancia.

Cuando él llegó al Nuevo Bilbao con sus cuatro hijos pequeños, la hectárea de terreno que le asignaron estaba cubierta de malezas, plantas silvestres y además animales desconocidos como serpientes.

“Estaba pensando en dejar esta tierra e ir a buscar una vida mejor en otro lado porque parecía que nunca me iba a acostumbrar. Aquí había que sembrar con agua de riego y el suelo era duro como una piedra, mientras que en Bilbao no había que preocuparse por eso”, cuenta Heredia.

Acostumbrarse al nuevo clima tropical fue difícil, que 13 familias decidieron migrar a otras provincias. Luego, esos cupos que quedaron libres fueron entregados a los hijos primogénitos de las familias que sí se quedaron. Iván Chávez recibió uno de esos lotes. Él llegó al Nuevo Bilbao justo el día que cumplió 14 años.

Despedirse de los amigos con los que creció y abandonar sus pertenencias, fue lo más difícil. Hoy es uno de los agricultores más prósperos de la zona. Los pimientos orgánicos que produce en su huerto se venden por medio de un intermediario, a una red de supermercados. “Finalmente, estamos agradecidos de que la mama Tungurahua nos haya botado aquí”, dice su esposa Elba Ulloa, quien llegó al Nuevo Bilbao a los 11 años.

Las familias evacuadas vivieron en casas de caña compartidas durante seis meses. En ese tiempo también subsistieron gracias a los alimentos donados para los damnificados del volcán. En el año 2000, por gestión del párroco de Penipe y de varias agrupaciones católicas, ya recibieron casas de concreto.

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