17 de marzo de 2015 20:09

Pacayacu perdió la fe en las petroleras

Una piscina contaminada en el sector de los pozos Shushuqui. Foto: Galo Paguay / El Comercio.

Una piscina contaminada en el sector de los pozos Shushuqui. Foto: Galo Paguay / El Comercio.

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Estefanía Celi R.
Redactora (I)
eceli@elcomercio.com

Las épocas de sequía son las más complicadas. En Pacayacu, el agua lluvia es la única opción que ha quedado a sus pobladores , por eso cuando escasea la preocupación los invade. Si no hay agua lluvia tienen que tomarla de los ríos, que, aseguran, está contaminada.

Pacayacu es una parroquia del cantón Lago Agrio, en Sucumbíos, que vive los efectos de una explotación petrolera de más de 20 años y que aún continúa. Allí, sus habitantes han perdido la fe en las empresas petroleras y en el Gobierno. Su principal clamor es un derecho consagrado en la Constitución: agua que puedan consumir.

Sus pobladores viven allí alrededor de 40 años. La mayoría llegó desde el sur del país en los años 70, con la Reforma Agraria. Pero ahora están en medio del campo Libertador, operado actualmente por Petroamazonas. Aunque quisieran abandonar sus tierras no encuentran comprador para un espacio afectado por constantes derrames de crudo y en el que los sembríos no crecen.

“Nunca hemos podido tomar agua buena”, dice Salomón Condoy. Él es dueño de 40 hectáreas cerca de los pozos Secoya y su terreno fue afectado por un derrame en junio del 2013, que aún está en reparación.

El crudo contaminó el principal estero que llega a su finca. Lo más afectado fue el potrero: sus siete vacas murieron luego de quedar estériles. Condoy comerciaba su carne y leche, ahora vive del dinero que la petrolera le dio tras el accidente.

Para el consumo, la familia recoge agua lluvia. Al lado de su vivienda de madera, han instalado un sistema de recolección del líquido que funciona con tanques, mangueras y una botella de gaseosa vacía. Pero tampoco están seguros de que este líquido esté sano, pues han comprobado que llega con hollín: acusan a los mecheros que se encienden todos los días en medio de la selva.

A 20 minutos de distancia, en el límite de la comunidad Los Laureles, cerca de los pozos Pichincha, cuatro familias también recogen agua para consumir. Lucrecia (nombre protegido) asegura que la petrolera les construyó un pozo pero el líquido que sale de allí tampoco es sano. A ella y a su esposo les duelen los huesos y el estómago, por lo que creen que está contaminada con hidrocarburos de un pozo de reinyección que queda a menos de 100 metros de su vivienda.

Para el gerente de Petroamazonas, Oswaldo Madrid, esto es imposible. Él señala que los pozos de reinyección están a 2 000 metros de profundidad, por lo que no hay opción de que el agua de formación que se reinserta en el suelo haya contaminado los pozos de las familias. Además, asegura que se hacen controles periódicos de la calidad del agua en Pacayacu y que ninguno ha mostrado algún tipo de contaminación.

En el Ministerio del Ambiente, en cambio, admiten que aún hay problemas con el agua de la región, pero señalan que es un problema que viene de hace más de 40 años, cuando comenzaron las actividades petroleras en la zona, en ese tiempo en manos de Texaco. Sin embargo, aseguran que el problema se ha venido minimizando desde que trabajan en la eliminación de las fuentes de contaminación de allí y del resto de la Amazonía.

Una piscina contaminada en el sector de los pozos Shushuqui. Foto: Galo Paguay / El Comercio.

Los comuneros no saben de estudios ni de niveles de contaminación del agua. No saben con certeza qué es lo que están ingiriendo. Pero saben los efectos: sus animales quedan estériles y luego mueren por consumir esa agua; han comprobado que las plantas dejan de producir frutos y sienten los efectos en ellos mismos.

Yessenia (nombre protegido) tiene 39 años y sufre constantes dolores de cabeza y de los huesos. A su hijo menor también le duelen los huesos; a su hija de 12 años, el estómago y tiene un problema de hongos en los pies que no puede solucionar.

La nieta de Nelson (nombre protegido) tiene erupciones en la piel. Él vive en el centro poblado de Pacayacu, pero usa el agua potable del pueblo solamente para bañarse; la que consumen la recogen de la lluvia.

Tanto Madrid como el Ministerio del Ambiente reconocen que las preocupaciones de los habitantes de la zona son legítimas, pero aseguran que la explotación actual que hace Petroamazonas no es la de antes: tiene mejor tecnología y ya no se produce nueva contaminación. Además, la que existe en la zona se está limpiando.

“No dejamos de preocuparnos. La gente ha dejado de confiar y hay que dar tiempo para que vuelvan a hacerlo. Petroa­mazonas no genera pasivos ambientales”, asegura Madrid.

La gerencia de la estatal petrolera y la Cartera del Ambiente desarrollan el proyecto Amazonía Viva, con el cual inventariaron los pasivos dejados en la zona y trabajan en limpiarlos hasta el 2016. En el campo Libertador ya se remediaron 86 fuentes de contaminación (incluye piscinas, fosas y derrames) y quedan 455 pendientes. El Ministerio del Ambiente se encarga de extraer el suelo contaminado y limpiarlo con un proceso que puede tardar hasta ocho meses.

En Pacayacu conocen del proyecto pero exigen más rapidez. Una piscina contaminada en el sector de Shushuqui, por ejemplo, está allí desde 1987, según los habitantes de la zona. El lugar está cerca de un estero y las familias viven preocupadas.

Pero además es la explotación actual la que les causa temor. Siguen existiendo piscinas y mecheros, y se sigue percibiendo el olor a gas en medio de la selva, que les causa dolores de cabeza. “Lo único que ha cambiado entre las anteriores empresas y la actual es que ahora ponen más cerramientos para que no podamos acercarnos”, dice el hijo de Nelson, quien prefiere no dar su nombre pues trabaja para

Él señala que mucha gente de la zona trabaja para la empresa, lo que le impide quejarse por temor a perder su puesto. Pero Madrid responde que esto es infundado pues tienen contratos indefinidos y, en muchos casos, su primer “trabajo estable”.
Así, Pacayacu espera, sin confianza en las actuales autoridades, que algún día haya agua limpia. El clima actual les permite recoger suficiente líquido pues hay lluvias fuertes todos los días. Pero se acerca el verano y con él los temores de que deban tomar el agua contaminada.

En contexto

La actividad en el campo libertador comenzó en los años sesenta. Hasta 1992 estuvo en manos de un consorcio entre la Corporación Estatal Petrolera Ecuatoriana (CEPE) y Texaco. Después pasó a ser manejada por Petroecuador y ahora por Petroamazonas.

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