13 de November de 2011 00:07

El Pablo Arturo es el rostro de la crisis

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Fabián Chalán terminó abruptamente el largo feriado de Finados en el Hospital Pablo Arturo Suárez. Allí llegó la mañana del sábado 5 de noviembre con su hijo, Kevin, de 13 años, que comenzó a convulsionar y vomitar. En medio de la preocupación por su hijo, Chalán también debió enfrentar penurias económicas que no esperaba, pues había creído en los anuncios oficiales de la gratuidad de la atención en salud. Los médicos de emergencia le pidieron tomografías, por las que debió pagar USD 100. Las placas mostraron sangre alrededor del cerebro del pequeño, por lo cual debía ser operado de urgencia, pero el cirujano de turno estaba en Ambato.

Casi doce horas después de su llegada al hospital, Kevin pasó al quirófano para que el cirujano que volvió de su paseo le drenara la sangre. Este procedimiento se repitió una segunda vez y luego fue trasladado, el 7 de noviembre, al Hospital Baca Ortiz. Allí está ahora asilado, pero aún está grave. Su padre, que espera por su recuperación en el umbral de la sala de cuidados intensivos, lamenta no haber ido allí primero. “Estaba desesperado y como mi hijo convulsionaba preferí quedarme en el hospital más cercano”.

Álvaro Guamantica, director (e) del Pablo Arturo Suárez, conoce el caso. Él estaba de turno en emergencia. “Llamé al Baca Ortiz, pero estaban llenos”, sostiene y destaca las limitaciones de este centro en la atención a infantes. “Nuestras instalaciones no son para niños, en el quirófano tenemos que adaptar nuestro instrumental para infantes, pero no podemos negar la atención”.

Éste es el hospital de referencia para más de un millón de personas que viven en el norte de Quito y las parroquias aledañas. En consulta externa son atendidas más de 500 personas al día, pero no es suficiente. La demanda insatisfecha es evidente en el reclamo de personas como Jacinto Tortorelle, que el pasado jueves caminaba por los pasillos del centro.

Este paciente de Chone, que tiene presión alta y un pulmón afectado, ha vuelto al hospital con nuevos síntomas. Lleva las placas de estómago, espalda y cabeza que le pidió la doctora Maribel Roldán, pero en la ventanilla del servicio le dijeron que solo se entregan 10 turnos por día, por lo cual debía regresar otro día.

Hace un par de meses, Andrés Corral, director titular del Pablo Arturo Suárez, admitió que la capacidad del hospital estaba desbordada. En ese entonces aún no se había ampliado el horario de trabajo de los médicos, que pasó de cuatro a ocho horas. Guamantica defiende la gestión y asegura que ahora se atiende a más pacientes en la Consulta Externa, en el horario es de 07:30 a 19:00.

No obstante, un médico del hospital, que pidió no revelar su identidad por temor a ser despedido, matiza. Dice que la gratuidad generó más demanda, pero sin tener la capacidad para completar el servicio. “Yo atiendo en Consulta Externa, hago el diagnóstico y determino que es un caso para operación, pero en vista de que no hay camas ni quirófanos suficientes, las intervenciones se programan para varias semanas y meses después”.

Mientras camina por los consultorios, el médico es abordado por una mujer de 55 años, quien le comenta que le acaban de dar el turno para su operación; han pasado cerca de dos meses desde que la vio por sangrados abdominales. “Aquí se practican 10 cirugías diarias, yo realizó dos semanales, aunque la demanda es cuatro veces más, podría pasarme operando todos los días”, sostiene el galeno.

Otro problema es la falta de recursos. La emergencia sanitaria, declarada entre enero y julio pasados, no incluyó a este hospital en su grupo prioritario. Ingresó en un segundo paquete de unidades asistidas. Y solo recibió ayuda inmediata para la compra de medicinas en septiembre.

Los cinco quirófanos que tiene el hospital cerraron en agosto por el estado de su instrumental quirúrgico, que agotó su vida útil después de 17 años. La emergencia no sirvió para reemplazar estos implementos. Con presupuesto propio del hospital se compraron seis equipos básicos, en USD 4 500, para retomar las cirugías. Luego se adquirió todo el instrumental, por USD 550 000, que llegó en octubre y se estrenó los primeros días de noviembre, después de su esterilización.

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Sin un tomógrafo

Las autoridades del hospital pidieron la renovación de equipos y la compra de un tomógrafo durante la emergencia, pero todavía no llega. Los pacientes que requieren de una tomografía deben pagar a Medinuclear, una empresa privada que tiene un convenio con la Dirección Provincial de Salud desde hace cinco años y que está instalada dentro del mismo predio del hospital. Los valores a pagar por las placas fluctúan entre los USD 50 y 280.

Por la falta de este aparato, precisamente, Fabián Chalán pagó por las primeras tomografías de Kevin y cuando le pidieron una placa especial, que costaba USD 280, tuvo que resignarse a que trasladen a su hijo hasta el Eugenio Espejo. Había pasado un día después de la primera cirugía y la cabeza del niño estaba hinchándose. En una ambulancia fue al otro hospital, conectado a un tanque de oxígeno.

En julio pasado, las autoridades del hospital pidieron una partida extrapresupuestaria de USD 800 000, para pagar sueldos y llegar a fin de año. Guamantica confirmó que este dinero llegó y que por eso el hospital sigue funcionando. Pero el miércoles pasado dos médicos del centro, que pidieron no revelar su identidad, sostuvieron que aún no se les pagaban su salario de octubre.

La secuela de los despidos

En medio de estas carencias, hace dos semanas se ejecutó la ola de despidos, que provocó una serie de repercusiones, que afectan principalmente a los pacientes. El área de Cirugía fue golpeada por la salida de su jefe, Gerardo Rentería. Sus pacientes son parte del grupo de enfermos que deambula por los pasillos del hospital. El pasado viernes, cuando se planificaban las cirugías semanales, seis mujeres solicitaban ser intervenidas. Se sumaban a las 50 personas que también buscaban que su nombre apareciera en la lista de cirugías de la semana.

Las pacientes miraban angustiadas a los cirujanos y sus ayudantes que salían y entraban de la secretaría de Cirugía. A Margot Cóndor, quien espera un turno para un familiar, que debe ser intervenido en la vesícula, un médico le dijo que vuelva el siguiente viernes. “Si es que vive todavía será”, le respondió la mujer, que aguarda el sí desde hace seis semanas.

El listado de los afortunados se cuelga en una cartelera del pasillo a las 10:00. “Hay que llegar antes que los guardias para entrar”, dice Silvia Mila, que debe operarse la vesícula. “A veces llaman a primera hora y hay que estar listas”, advierte Rosa Bayas, que espera que a su padre, de 76 años, le extirpen una hernia inguinal.

Uno de los casos más dramáticos es el de Luis Alfredo Tobar, de 76 años. Él soporta los dolores de una hernia y de la vesícula inflamada, desde hace seis meses. Primero sufrió por el cierre de los quirófanos, en agosto, y ahora por la renuncia de los médicos.

Los encargados del listado le sugirieron que buscara al cirujano Patricio Vásquez (que debe ocuparse de las cirugías de Rentería) y le pidiera que le operara. Arrastrando sus pies y apoyándose en los pasamanos, el hombre bajó los dos pisos para pedirle el favor al especialista. El resto de pacientes del cirujano despedido hicieron lo mismo y consiguieron que una estudiante de Medicina apuntara sus nombres para la próxima semana.

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