6 de April de 2010 00:00

Otavaleños, fuerza

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Fernando Larenas

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‘Cinco meses atrás se me quemó mi casa. Aún así no me eché a morir. Tenía que trabajar por mis cinco hijos. Pero el maremoto acabó con todo. Me libré del mar y las carreteras cuarteadas, pero en Ecuador  nuestra situación es peor.  Somos gente de trabajo y no queremos que nos regalen. Pedimos un apoyo para emprender un negocio’.

Quien así se expresa es  Ermelinda Cañamar, una otavaleña que vivía en Temuco, sur de Chile. Su calvario continúa hoy a un poco más de un mes del terremoto que devastó extensas regiones de ese país.

El caso de Cañamar es similar al de unos 300 compatriotas que solo recibieron USD 60 como ayuda inicial para instalarse, pero  ahora viven donde familiares, durmiendo sobre esteras o colchones, a la espera de que la burocracia se acuerde de que el Presidente les ofreció ayuda para  que se levanten, incluso con créditos no reembolsables.

Son testimonios publicados en EL COMERCIO durante la Semana Santa. Creíamos que las cosas habían cambiado y que los otavaleños  estaban nuevamente produciendo, trabajando, como solo ellos lo saben hacer.

Nunca me he cansado de destacar la fuerza de emprendimiento que tienen.  Los he visto por todas partes del mundo, en los aeropuertos, en las ferias mundiales. Son comerciantes por excelencia y,  como dice doña Ermelinda, no quieren que les regalen nada, solo buscan una oportunidad para recuperar el capital perdido, la mercadería que se llevó el mar.

Los gobiernos ni siquiera se han tenido que preocupar por este pueblo que nunca pide ayuda del Estado, salvo la que por Ley corresponde. Así es Imbabura, así es Cotacachi, que ha desarrollado una industria del cuero que no tiene parangón; así es Atuntaqui con su desarrollo textil que  compite internacionalmente.

“El presidente Rafael Correa habló con los runas en el parque Ecuador, en Concepción. Me emocioné tanto al oír su saludo en quichua. Nos prometió que si retornábamos a Ecuador tendríamos una vivienda digna, préstamos no reembolsables y educación para nuestros hijos.  Le creí porque en ese momento llevaba 13 días durmiendo  con sobresaltos”.

Este relato es de otro otavaleño, Jorge Aguilar, un hombre que vivió 12 años en Concepción, donde formó una numerosa familia junto con su esposa, también otavaleña, y que había alcanzado un espacio en la sociedad. Se había comprado una vivienda de dos pisos que se desplomó completamente con el terremoto.

Y los otavaleños no necesitan lanzar piedras para reclamar sus derechos, pero no es justo que la burocracia les quite la ilusión que sintieron cuando tomaron la decisión de regresar a su país después de vivir la peor tragedia de sus vidas, como fue el terremoto del 27 de febrero en  Chile.

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