28 de mayo de 2014 21:45

Los viejos oficios se resisten a desaparecer en la Sierra norte

Oficios Sierra Norte
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Redacción Sierra Norte
Quito

El golpeteo de un martillo sobre un hierro al rojo vivo le pone ritmo al taller de herrería de Fernando Moreno.
El artesano, de 50 años de edad, sigue trabajando como lo hacía hace más medio siglo su padre, Luis Leonidas.

Fernando aún fabrica herraduras y espuelas para el arte de la equitación con la ayuda de su hermano Ramiro, de 55 años.


Un bracero que despide una luz anaranjada, ubicado en el centro taller, que funciona en el barrio Punyaro, al sur de Otavalo, se mantiene casi igual como lo dejó el patriarca de esta familia, fundador de este obraje tradicional, quien falleció hace 43 años.

El único cambio realizado en este local es la adaptación de un motor eléctrico en reemplazo del viejo fuelle que se activaba manualmente para avivar el fuego. El pequeño local, de paredes de adobe y techo de teja, aún tienen clientes que llegan con variados pedidos, comenta Ramiro.

La labor comienza antes que salga el sol. Los cantos de gallos se escuchan tras cada golpe en el yunque que van dando forma a las diferentes herramientas que todavía solicitan los albañiles y los jornaleros.

Se trata de instrumentos con nombres curiosos como: perros, diablos, puntas, que se emplea en la construcción y en el campo. En esta herrería se fabrica casi de todo aunque son especialistas en cerraduras con llaves de tubo y en candados con estilo romano en alto y bajo relieve.

Los hermanos Morenos aseguran que el taller subsiste todavía a pesar de la modernidad. Según Fernando, con el hierro forjado pueden dar forma incluso a piezas de vehículos.

Pero no son los únicos artesanos que parecen haberse congelado en el tiempo. En las calles asfaltadas de Tulcán e Ibarra aún transitan carretas haladas por caballos.

"Nosotros ayudamos a construir las ciudades. Antes de que hayan camiones y taxis transportábamos el hierro y cemento". Así explica Guillermo Güiz, de 72 años, mientras su vehículo de madera y llantas neumáticas, tirado por un semoviente, se abre paso airoso por una de las vías de la capital del Carchi.

Como anécdota recuerda que más de una vez se ha metido en contravía con su carreta cargada, en cuyo costado tiene grabado el número 1.

José Cáliz, secretario general de la Asociación de Carretoneros Gran Colombia, de Tulcán, indica que todavía siguen operando aunque con solo ocho unidades. Cáliz, que hoy tiene 67 años, recuerda que en 1950, cuando se creó el gremio, circulaban 75 carretas.

Algo parecido sucede en Ibarra con el Sindicato de Carretas Marañón, fundado en 1953.

En la actualidad laboran tres socios, explica Domingo Mercado, uno de los últimos arrieros.

La mejor época fue cuando estaba habilitada la vía férrea desde San Lorenzo, en Esmeraldas, hasta Quito.
Rememora que cada vez que pasaba el tren por la estación del Obelisco de Ibarra siempre había carga que movilizar. Pero esa dinámica terminó en la década de los 90 del siglo anterior cuando se suspendió la ruta del ferrocarril del norte.

Igualmente, aunque la demanda se ha reducido por la presencia de cernidores de plástico, Juan Manuel Espinosa continúa elaborando cedazos con crines de caballo.

El artesano, de 74 años de edad, que cambió las tijeras de peluquería por el nuevo oficio comenta que, como hace 53 años, sigue elaborando los cernidores con las maderas resistentes de Pumamaqui que compra en Sangolquí y tejiendo el pelo de la cola de los corceles que aún llegan desde Colombia.

Los cedazos de paredes pálidas y fondo oscuro cuestan entre USD 4 y 10. Espinosa aprovecha la feria de Otavalo, el día sábado, para vender una media docena que confecciona en la semana.

El que no cambió de profesión es Marco Perugachi. En la calle Pedro Moncayo, en Ibarra, mantiene abierta la Peluquería Venus, que su padre abrió hace 80 años.

Los sillones y peinadoras se mantienen intactos como las heredó de su progenitor. La cortesía, la charla amena y el agua caliente a la hora de afeitar la barba a los clientes son la estrategia que mantiene vivo el local.

Fotografías en blanco y negro que adornan las gavetas, complementan la imagen añeja.

El maestro Perugachi, como le conocen sus clientes, lleva 42 años acicalando con la mejor imagen a clientes de toda edad.

Para Miguel Chacón, presidente de la Sociedad de Artesanos de Ibarra, hay muchas profesiones que han desaparecido con la modernidad. A su mente vienen los hojalateros, sombreros, conductores de carretas...

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