31 de January de 2010 00:00

El oficio de ascensorista se acaba

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Redacción Quito

Hay que buscarlos con lupa en los altos edificios de Quito. El oficio de ascensorista está en sus últimos días. Este Diario recorrió varios edificios públicos y privados  en su búsqueda, pero en cada lugar decían que la modernidad frenó la carrera de los hombres que dirigían los elevadores.



24 de abril se firmó un Decreto, en Venezuela, para que se ubique personal en los ascensores.La vestimenta y  las tareas  de Wilter Reina, ascensorista del restaurante Vista Hermosa, fue una huella de este  oficio  que consistía en abrir y cerrar las puertas, pulsar los botones  a cada piso o accionar  palancas; como es la función de Reina. 

En la Internet se puede leer que los ascensoristas eran  comunes  en los cincuenta en EE.UU. Pero fueron desapareciendo con la introducción en los ascensores de  botones automáticos.

Una tecnología que   Enrique Mullo y Miguel Tonaila manejan   en el edificio del Consejo Provincial de Pichincha. Ellos trabajan de 07:00 a 13:00.  Su sueldo va  entre  USD 500 y 600 por sus años de servicio o su antigüedad en la entidad.

En otros edificios, en cambio,  las  tareas de manejar un ascensor son asignadas a los  guardias.

Pero este oficio registra un hecho histórico curioso. En 1976, el presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, mediante Decreto obligó a crear fuentes de empleo en los ascensores.

El box era su pasión pero sufrió un accidente

Redacción Quito

 En 1979,  Wilson Mullo se bajó del cuadrilátero en el coliseo Julio César Hidalgo y cometió dos equivocaciones. Al finalizar una pelea decidió bañarse en agua fría y bebió una colada helada.



Ayudo a dar mantenimiento al ascensor. Ya pienso jubilarme. 
Wilson Mullo
Funcionario PúblicoMullo estaba molesto porque creía que él ganó, pero los jueces decretaron empate al final del combate. Por eso se refrescó así; un hecho que lo marcó para siempre con una trombosis. El cambio brusco de la temperatura corporal le causó una parálisis en el lado izquierdo del cuerpo.

La enfermedad también  complicó su vida laboral como un obrero de la construcción, plomero y  gasfitero. Dedicado a este último oficio y luchando contra su enfermedad, trabaja en el Consejo Provincial de Pichincha hace  25 años. Sin embargo, por su enfermedad se convirtió en ascensorista de esta entidad hace 5 años. “Me dicen que aquí estoy como diputado.
Pero yo, todos los días limpio el piso y las paredes del interior del ascensor”.

Por su   exitoso historial como deportista, logró títulos nacionales  y por pelear fuera del país  es amigo de periodistas deportivos como Carlos Efraín Machado, Fabián Gallardo...
En su época de apogeo como boxeador, lo identificaban como Enrique ‘Mini’ Mullo. Actualmente, los funcionarios lo saludan en el ascensor efusivamente con “¡Qué dice don Mullito!”.
 
Entre bromas, sus compañeros  piden que no dañe el ascensor que sirve para subir y bajar los cinco pisos. Mullo, de 55 años e hincha del Deportivo Quito, siempre está presto para orientar a las personas que buscan  cualquier dependencia. 

Su uniforme llama la atención al visitante

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Una  reja blanca, una manivela negra, las puertas gruesas de madera, espejos grandes en las paredes del elevador  y un operador con atuendo especial son los únicos rastros del añejo oficio de ascensorista en la ciudad.



Es un orgullo especial representar el verdadero rol de este trabajo.
Wilter Reina
AscensoristaEn el ingreso al restaurante Vista Hermosa, ubicado en la calle Mejía, en el Centro Histórico, trabaja Wilter Reina como ascensorista; cumpliendo todos lo requisitos que demanda este oficio. Desde la forma de vestir hasta su papel de un operador.
  
En la tarea de mover la manivela a los costados, para subir o bajar, lleva cuatro años. Para mover la palanca -dice- hay que tener tino y saber detener el ascensor en el sitio donde las personas puedan bajarse con comodidad.  Tanto el edificio como el ascensor son antiguos. Pero al mismo tiempo son el atractivo del local. Por eso, además,  se conserva la huella del ascensorista.
 
Reina, de 29 años, labora de lunes a sábado y llega al restaurante  a las 15:00. Él recibe a los clientes hasta las 00:00. La vestimenta es especial:  una  leva negra con cinco botones grandes y brillantes, un antiguo gorro de ascensorista y zapatos brillantes.

Los visitantes lo miran con curiosidad y le piden fotografiarse continuamente. “Hay niños o turistas que  me observan por mi vestimenta. Algunos bromean y me dicen que soy Cantinflas”, bromea Reina, oriundo de Pedernales, Manabí.
 
Otros clientes lo comparan como el ascensorista que aparece en la película Titanic. Sin embargo, ya está acostumbrado a vestir de esa manera. Incluso, eso se puede ver  hasta en las fotografías que cuelgan en las paredes del restaurante y sus hijas Naomi (4 años) y Marlene (2) lo distinguen de inmediato.
 
Este ascensorista no lleva  un registro de cuantas veces sube y baja durante sus horas de trabajo. Sin embargo, desde su función ha logrado conocer a artistas importantes, presentadores de televisión, cantantes...

Sube y baja de los  20 pisos, 400 veces diarias

Redacción Quito

Con cada visitante que ingresa al abrir la puerta, se dedica a conversar. Miguel Tonaila, de 59 años, lleva un año y cuatro meses operando el ascensor que sube y baja a los pisos pares del edificio del Consejo Provincial. En cada viaje lleva un grupo numeroso de funcionarios públicos.



En la urbe ya no hay  edificios con ascensoristas. Ni en los más grandes.
Miguel Tonaila
Funcionario PúblicoHay gente que lo abraza en forma de saludo. Cuando se abren las puertas del elevador, él está sentado en su silla, aplastando los botones. Tonaila hizo un ejercicio con un técnico de la entidad y contabilizó 400 viajes entre subir y bajar. Casi 1 000 personas rotan por el espacio de trabajo del carchense.

Sus horas laborables van  de 07:00 a 13:00. Antes de ser ascensorista fue un obrero que trabajaba en la apertura y el asfaltado de  vías. La labor la cumplió durante seis años en un volquete. Pero se cayó del balde y eso le causó una lesión en la pierna izquierda que lo obligó a buscar una alternativa laboral,  desde hace dos años. Así halló en el ascensor un trabajo diferente.

Cuando Tonaila abandonó Tulcán  y arribó a Quito   empezó trabajando como guardia durante ocho años.  20 años después  se considera un quiteño más.   “Hay días que vienen muchas personas y hay mucho trabajo. A veces hay que preguntar  a las personas   qué piso buscan. Por mi enfermedad es una tarea que me permite subsistir”.
 
Una de sus anécdotas que no olvida, ocurrió hace un año. Aquella vez se quedó encerrado en el interior del ascensor, durante una hora. Pudo salir del apuro, sin sustos, con la ayuda de un compañero.

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