La obsesión por el debate

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Carlos Rojas. Redactor

Carlos Rojas Araujo  Editor Político ¿Por qué nos entusiasma tanto que dos políticos se desafíen a un debate público en época electoral? ¿Qué buscamos con un evento como este? ¿Descubrir la capacidad de propuesta (o de demagogia) de los candidatos o su habilidad para agredirse? Estas preguntas resultan ineludibles en Quito, en el tramo final de la campaña para la Alcaldía, por la guerra de encuestas que se ha desatado.

Los expertos en marketing dicen que la propuesta siempre sale de quien está atrás en los sondeos. Mientras que quien los lidera debe negarse porque tiene las de perder.

Esta máxima se ha repetido en Ecuador desde 1984, cuando Rodrigo Borja, triunfador en la primera vuelta, aceptó debatir con León Febres Cordero. Luego de ello, Borja perdió las elecciones.

Desde entonces, casi todos los debates de nivel estelar se han cancelado. Eso pasará con el encuentro Barrera-Rodas.

Lo que sí llama la atención es que como sociedad exigimos -quizás por morbo- que nuestros candidatos debatan. Pero somos totalmente indiferentes cuando ellos, ya convertidos en autoridades, no dialogan. Es más, censuramos que lo hagan pues siempre vemos en el acuerdo político una componenda.

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