15 de November de 2009 00:00

‘Las obras de teatro son de todos y de nadie’

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Redacción Cultura

Sentado en la sala Zero no Zero,  el teatrista argentino Marcos Rosenzvaig dice que el maestro polaco Tadeusz Kantor es inimitable. “Cada artista es inimitable; se pueden extraer sus ideas, pero no es repetible.  Ni yo, ni cualquier otro, tiene la historia que alberga Polonia, es normal que el teatro de Kantor esté ligado a la muerte”, dice  Rosenzvaig, quien fuera su pupilo con el grupo Cricot 2.
 
Aunque Rosenzvaig elige la doctrina del ‘teatro de la muerte’, de Kantor,   por su cercanía con los aspectos  primarios del ser humano,  su comprensión de este arte escénico es amplia, desde el teatro de texto hasta el teatro de imagen. “Lo fundamental es que obra y autor sean fieles a un lenguaje, que lo lleven a cabo”.

¿El teatro es una estructura de códigos o es ruptura?

El teatro... el arte siempre es ruptura, lo que sucede es que en este mundo actual se ha hecho más difícil la transgresión. En todo caso, lo interesante son las miradas de los creadores.

¿Cómo es la relación autor - texto - actor?

Si me siento en el sillón del dramaturgo voy a generar una obra con texto y personajes. No creo en la creación colectiva;  si convoco a un teatro de investigación, entonces voy a ser el pintor de la obra, por lo tanto la escenografía, la interpretación, el vestuario, el texto y todos esos ‘colores’ serán parte de una sola mirada. Son valiosas las miradas de los actores, pero hay un solo pintor.

¿Es celoso de sus obras?

No, todo lo contrario. Vengo acá, traigo ‘El pecado del éxito’ (la obra se halla en proceso de montaje, se estrenará en enero) y se ecuatorianiza. Las obras de teatro terminan siendo de todos y de nadie... es como si fuese  Google, ¿quién es Google? Un fantasma  que lo sabe todo y tú solo sabes cómo se llama. Es un universo, en el que uno entra por alguna necesidad, después se puede llegar a cualquier parte... El arte también es así.

En sus procesos de escritura teatral ¿entran el espacio  y el movimiento?
 
Bueno, eso enseño en mis clases. (Sonríe. En Quito dicta talleres de dramaturgia, investigación teatral y actuación). Cuando alguien se ejercita mucho  termina teniendo una técnica interna, una especie de sabiduría. Ahora, yo enseño  a pensar el teatro desde otros puntos de vista, a ampliar sus horizontes. Creo en la educación, en el sentido de revelación.

 ¿Se debe mostrar la verdad en la obra teatral?

La verdad y la verosimilitud conformaron un campo de confusión entre los maestros seguidores de  Stanislavsky. El teatro no tiene nada que ver con la verdad sino con la verosimilitud. La verdad, en todo caso, es algo que me aburriría poderosamente.

¿Y el contexto  del autor?

Todo artista que está creando tiene que ver con su tiempo y con su historia. Uno puede ficcionar o reírse de la realidad, pero en ella se construye su obra con más fuerza. Es un juego que tiene que ver con la memoria y el olvido.

Con respecto a ‘El pecado del éxito’, ¿cómo ve al teatro comercial y al  experimental?
 
En el teatro de investigación  hay una tesis estética nueva. En el de texto no voy a experimentar, voy a poner en escena una historia que  dará a debatir, a cuestionar. El término comercial es complejo, puede ser estéril o muy liviano... A ver, Edward Albee es menos comercial en ‘Historias del Zoo’ y más comercial en ‘¿Quién le teme a Virginia Wolf?’ y esta ¿es comercial, con esos personajes  tan complejos?...  ‘El pecado del éxito’ reflexiona sobre esto.  
 

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