8 de July de 2009 00:00

Nuevo currículo: ¿la hora del cambio?

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María Alexandra Prócel Alarcón. Editorial Don Bosco-Librerías LNS

La Reforma Curricular para la Educación Básica de 1996, significó un gran esfuerzo de organización y formulación de políticas educativas públicas.

El constructivismo no es un cliché. Es necesario apropiarse de él, con firmezaOtros referentes fueron los planes y programas que se aplicaron en Ecuador en las décadas precedentes, muchos de los cuales tuvieron su origen en la década de los sesenta, cuando se creó el Departamento de Planificación Integral de la Educación y se instituyó el primer Plan para el Desarrollo de la Educación, que equiparaba los programas rural y urbano a seis años obligatorios y dividía la educación secundaria en ciclos: básico y diversificado.

Itinerario

En ese lapso se sucedieron hechos importantes; por ejemplo, en 1979 se amplió la obligatoriedad de la educación a nueve años; en los ochenta se abrió un debate acerca del propio sistema educativo (debido a los altos índices de ausencia y deserción escolar), de la calidad en la educación y de la importancia de la etapa preescolar; en los 90 se impulsaron programas de alfabetización y se abordó la inclusión, la equidad de género, la interculturalidad y el bilingüismo en la educación.

Pero fue en 1996 cuando estos esfuerzos tomaron cuerpo en un documento oficial —nacido del consenso de diversos actores—, que comenzó a ser ejecutado como política pública en el sistema educativo del país.

Entre los principales aportes de la Reforma Curricular Consensuada del 96 están la obligatoriedad de una educación básica de diez años; la inclusión del nivel preescolar en el sistema formal como Primer año; la eliminación de los niveles primaria y secundaria por una Educación Básica y de Bachillerato; la institucionalización de la educación bilingüe y, sobre todo, la ejecución de una línea pedagógica-metodológica constructivista, basada en el desarrollo de destrezas.

Reforma y editoriales

Ante lo dicho, la labor de las editoriales se centró en descender la propuesta macrocurricular hacia el nivel microcurricular, es decir, hacia la construcción de textos/ instrumentos metodológicos que fueran utilizables por los docentes en la hora de clase, en la unidad didáctica y en la planificación anual.

Luego de 11 años, se puede decir que los docentes y los textos escolares superaron los contenidos programáticos de la Reforma. De hecho, una vez llevados a la práctica se puso en evidencia que muchos no reflejaban un alcance y secuencia adecuados; otros aparecían fuera de contexto o estaban alejados de la tecnología y la realidad actuales; algunos eran tan generales que dejaban de lado particularidades importantes o eran tan específicos que perdían de vista la totalidad.

Al interior de las editoriales y de los centros educativos se comenzó a trabajar con un doble currículo, e incluso con una doble planificación: una oficial, dirigida al Ministerio de Educación, y otra alterna, enfocada al cumplimiento de contenidos más exigentes como las competencias.

Sin embargo, en cuanto al enfoque pedagógico-metodológico propuesto en la Reforma, la situación fue diferente. Muchos docentes, centros educativos y textos escolares no lograron acceder a la comprensión de la destreza como suma de saberes (cognitivos, procedimentales y actitudinales) y encaminaron sus esfuerzos exclusivamente hacia lo cognitivo. (Esto explica por qué el enfoque por competencias ha cobrado tanta importancia en el último tiempo). Asimismo, el constructivismo fue asumido bajo el cliché de la «construcción del conocimiento», sin lograr apropiarse de una metodología que lo hiciera posible en el aula.

¿Hora de cambiar?

En vista de lo expuesto, surge la pregunta de si ha llegado el momento de un nuevo planteamiento curricular. ¿Qué quisiéramos, docentes y editoriales, de dicha actualización?

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