19 de January de 2010 00:00

No República

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Federico Chiriboga

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El título del libro del economista Rafael Correa, sin comentar sus contenidos ni relacionarlos con el nombre de la obra, invitan a reflexionar sobre los dos conceptos que lo componen: Banana Republic y No República.

No parece del todo acertado haber usado un calificativo, creado por un humorista y escritor de América del Norte, para burlarse de Honduras, entonces dominada por la United Fruit Company, y que viene usándose para señalar a los gobiernos corruptos al servicio de la oligarquía criolla y sumisos a los intereses de las compañías extranjeras que mandaban a base de sobornos.

Una visión tan peyorativa de nuestra historia no responde a la realidad y menos cuando se ha convertido en símbolo de la revolución ciudadana a uno de sus protagonistas, el General Alfaro. Pretender que hay dos países, uno que muere y otro que al mismo tiempo nace con la elección de Correa, es una concepción simplificadora, que demuestra desprecio al pasado y la ilusión de que sólo desde entonces merecemos ser considerados como una República.

En cuanto a que somos una No República, no hay la menor duda. Los valores republicanos se han ido degradando hasta llegar a la situación en la que nos encontramos: una República formal, dibujada por unas normas constitucionales que se agotan en el papel que las contiene.

Las Repúblicas se basan en el ‘imperio de la ley’, no de los hombres. Gobernantes y ciudadanos están sometidos a un ordenamiento jurídico-constitucional que impone derechos, obligaciones, competencias y garantías ciudadanas. La forma de gobierno llamada República se caracteriza por la división de poderes y recoge los principios de la Ilustración, consagrados en las constituciones de Francia, tras su  Revolución, y de  Estados Unidos. República y concentración de poderes son términos antagónicos. República y autoritarismo -supremacía del que manda sobre la ley-  son incompatibles.

Las funciones del Estado tienen competencias, limitaciones y sus titulares responden por el abuso en el ejercicio de sus atribuciones. Al poder legislativo le corresponde legislar y fiscalizar, no obedecer y callar. Las leyes son elaboradas por los representantes del pueblo y por ello expresan la voluntad general, lo que no sucede cuando se limitan a cumplir la voluntad del que ordena. Los jueces son los llamados a administrar justicia, con independencia total. La Corte Constitucional es el único límite a la potestad legislativa. Aquí tenemos una Asamblea que se limita a firmar lo que les viene redactado; una Corte Constitucional que interpreta la partitura oficial y un poder judicial que ha renunciado a su independencia y autonomía por temor de perder el empleo !Cuánta razón lleva el título del libro al advertir que no somos una República!

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