1 de November de 2009 00:00

Por qué no Chechenia

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Grace Jaramillo

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Aunque parezca poco revolucionario lo que voy a decir, realmente el viaje a Rusia sigue siendo una buena oportunidad para conocer uno de los países hipercapitalistas más avanzados del mundo actual. Siendo realistas, esto parecería ser una suerte de cambio de rumbo en las preferencias estratégicas ecuatorianas del gobierno de Alianza País, que siempre se había quejado de aquellos países que -en términos de Wallernstein o Noam Chomsky- son el centro del centro mismo de la explotación capitalista. Y si criticamos a EE.UU. con su capitalismo seudo-oligopólico, bueno pues la Federación Rusa es un país que logró borrar las medias tintas e irse por un capitalismo oligárquico agresivo que, para que no suene tan mal, los teóricos lo llaman elegantemente hipercapitalismo.

Tiene industrias estratégicas de vanguardia, controladas todas por ex miembros de la KGB y asimiladas al sistema de control total de la democracia –también hipercapitalista e hiperoligárquica- rusa. La mafia rusa ocupa por supuesto un lugar especial y está altamente globalizada, de eso pueden dar fe españoles, ingleses y hasta alemanes. Pero de todas maneras, esta es la forma escogida por la Federación Rusa para recuperar el esplendor perdido tras el fin de la Unión Soviética y el desastre de su invasión a Afganistán.

El despegue que logró Vladimir Putin es incontrastable: tasas de crecimiento anuales del 7% del producto interno bruto, reservas internacionales por 427 mil millones de dólares. Y por supuesto cifras increíbles de superávit comercial. La receta hipercapitalista es completa, su índice de desigualdad es tan terrible como en Estados Unidos y más del 16 por ciento de la población vive en la pobreza. La Rusia de hoy es lo más lejano posible a cualquier ideario socialista en el mundo.

Sin embargo, ser aliados de Rusia es utilísimo hoy en día, tanto como es serlo de China, Brasil o de la India. La pregunta es a qué precio. Y la visita del presidente Correa ya nos dio algunos indicios que eran previsibles: el reconocimiento de Abjasia y Osetia del Sur sería un regalo más que soñado para una Rusia que busca desesperadamente desestabilizar a Mijaíl Saakashvili, presidente de Georgia, que ha puesto en riesgo su “área de influencia”. Georgia es la salida estratégica del gas ruso a Europa y su salida geográfica al Mar Negro. Si el objetivo es ese, el precio de nuestra alianza sería demasiado alto.

Si un día Santa Cruz o Beni demandan lo mismo de Bolivia,  ¿qué diríamos? Si avalamos la separación de Abjasia y Osetia del Sur, ¿por qué no Chechenia, cuyo movimiento independentista fue una reivindicación a siglos de colonialismo y explotación? Una política exterior antihegemónica no puede construirse sobre el doble estándar de condenar proyectos hegemónicos de unos, pero no de otros. Eso sí,  no tendría nada de revolucionario. Menos mal por ahora está en estudio.

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