5 de February de 2010 00:00

Ni de chiste

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Juan Esteban Guarderas *

El 29 de enero, Tony Blair se sentó de manera desenfadada frente a sus interlocutores, y con una traviesa mueca señaló que volvería a invadir Iraq. Luego, sin poder contener más la risa, explotó en francas carcajadas, mientras el resto del auditorio soltaba pesadamente el aire al sentir el alivio, con un sonoro “uuufff”.

Esto hubiese sido una muy mala broma del ex Premier, pero hubiese sido infinitamente mejor de lo que en realidad ocurrió. Cuando lo vi hacer esas declaraciones, con convicción, y con la descarada intención de convencer; por una mínima fracción de segundo, mi imaginación esperó que se tratase de un chiste.

Según él, derrocar a Hussein valió la pena. La guerra fue justa, más allá de que los motivos iniciales -los vínculos entre Al-Qaeda y la cúpula gubernamental, y los “innegables” programas de armamento de destrucción masiva-   hayan sido conjeturas inexistentes.

Pero entonces, ¿por qué no invocaron los aliados ese motivo para que justificase la invasión frente la ONU? La respuesta es fácil, porque ese motivo nunca hubiese sido suficiente como para que la organización autorice la guerra. Lo que ocurre es que ahora Blair intenta rescatar lo único que fue positivo de ese fiasco, y darle un peso suficiente para que torne la operación en algo positivo.

La lógica de Blair se desbarata al ver que el dolor que ellos trajeron es muchísimo mayor que el que Hussein dejó. Al líder iraquí se lo colgó por haber ordenado la matanza de 148 chiitas en 1982. Mientras que solamente durante los dos primeros años de invasión, la coalición es directamente responsable de la muerte de 9 200 civiles iraquíes. Hasta ahora,  las víctimas civiles del conflicto suman alrededor de 100 000, sin tomar en cuenta que el conflicto destrozó hospitales y el sistema de seguridad social, aumentando a cifras incalculables el número de víctimas mortales indirectas.

Esas declaraciones tuvieron que sentirse como una bofetada para Kofi Annan, que a pesar de que la coalición había dado uso de servicio higiénico a la Carta de las NN.UU., luego de las  operaciones militares envió a sus mejores hombres y amigos personales (como Sergio Vieira de Mello) para intentar reparar los daños, y que luego estos murieron por bombas que la propia coalición no supo evitar.

Tuvieron que haber sido un escupitajo en el ojo para las familias de los soldados que murieron en un combate innecesario,  para las decenas de miles mutilados iraquíes, o para las ONG  que tuvieron que dejar otras zonas en crisis porque a la bendita coalición no le dio la gana de aumentar los fondos destinados a ayuda, a la altura de sus destrozos.

Ahora Blair mira a las cámaras como esperando que el resto del mundo entienda su atrevida lógica. Eso no se olvida ni se entiende, ni de chiste.

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