13 de March de 2010 00:00

30 apicultores mejoraron la cosecha de miel

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Modesto Moreta.

El olor fragante de la miel se esparce por el ambiente. El aroma se origina en las 20 colmenas que cuida Eva Guerrero en su propiedad. Ella es del barrio La Independencia, de la parroquia Santa Rosa, a 10 km de Ambato.

Al sitio se ingresa por una vía estrecha, empedrada y flanqueada de árboles frutales.

fakeFCKRemoveGuerrero parece un astronauta. Viste un traje blanco, velo, guantes y botas para evitar que le piquen las abejas que revolotean cerca de los cajones de madera pintados de celeste, amarillo, rojo... Allí están los panales.

Con cuidado, destapa uno por uno para sacar la miel. En su mano derecha carga el ahumador, un cilindro metálico que produce humo y que sirve para tranquilizar a los insectos. El tipo de abeja que tiene Guerrero es la italiana. Dice que son más resistentes a enfermedades, producen buena miel y son más prolíficas.

Poco a poco saca el producto. Lo coloca cuidadosamente en otro recipiente de plástico para llevarlo a su casa. Tras cuatro horas de trabajo obtiene 20 litros de miel amarilla y espesa.

Guerrero y otros 29 apicultores de Gatazo Zambrano, Licto, Molobog, Santa Ana, Punín, Cevallos y Santa Rosa, ubicados en Chimborazo y Tungurahua, venden su producto a la microempresa Apicare Miel y Derivados. Por cada litro reciben USD 6.

La empresa nació por un concurso organizado por la Politécnica de Chimborazo, el Ayuntamiento de Madrid y otras entidades para premiar al mejor proyecto de emprendimiento.

Funciona desde 2006. Mensualmente procesa entre 600 y 800 kilos de miel de abeja, polen, propóleo y jalea real. Guerrero conoció a los técnicos de Apicare hace cuatro años, en un curso.

Le enseñaron a alimentar a las abejas en épocas de poca floración, la forma correcta de cosechar la miel, a revisar cada semana los panales y a controlar la población de la abeja reina y de los zánganos (abeja macho).

“No sabía nada de esto. Cuidaba las colmenas como me enseñaron mis padres”, afirma Guerrero.

El gerente de Apicare, Andrés Viteri, explica que luego de que ganaron el concurso se contactaron con los campesinos que les proveen la miel. Los conocieron en sus charlas a las comunidades.

“En los recorridos nos dimos cuenta que los apicultores necesitaban asesoría permanente y por los apoyamos”.

Yolanda Isabucho es otra productora y también vive en Santa Rosa. En sus 10 colmenas produce cada tres semanas 80 litros, de los cuales 40 comercializa en el mercado de Ambato y entre los vecinos del pueblo.

El resto entrega a Apicare. “La paga es buena. Antes recibía USD 4 por el litro. Con su ayuda, el sabor de mi miel mejoró”.

Ella participa en los cursos que convoca Apicare desde 2007. Isabucho no cosecha la miel. El trabajo lo deja a los técnicos, quienes cada 15 días revisan las colmenas para garantizar la calidad del producto. El técnico Raúl Llumiquinga se encarga de esa tarea. Él viaja dos veces al mes a las comunidades. Además de chequear las panales, contabiliza la población de abejas y verifica que los cajones estén limpios y sin humedad.

Para este año, Apicare quiere agrupar a más apicultores.

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