12 de December de 2010 00:00

Qué Navidad

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Monseñor Julio Parrilla

Adviento es un tiempo de esperanza. No es que la esperanza sea fácil y evidente, más bien en la vida prevalecen motivos de inquietud. Y, sin embargo, más allá de la comercialización de la Navidad, de la estética dominante, los hombres y mujeres de este planeta expresan en estos días una profunda necesidad de esperanza.

¿Motivos para el pesimismo? Siempre los ha habido y siempre los habrá. Más allá de las decepciones inmediatas está la inca-pacidad para amar que, de forma terca, nos acompaña y a veces se acrecienta con los años. La lentitud del cambio choca frontalmente con esa urgencia cristiana que nos pide ser mejores y construir un mundo mejor. Y, sin embargo, pareciera como si el lenguaje de los poderosos prevaleciera y la vida social y política, la exclusión y la pobreza ahogaran nuestras esperanzas.

Cuando la gente se desea “Feliz Navidad” me pregunto qué querrá decir, qué esperará... Quizá la mayoría de la gente, en medio del barullo navideño exprese un combo de sentimientos no siempre fáciles de matizar. A la luz del neón, de las ofertas y los guiños de papá Noel “Feliz Navidad” suena a “que te vaya bonito”. Al fin y al cabo, la felicidad tiene un precio que puedes pagar en cómodas cuotitas.

Personalmente no me resigno a entrar en este juego, quizá porque llevo toda la vida alimentando otra esperanza y, mal que bien, he experimentado el valor de la fe. Los cristianos (¡estos locos!) esperamos a Jesucristo y nuestra esperanza activa nos lleva a vivir como si Él ya estuviera a la vuelta de la esquina. Vino y volverá. Y esa es nuestra esperanza. Porque ya la poseemos, no podemos vivir de cualquier manera y menos en las nubes. Hay que pisar la tierra y hacer carne de nuestra carne y vida de nuestra vida cualquier latido humano. Por eso, el eslogan de la campaña de Caritas Ecuador es tan acertado “¿Navidad feliz? Navidad solidaria”. Hay que abrir la mano y el corazón a cuantos sufren y luchar decididamente a favor de la dignidad humana. ¿Será esta pasión exclusiva de los cristianos? Ni mucho menos. Cualquier proyecto social, político o económico que ignore el valor de la condición humana está llamado al fracaso. En la tierra fértil de la solidaridad siempre podremos encontrarnos y caminar juntos, aunque sea pasito a pasito...

Ojalá que la Navidad sea algo más que palabras y sentimientos fatuos. Ojalá que represente en todos nosotros el compromiso por construir un mundo mejor, más equitativo e incluyente. Y quien dice mundo, dice matrimonio, familia, pueblo, barrio,... infinitamente mejores. Entonces cualquier palabra, cualquier gesto, tendrán sentido. La gloria de Dios será la paz de los hombres y podremos ser motivo de esperanza para todos aquellos que, en medio de la oscuridad del camino, levantan la vista al cielo pidiendo un poco de luz. Este es mi deseo: Feliz Navidad, que les vaya bonito y que algún día Jesús, el Hijo del Dios Vivo, nacido de María, acampe en sus entrañas.

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