25 de diciembre de 2017 00:00

Navidad: un recorrido del pristiño al pavo

En Oyacoto, Susana Viracucha cuenta con dos hornos para preparar los pavos que comercializa durante la Navidad. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

En Oyacoto, Susana Viracucha cuenta con dos hornos para preparar los pavos que comercializa durante la Navidad. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

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Daniel Romero
Redactor (I)
dromero@elcomercio.com

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Desde hace 20 años, la casa de Susana Páez, en Navidad, ya no huele a pollo asado ni a pristiños. Hoy, el olor a pavo horneado llena cada rincón. Este se volvió el platillo principal en la cena de Nochebuena.

En su familia empezaron con esta costumbre, porque a una de sus hermanas, cada año, en su trabajo le regalaban una canasta navideña que contenía ese producto. Hoy, prepararlo ya es una tradición.

La transición de la época colonial hacia la etapa republicana del Ecuador, según Patricio Guerra, cronista (e) de la ciudad, marcó los cambios en las costumbres de este festejo que tiene un origen religioso.

“Por ejemplo, comer pavo en la cena navideña es una costumbre que no tiene más de 40 años y viene por la influencia de Estados Unidos”, contó.

Uno de los momentos centrales de la Navidad es la cena. Sin embargo, en los registros de los conventos durante la Colonia no se hace referencia a esta como parte del festejo. Esa era más bien una fecha de recogimiento en la que se preparaban pristiños, chocolates y productos relacionados a la pastelería, señaló Guerra.

No obstante, en el siglo XIX, según Guerra, las élites quiteñas comenzaron a viajar a Europa y a su regreso trajeron consigo este tipo de costumbres vinculadas al festejo de la Navidad.

Susana Viracucha se dedica a preparar pavos en horno de leña desde el 2001. La crisis económica de esa época la obligó a buscar un ingreso adicional y vio en la nueva costumbre de comer pavo una oportunidad de negocio.

“La gente consume más pavos que otra cosa. Porque aquí también horneamos piernas de cerdo, lechones y pollos”, comentó. En los últimos años, Viracucha observó que la situación económica también influye en la organización de la cena navideña.

“Tres años atrás, la gente demandaba más lechones, que son más caros. Pero el año pasado ya hubo una baja. En el 2015 preparamos 120. En el 2016 horneamos 80”, apuntó.

Alexandra Guzmán tiene 50 años. Hace 15 se dedica a hornear pavos. Comenzó ayudándole a su madre en la cena de casa y le gustó. Al principio, solo preparaba para sus amigos y los compañeros de sus hermanos. Hoy, por estas festividades, hornea más de 30. Lo hace por tradición y por pasión. Por hornear cobra USD 25 dependiendo del tamaño. Incluye la salsa de ciruela o de mango.

Ella contó que hoy la mayoría de personas trabajan y ya no tienen tiempo de preparar el pavo. “Usualmente dejan todo al final, así que la mejor opción es mandar a hacer el pavo a otra persona”. Además, hace pristiños, buñuelos y empanadas de mejido. No quiere perder la tradición.

Para ella, no hay nada más lindo que sentarse en una mesa adornada con dulces tradicionales. Eso representa la abundancia, comenta.

La cena navideña no es lo único que ha cambiado. Los pases del Niño y el rezo de la novena son costumbres que, según Guerra, se realizan cada vez con menos fuerza. “Este tipo de festejos se mantiene en pocas familias y en las parroquias rurales del Distrito. En la ciudad hay más influencia de la globalización”.

En esto coincide el historiador Manuel Espinosa Apolo. Para él, la mezcla entre las costumbres indígenas y españolas dieron como resultado la inclusión de símbolos y figuras católicas con el contenido de la cultura andina.

Espinosa Apolo se refiere a la fusión de la idea del nacimiento del Niño Dios con la de la muerte y nacimiento del sol nuevo. Esto porque las culturas andinas festejan el 21 de diciembre el Kapak Raymi, un ritual en honor al solsticio de verano. “En este ritual se celebra al sol viejo, el sol que termina con el ciclo anual y da paso al sol nuevo”, dijo.

La idea del nacimiento del Niño Dios calzó perfectamente con la de la muerte y nacimiento de un sol nuevo, según Espinosa Apolo. Desde ahí en adelante, se mantuvo un sincretismo entre la festividad de los católicos y los indígenas.

Para este historiador, un hecho que marcó el regreso de los festejos por el Kapak Raymi fue el levantamiento indígena de 1992. “Crecieron grupos que se organizaban para festejar el solsticio de verano”.

Para Guerra, lo que se ve en Quito ya es un comportamiento propio de las metrópolis. Con esto se refiere a que asociamos la Navidad con las costumbres de Estados Unidos y Europa. “El tema del árbol y Santa Claus es una costumbre que viene de los países escandinavos que convive con las figuras propias del catolicismo”.

Para Espinosa Apolo, en este tipo de cambios influyó primero la radio y después el cine, a partir de la década de 1930.

Ambos historiadores coinciden en que en la ciudad, el festejo de esta fecha tiene un viraje hacia lo comercial. Ya no es una fecha de recogimiento como lo era para los religiosos o una celebración festiva como lo es para las culturas andinas.

Para el próximo año, Susana Páez y su familia están pensando contratar un servicio de catering para ahorrar tiempo.

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