29 de junio de 2014 17:07

La mutación de Dilma: el malestar la fuerza a mostrar una nueva cara

La presidenta de Brasil Dilma Rousseff. Foto: AFP
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Alberto Armendariz
La Nación, GDA

Cambia, todo cambia... La campaña para las elecciones del 5 de octubre en Brasil comenzará una vez que termine el Mundial de fútbol, pero con su popularidad debilitada y una economía que no cobra impulso, la presidenta Dilma Rousseff ya comenzó a probarse la nueva camiseta con la que saldrá a la cancha electoral, bastante distinta de las que usó en estos primeros años de mandato.

Cuando fue elegida a fines de 2010, Rousseff venía de ser la jefa de gabinete del Luiz Inacio Lula da Silva, pero era apenas conocida por el gran electorado brasileño. Tenía fama de burócrata y buena gerenta, cargaba con una imagen de mujer dura, con poco carisma. Pero a su lado siempre estaba Lula, en la cresta de la ola de su popularidad, asegurando que su ahijada política -su marioneta para algunos- cumplía con el perfil perfecto para convertirse en la primera presidenta de Brasil, un país en ascenso, en pleno proceso de inclusión social y modernización, potencia económica cuyo PBI cerró aquel año con un crecimiento récord de 7,5%.

Apenas asumió el poder en 2011, llegaron los primeros cambios. Frente a las denuncias de desvíos de fondos e irregularidades que afectaron a siete de sus ministros, la mayoría ex colaboradores de Lula, no dudó en pedirles la renuncia y en declarar una postura de tolerancia cero frente a la corrupción. Se ganó el mote de faxineira ("limpiadora") y comenzó a adquirir peso propio, lo que alimentó los rumores de distanciamiento de Lula, del oficialista Partido de los Trabajadores (PT) y de las otras fuerzas de su base aliada, que se quejaron de que no eran atendidos.

Mientras tanto, para horror del PT, se acercó al ex presidente Fernando Henrique Cardoso, reconoció que la estabilidad económica y el combate a la inflación habían sido logros de la administración del opositor Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y buscó reaproximarse a Estados Unidos después de varios años de una política exterior que había privilegiado los lazos con América latina y las relaciones con algunos países notoriamente antiamericanos, como Irán y Cuba.

"Sectores que nunca antes habían apoyado a Lula, de la clase media alta, más conservadora, le dieron su respaldo a Dilma y entró en una suerte de luna de miel con la mayor parte de la sociedad. Eso hasta que empezaron los problemas económicos y el optimismo del país se modificó con sus fallas en la conducción de la economía", dijo a LA NACION Paulo Kramer, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Brasilia.

Afectada por la situación mundial, la economía brasileña creció un decepcionante 1% en 2012, año en que Rousseff se enfrentó al empresariado por sus esfuerzos por controlar las tarifas en las concesiones de infraestructura. Nuevas y necesarias licitaciones, sobre todo aeropuertos y rutas, fueron demoradas y al final se realizaron bajo un modelo que mantenía un fuerte intervencionismo estatal, en tanto que se procuraba empujar la economía incentivando el consumo con subsidios y créditos.

Llegó 2013 y, cuando menos se esperaba, justo antes de la Copa de Confederaciones, estallaron masivas protestas en todo el país en rechazo al despilfarro de dinero en estadios para los Juegos Olímpicos y el Mundial de este año, y en demanda de mejores servicios públicos. La tormenta social afectó directamente a Rousseff, que desde entonces no recuperó nunca más la popularidad que tenía en sus primeros tiempos al frente del Palacio del Planalto.

Ahora, debilitada en las encuestas y con la economía aún sin dar signos de esperanza pese a las grandes inversiones para el Mundial, la mandataria está dando señales de una nueva metamorfosis para garantizarse su reelección en octubre.

Lula reapareció como protagonista político absoluto, tal como quedó en evidencia el fin de semana pasado, durante la convención del PT. Calmó a aquellos sectores oficialistas que pedían su regreso como candidato, pero dejó muy en claro su rol.

"Vamos a probar que es posible terminar el mandato sin que haya fricciones entre nosotros", afirmó sobre el escenario, mientras entre bambalinas convocó a reuniones con empresarios, a quienes explicó que no se puede hacer magia frente a las dificultades económicas mundiales.

Antes reacia a aparecer en eventos públicos en contacto con la gente, Rousseff parece seguir las directrices de Lula y casi todas las semanas se la ve en algún acto abrazando y besando a chicos y ancianos. También invita a la prensa y a numerosos empresarios a su residencia en el Palacio da Alvorada para cenas informales en las que trata de transmitir su mensaje de "cambios con continuidad". Y si bien antes se resistía a utilizar la cadena nacional como plataforma, ahora no duda en usarla más seguido, incluso con referencias indirectas a sus principales adversarios electorales, el senador Aécio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), y el ex gobernador de Pernambuco Eduardo Campos, del Partido Socialista Brasileño (PSB).

El propio Campos, presidente del PSB, fue uno de los primeros en abandonar la base gobernante el año pasado, disgustado por la falta de atención que recibía su partido. Pero la sangría continuó este año, con el Partido Laborista Brasileño (PTB, por sus siglas en portugués) y sectores regionales del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) -principal aliado del PT-, que se han inclinado por respaldar a Neves. Temerosa de que otros partidos también se vayan a la oposición, Rousseff encaró negociaciones políticas que antes le hubieran resultado intolerables: a cambio de lealtad, la semana pasada ofreció al Partido Republicano (PR) el Ministerio de Transportes, la misma cartera de la que había salido su presidente en 2011 acusado de corrupción.

Por otro lado, si bien en sus primeros años de mandato la presidenta evitó siempre referirse a las torturas que sufrió cuando fue detenida y presa durante la dictadura militar, cuando era miembro de la guerrilla, tras los insultos que recibió del público el día de la inauguración del Mundial en el Arena Corinthians de San Pablo, no dudó en apelar a sus penas del pasado.

"Quiero recordarles que en mi vida enfrenté situaciones de mayor grado de dificultad. Situaciones que llegaron al límite físico. Lo que soporté no fueron sólo agresiones verbales, sino agresiones físicas también. Agresiones físicas casi insoportables. Y nada me sacó de mi rumbo. Nada me sacó de mis compromisos ni del camino que me tracé", advirtió.

Y en la convención del PT, el fin de semana último, llamó a la militancia oficialista a vencer "a la mentira y la desinformación" de quienes quieren "retomar el pasado", en alusión a los años de gobierno del PSDB.

"Lo que estamos viendo es un discurso típico de un candidato que se siente en peligro, que intenta toda clase de cambios cosméticos para agradar al electorado, que está desesperado porque sabe que hay una fuerte posibilidad de que pierda el poder", indicó el historiador Marco Antonio Villa, de la Universidad Federal de San Carlos y autor del libro Década perdida: 10 años del PT en el poder.

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