4 de April de 2010 00:00

De tango, milongas, mujeres y aprendices

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Santiago Estrella garcés. Corresponsal en Buenos Aires

Facundo siente que llegó al tango de un modo equivocado: de la mano de una noruega que lo vino a visitar, y que además quería ir a las milongas para bailar. Él conocía solo algunas canciones de tango y había ido una vez a una milonga, más por un deber cultural que por convicción.

No le gustaban los milongueros. Decía que son “intolerantes con otro tipo de música”. Pero más pudo el amor por la noruega y aunque nunca bailaron juntos (ella decía que es insoportable bailar con alguien que no sabe), desde entonces va a las milongas por lo menos una vez a la semana.

Fue un juramento de amor: prometió a la noruega que cuando se volvieran a ver bailarían juntos todas las noches, toda la noche.

Pero cuando recibió sus primeras clases descubrió que había llegado al tango de una manera equivocada. El hombre domina en el tango, es quien marca el paso y la mujer se deja llevar totalmente entregada al hombre.

“Yo me dejé llevar por ella. No tengo esa actitud de cancherito que se lleva todo por delante. Creo que por eso es que me cuesta tanto bailar”, ironiza Facundo, quien ya lleva un año bailando tango y ni por casualidad la noruega ha vuelto por Buenos Aires.

“Es algo normal –sostiene Gabriela, una mujer que baila tango hace más de seis años-. Muchos hombres llegan a las milongas enamorados de una mujer y no se van nunca más y se terminan enganchando con otras minas. Siempre hay más mujeres que hombres en las milongas”.

Es el caso de Emiliano. Llegó a la milonga de la calle Cochabamba, en San Telmo, enamorado de una italiana. Ahora coincide con ella en alguna de las milongas que abundan en Buenos Aires, pero ya su pareja de baile y de vida es una colombiana. Tanto a Facundo como a Emiliano les cuesta bailar.

“El problema –cuenta Emiliano- es que las mujeres solo quieren bailar con los que bailan bien. Y si me entiendo con la colombiana es porque ella también está aprendiendo”.

Así son los milongueros. Manejan códigos estrictos, casi inviolables. Los que llegan por primera vez a una milonga tendrán que pasar por un período de adaptación, de reconocimiento. Y más todavía si son principiantes. Las mujeres prefieren bailar con alguien de igual nivel o superior.

Ellas observan los pasos y las figuras, que tienen sus nombres propios, como el ocho, pivote, giro, ganchos, sacadas, voleo, soltada, volcada, fuera de eje, etc. “Si bailas mal, algunas chicas no saldrán contigo”, dice Mónica.

Hombres y mujeres miran de mesa a mesa. Si el hombre percibe el contacto, la invitará con un cabeceo. Ella aceptará con el mismo movimiento. Y los dos saldrán al encuentro en la pista.

“Aunque ahora ya hacen cualquier cosa –se queja un viejo tanguero-. Los pibes se acercan y le estiran la mano para bailar”.

Al dar el primer paso, “comienza una historia en la que el hombre y la mujer se hacen uno mismo, como si nada más en el mundo existiera”, dice Horacio.

Por lo general, la mujer cierra los ojos, mientras él los mantiene abiertos. Ella deberá sentirse confiada en que él sabrá guiarla, siempre en sentido contrario al reloj, sin mirar el piso y sin chocarse con las demás parejas.

El principiante, sobre todo el hombre, debe aclarar que lo es. Lo más seguro es que un principiante nunca baile más de una pieza con la misma mujer. Ellas inmediatamente dicen “gracias” y el hombre las acompaña hasta su asiento, como parte del estricto código milonguero.

Cerca de una de las esquinas más conspicuas de Buenos Aires, Callao y Corrientes, queda El Beso, una de las milongas más estricta con las tradiciones. Allá llegó Facundo para encontrarse con una italiana que vino a Buenos Aires por 15 días con un solo objetivo: bailar tango.

Cuando entró, vio que el futuro era poco promisorio. Él calzaba zapatos deportivos, vestía ‘jean’ y camiseta, mientras todos vestían como sostiene la tradición: las mujeres con sus tacones altos y sus faldas; los hombres con sus zapatos, pantalón de casimir (todo menos ‘jean’) y camisa.

Le sorprendió ver también que hombres y mujeres estaban separados. Sacó a bailar a una mujer. Bailó con dos o tres. Hasta que se le acercó un hombre de traje.

-Pibe, ¿sos de acá? -le preguntó.

-Claro -respondió.

-Mirá, pibe, vos no sabés bailar. Por qué no te quedás sentado mirando, porque estás interrumpiendo a las otras parejas.

“En algunas milongas echan a los que son principiantes”, cuenta Miriam. A Facundo eso no lo sorprende: “Mirá, he escuchado a dos mujeres discutiendo. La una le decía a la otra que no le daría bola a un tipo porque baila mal. ¿Entendés por qué los milongueros me caen mal?”, dice.

De cualquier modo, Facundo insiste. Va a clases todos los jueves, y aunque haya más mujeres que hombres, él hizo una promesa de amor y aún espera a la noruega.

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