18 de April de 2010 00:00

Sueños efímeros en limusina y en Nueva York

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Olga Imbaquingo, Corresponsal en Nueva York

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Una cena en un restaurante elegante, vale. Un paseo nocturno por Times Square, también vale. Subir al Empire State para ver desde allí toda Nueva York es buenísima idea. Pero hay algo más “in” y glamoroso: un paseo en limusina por el puente de Brooklyn, con Manhattan y sus rascacielos casi en la palma de la mano. ¡Y eso sí que es Nueva York!

Ese fue el regalo que Liza Gallego le hizo a su amigo José Francisco Castillo, un barranquillero, quien vino acompañado de su novia, su hijo y la enamorada de éste.

Suaves y largos asientos, una botella de vino con copas incluidas, música y luces de discoteca es lo que este auto kilométrico tiene adentro.

El complemento son las miradas curiosas de los transeúntes que quién sabe a qué estrella de Hollywood tienen en mente cuando ven pasar una limusina y sin empacho apuntan las cámaras de sus teléfonos celulares.

Hubo tiempos en los cuales presumir de pasear en limusina era un sueño. Eran autos hechos para sacar el brillo al ego de las estrellas de cine y para presumir que se era millonario y extravagante.

“Ya lo verás, me dijiste, algún día volveré al pueblo en un auto lujosísimo. Bien ya hiciste realidad tu fantasía”, canta descorazonado Elvis Presley: “Vas rodando en una larga y negra limusina”.

No más lujo solo de ricos y famosos. Hoy, una noche cualquiera en Manhattan y con un par de amigos más y unos USD 250 en el bolsillo de cada uno se puede pasear en limusina, tomar una soda o un vino y música a la carta. Si la jorga es más grande la paga por cliente es menos' Y a rodar el sueño de sentirse importante.

Este es un negocio que todavía quiere mantener su distinción, por lo tanto, para asegurar el paseo es mejor llamar con varias semanas de anticipación, dice el ecuatoriano Freddy Tapia, quien es el dueño de una de las flotillas de las limusinas más modernas de la ciudad. Incluye una ‘limo’ con sistema computarizado de luces, puertas de avión y 4 964 canciones.

Los turistas españoles son de los mejores clientes. Para ellos es indispensable incluir un paseo en limusina en Nueva York; mejor si es una Hummer. “Es que allá estos autos solo se ven en las películas, esto es muy neoyorquino”, dice Joaquín. Él es de los que no vivirá esa experiencia por eso pide permiso para tomarse una foto junto a ella. Se va contento pues ya tiene “la prueba” para presumir.

Luis Eduardo Castillo quiere un favor más grande: que le dejen pretender manejar la limusina, porque de estas no hay en Barranquilla. “Solo para la foto, por favor”.

Los latinos son grandes clientes de limusinas. Para ellos tirar la casa por la ventana en un matrimonio o en una fiesta de quinceañera incluye un paseo en ‘limo’, mejor si es rosada como la de Felipe Collahuazo, con chofer de terno y corbata, eso sí, ni alto ni moreno, al estilo Morgan Freeman en “Paseando a Miss Daisy”; ni con pinta de gángster como los que iban al volante de los Cadillac de Vito Corleone, en “El Padrino”.

Los choferes de ahora son ecuatorianos como Carlos León, albaneses como George Vocy y mujeres como Olga Cruz, quienes también van llevando sobre ruedas la fiesta.

“Una limusina es para mostrar en Manhattan que puedes pagar para que un chofer te abra la puerta y sentirte importante. Y como esto no es para contar tristezas, hago lo que puedo para que disfruten su ilusión”, dice Vocy.

Un vistazo por la ventana muestra que la magia está más entre los peatones que con expresión de incredulidad las ven rodar por las calles de su barrio en Queens. Adentro Pablo Noboa y el resto de cantantes del grupo La Pandilla (muy popular en Ecuador en los ochenta) no parecen sentirse estrellas. Ellos van riendo y cantando “maldición estoy llorando...”, uno de sus temas más famosos.

Joel Farfán les ha organizado un paseo en limusina, que incluye pasar por Times Square, donde siempre hay ‘limos’ ofreciendo sueños temporales.

La tradición “a la americana” manda que en junio y mayo se vean rodar más limusinas desde Seattle, hasta Boston y Nueva York llenas de jóvenes que acaban de graduarse del colegio. Cuando sean profesionales ya se pagarán la fiesta en el bus discoteca, otro paseo de moda muy neoyorquino.

 

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