4 de April de 2010 00:00

Un show de puños, patadas, baile y tensión dentro de una jaula

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Mariela Rosero Ch.

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Como perros encadenados y enloquecidos por atrapar a su presa. “Huhuhu, gur, gur, gur”, rugen Xavier ‘La Oveja’ Córdova y su ñaño Lenin. Es algo similar a un ladrido que frente a la jaula, de seis por seis metros, emiten los espectadores, a manera de juego.

Han esperado sentados en un graderío, que a las 15:00 del sábado alcanza para acoger a unas 100 personas, de 16 a 35 años.

Cuarenta minutos después, los cuerpos de quienes estaban cómodos en las gradas se asemejan a un acordeón que se estira, pero que debe comprimirse, encogerse de pronto. Así, por lo menos 100 jóvenes más se integran. Hay más de 200 personas.

Han pagado USD 5, en la preventa, y 7, si compraron el boleto el día de la presentación. Verán una función de Quito Fight Club o el club de la pelea a lo quiteño. No tiene relación con la película protagonizada por Brad Pitt; en estas luchas hay reglas.

No son puñetazos, es una ejecución de artes marciales mixtas. No se permiten golpes bajos ni morder, escupir o aruñar.

En una habitación, en la parte trasera del local, donde se arreglan motos, apenas se escucha el hip hop, que pone el DJ Zyborg en el patio. Con la música también calma a la gente, que aún brama porque empiece el espectáculo.

Esto ocurre en las calles Luis Cordero y Amazonas, a un metro de la Comandancia de Policía. Tres policías vigilan el ‘show’.

“La pelea no se detiene por narices sangrantes”, apunta Daniel Márquez, el juez, como si hablara de algo que es parte del menú.

Ni su anuncio ni su 1,93m de estatura amedrentan a los peleadores, que participarán de las cuatro luchas de la tarde y noche.

Son hombres que combaten arriba (de pie) y abajo (sobre el tatami o tapete que cubre el suelo).

De la reunión, previa a la pelea, participan ‘los esquinas’. Ellos, ubicados en uno de los costados miran los flancos débiles de los luchadores e indican cómo castigar al rival. Márquez habla de las reglas. Si ve que uno de los dos no está defendiéndose parará la pelea.

Mientras eso ocurre ahí, afuera la gente aún espera impaciente. En el patio hay parrillas. El lugar huele a choripanes, hotdogs y a cerveza. Esos sabores, además, han calmado la ansiedad de quienes quieren que ya empiece.

“Sabemos que les gustan las peleas, por eso les hemos traído, la QFC (Quito Fight Club)”. Jean Paul Gortaire anuncia el combate. Toma el micrófono y el mundo se detiene. Este tipo de luchas, que en Brasil se denominan ‘Vale Tudo’, se exhiben en Guayaquil desde hace cuatro años.

La música no suena más y las miradas del público, hermanado por tatuajes, apuntan a la jaula. “¡No es violencia, es QFC, QFC!”.

Diego ‘El Oso’ Salazar y Sergio ‘La Pesadilla’ Sevilla ingresan a la celda. “Listo. Luchen”, dice el referí. La Oveja, espectador de la última grada es un tatuador que en su tiempo libre practica artes marciales mixtas. Pronostica: “El Oso va a ganar por peso”.

El Oso está sentado en el pecho de La Pesadilla, que aguanta. Ya no es posible leer el “sangre por sangre”, escrito en la parte superior de su pecho. Su rostro enrojece. En menos de un minuto, el juez para la pelea. El Oso domina y gana por KO técnico.

“Aquí van a salir chispas”, asegura un seguidor de Mauricio Sánchez, quien enfrenta a José Donoso, en la segunda pelea. Los anuncian con hard core de fondo.

Batallan de pie, en un baile de kick boxing. La lucha termina en dos minutos. Puede durar hasta tres rounds, de cinco minutos.

Entre pelea y pelea hay música. Suena más hip hop a cargo de Marmota. Luego ponen punk y salsa. Y antes de que William ‘El Demoledor’ Simbaña y Jean Benhur Martínez disparen las apuestas, de más de USD 5, suena el tema rapero Ganster Paradise.

Los espectadores se enganchan. Miran fijamente hacia el interior de la jaula. “Esos manes son ‘skin heads’, murmura una roquera, vestida de negro, con mini y medias nylon rotas. Señala a un grupo de cabezas rapadas -solo por describir su ‘look’ capilar’-.

El lugar parece una fiesta de tatuajes. ¿Todos debían traer uno para ingresar? No todos. Varios, la minoría no los lleva. Chicos con gafas muestran barbas y bigotes delineados con navaja. Los ángulos del corte son perfectos.

Uno sobresale, lleva una gorra deportiva cuya visera apunta al lado derecho y pantalones chorreados. También hay chicas con jeans tubos y tacones y como recién salidas de la peluquería.

Mauricio Naranjo, ‘el esquina’ de Benhur, uno de los luchadores de la jaula, grita: “Levanta los brazos, ganaste”. Y todo concluye. El hip hop vuelve a sonar. Dany 83, un luchador que esta vez solo mira, esperaba una pelea más ruda.

“Si ponen una jaula creo que pelearán hasta las últimas consecuencias. Y a la primera pelea, la pararon a los tres puñetes. No vale todo, no arrancaron cabellos, sacaron dientes ni mordieron orejas”. Se queda insatisfecho.

Entonces no hay un club de la pelea en Quito, del tipo de la película. Maurilio se desfoga con los golpes, “pero esto va más allá de eso. Es un deporte con puro contacto físico”, aclara. Van a ganar o a perder, a dar y a recibir.

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