3 de January de 2014 16:10

Nacer en el exilio

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Zein al Sham nació el 25 de junio de 2013 en Estambul. Sus padres son refugiados sirios. “Cuando nació, nos dijeron que teníamos que ir al consulado sirio para que le expidieran un pasaporte. El consulado nos informó de que teníamos que esperar seis meses y pagar 300 euros para obtenerlo. No tenemos ese dinero”, lamenta Hassan Nasser, el padre de la criatura. El pasaporte sirio es un requisito indispensable para que le concedan el permiso turco de residencia a la pequeña. De momento, no tiene ninguno de los dos documentos.

Ya conocíamos a Hassan. Visitamos su sótano de Estambul en mayo para entrevistarlo junto a su mujer y a sus tres hijos. Casi medio año después, el lugar parece más pequeño y lúgubre, porque viven trece personas: en verano, su primo se mudó al sótano junto a su familia después de huir de Egipto, donde las fuerzas de seguridad allanaron su casa. “No tenemos recursos económicos. Ayer tuve que pedirle dinero a un sirio que vive en el barrio. Es un préstamo: se lo tendré que devolver”, suspira.

Su situación económica es asfixiante: no pueden seguir pagando el alquiler. El casero les ha pedido que abandonen el inmueble en diciembre. Hassan no puede trabajar, entre otros motivos porque se dañó la espalda cuando, huyendo de las fuerzas de seguridad, saltó desde la tercera planta de su domicilio en el sur de Siria. Se refugió en Turquía, donde durante meses fue atendido psicológicamente en un proyecto apoyado por Médicos Sin Fronteras (MSF) en colaboración con la ONG turca Asamblea de Ciudadanos de Helsinki (HCA). Ahora acude a un hospital cercano a su casa, donde le siguen haciendo pruebas para saber si debe ser operado de la espalda. La espera se perpetúa y él sigue teniendo dificultades para caminar.

Apesadumbrado, Hassan dice no tener planes de futuro. Los problemas se acumulan en casa y su particular calvario físico continúa. La única vía de escape que le queda es la nostalgia. “Cada día estoy pegado a la televisión para ver qué pasa en Siria”, confiesa. A menudo, se comunica por Skype con su madre, que sigue en Siria. Ella solo ha podido conocer a través de la pantalla del ordenador a su nueva nieta, Zein al Sham, nacida en un exilio, el sirio, que parece predestinado a dividir más familias y someterlas a duras decisiones vitales.

“Estoy triste porque mis hermanos y mi madre preguntan por la niña y aún no la han podido ver en persona”, lamenta Hassan. Las bombas siguen enterrando las esperanzas de la familia de volver a casa. Cambiar de país tampoco parece una opción viable a corto plazo. Por el momento, les espera una incómoda existencia en Estambul. “Me siento mal –dice Hassan mientras mira a su hija recién nacida–. Pero aunque pudiéramos adquirir la nacionalidad turca, nunca renunciaríamos a la siria, porque es nuestro origen”.

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