11 de July de 2010 00:00

Los murciélagos, la luz del fútbol argentino

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Corresponsal en Buenos Aires

Mientras subsiste la tristeza por la eliminación en Sudáfrica, el fútbol argentino mira de cara a otro Mundial. El próximo agosto, la inglesa ciudad de Hereford será la sede del V Mundial de fútbol para ciegos.

Será la primera vez que se juegue en Europa, pero los argentinos y los brasileños son los que dominan en los mundiales, con dos títulos cada uno, siempre de locales. Son clásicos de siempre y aunque no se vean las camisetas, saben que al frente está el rival.

Al equipo argentino se lo conoce como Los Murciélagos. El nombre se le ocurrió a su mejor jugador, reconocido por el IBSA (Federación Internacional de Deportes para Ciegos, por sus siglas en inglés) como el mejor de los dos últimos mundiales: Silvio Velo. “En Brasil estábamos viendo qué nombre ponernos porque el deporte argentino es un zoológico: las leonas (hockey) o los pumas (rugby). Pensamos en topos y en otros nombres, pero quedó Los Murciélagos”, cuenta Silvio.

Con 39 años, en 1991 comenzó este proyecto, Silvio, ciego de nacimiento, realiza un viaje diario de más de 160 kilómetros desde su ciudad, San Pedro, hasta Buenos Aires para entrenarse. Se despierta a las 05:00 y regresa a las 22:00 a compartir el resto de su día con su esposa y sus 5 hijos.

“Es lo que hay que hacer cuando tienes un objetivo por cumplir”, explica Silvio, quien siente una pasión muy fuerte por el fútbol.

Hay obvias diferencias con el que practican el resto de personas; en este el oído se define como uno de los sentidos más importantes. La pelota tiene cascabeles que señalan por dónde va. El defensa tira todo el cuerpo para detenerla cuando no hay rivales cerca, que deberán gritar ‘voy’ para dar un marco de referencia. El oído se afina para distinguir las indicaciones del arquero, único vidente en un equipo de cinco, del técnico o de quien está detrás del arco rival, al que nombran ‘llamador’.

“Yo jugaba de número 5 en el equipo Villa Dálmine, pero una lesión me cortó la carrera. Un día me llamaron para tapar en un equipo de ciegos y dije que sí. Al año siguiente fui llamado a la Selección, quizá porque en la posición que jugaba también se habla mucho”, dice Darío Lencina, el arquero de Los Murciélagos.

Aunque ahora Lencina es el orgullo de sus amigos y de su familia, cuenta que al principio le hacían bromas: “Me decían ‘ven a atajar pero mira que nosotros sí vemos. ¿No te da verguenza, cara dura? Están muy orgullosos”.

Tanto es el orgullo que sienten los argentinos por Los Murciélagos que en los trenes y en los buses les saludan desde la calle. En el pueblo General Las Heras, una plaza lleva el nombre de Diego Cerega, uno de los referentes del equipo. Pero él lo toma con humor: “Estamos tan cortos de próceres de mi pueblo que yo soy su prócer. En todos los pueblos las plazas tienen nombres de militares y de curas, pero en el mío hay de un deportista. ¿Está bueno, no?”.

Cerega quedó ciego a los 17 años por un glaucoma congénito. Trabajaba de iluminador (se ríe él mismo al contar la historia y dice que debería ser también comediante). “Sabía qué luz poner, qué apagar, en qué momento apagar, cuándo entra por izquierda' entonces vieron capacidades distinta a las de cualquier ciego y me recomendaron hacer una rehabilitación y así vine a Buenos Aires”.

Tanto para él como para Velo fue un juego, al principio recreativo, y luego se convirtió en su forma de vida, y pagados por becas tanto de parte del Estado como del club para el que juegan en la liga nacional: River Plate.

“Todos venimos de condiciones sociales humildes. Uno cree que tiene la vida comprada y entera, con vista, piernas o brazos. Pero lo importante es estar vivo”, reflexiona Cerega.

“Son chicos que tuvieron un momento límite, muy malo, en el cual tuvieron que enfrentarse a su condición, entender la vida. Tuvieron la capacidad y la fuerza para sobreponerse. Esa fuerza queda y la memoria les dice que si pudieron superar eso, pueden con cualquier cosa y eso les hace lo que son: unos guerreros imbatibles”, dice su técnico Martín Delmonte.

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