13 de June de 2010 00:00

Cuando el mundial termine la fiesta también terminará para ellos...

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El Nacional,

Venezuela, GDA

Estadios portentosos, carreteras recién asfaltadas, policías reforzadas, comercios efervescentes y personas de todos los colores, vestidas y alborotadas para la fiesta. Sudáfrica está habituada a reencarnaciones épicas. En 1994 fue de tipo racial, en el 2010 es deportiva.

La elección de Nelson Mandela inició una transición modelo hacia una democracia con igualdad de derechos para blancos, negros, indios y mestizos, después de haber sido segregados en playas, escuelas y empleos por su color de piel o la dificultad para atravesarles la cabellera con un lápiz.

La reconciliación entre víctimas y agresores sin pasar por las armas fue la clave para garantizar la convivencia en “la nación arco iris”, como bautizó el arzobispo Desmond Tutu, premio Nobel de la Paz de 1984, a esa Sudáfrica que se sobrepuso a sus diferencias y respaldó un gobierno de coalición, aprobó una nueva Constitución en 1996 y desmontó el régimen de la ‘separación’, significado de ‘apartheid’ en afrikáner, la lengua de los blancos del país.

Pero todavía hay una gran deuda con la sociedad: la educación. Graeme Bloch, experto en los sistemas educativos del sur de África por el Banco Mundial, opina que las deficiencias en educación y empleo que padece Sudáfrica son producto de “una mezcla entre un pasado lleno de divisiones e infraestructuras débiles, junto con errores cometidos por líderes del presente”. Aunque los cuatro presidentes negros que ha tenido la democracia sudafricana han destinado el mayor porcentaje del PIB a la educación (en el caso del actual gobierno de Jacob Zuma se trata de más de 5%, la mayor inversión en educación del continente), la calidad de la enseñanza que reciben los alumnos negros sigue siendo inferior a la de los blancos. Durante el apartheid, el Gobierno invertía 16 veces más recursos en la formación de un niño o joven afrikáner que en la de un alumno de color.

La mitad de los estudiantes negros suele abandonar la escuela antes de acabar el bachillerato; y de los que se gradúan, a duras penas 15% tiene calificaciones suficientemente altas para entrar en la universidad. Uno de cada diez alumnos negros ingresa en el sistema de educación superior.

Cuando los jóvenes negros salen a la calle a buscar empleo, no solo chocan contra sus propias deficiencias técnicas y profesionales, además compiten con uno de cada tres habitantes que no tienen trabajo y con los inmigrantes provenientes de Zimbabue, la República Democrática del Congo o el Cuerno de África.

La decisión de delegar por primera vez a un país africano la organización del Mundial de Fútbol ha desatado vértigo y orgullo por igual. Un sueño, que seguro quisieran que no acabe nunca.

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