4 de April de 2010 00:00

Muller retrata el vacío del exilio

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Byron Rodríguez V.

En algún rincón de la Rumanía del dictador comunista Nicolae Ceausescu existe un pueblo desolado. Ni siquiera tiene nombre. Sus calles son de piedra, una iglesia domina el centro de la aldea, hay un molino y unas casas de tejas rojizas.

En aquel escenario solitario sobreviven personajes abúlicos, tristes y silenciosos, concebidos por la pluma de Herta Muller, Premio Nobel de Literatura 2009. En ‘El hombre es un gran faisán en el mundo’, editada por Alfaguara en Punto de lectura, el lector se sumerge en un sueño fantasmal. Difícil de salir.

Esta breve novela (140 páginas) tiene el aire de ‘La Comala’ de Juan Rulfo, porque está hecha de silencios, los personajes apenas hablan, murmullan, y la atmósfera de desamparo y opresión les asfixia.

La ficción de Muller es una metáfora lacónica y poética del reino del dictador rumano. Él, durante más de veinte años, gobernó su país con mano implacable. Mantuvo un Estado policial de corte estalinista (basado en una eficaz policía política, la Securitate), al que añadió un toque de corrupción y nepotismo.

El clan de los Ceausescu monopolizó los más importantes cargos del país y acumuló una enorme fortuna. Él gobernó desde 1965 y fue fusilado en 1989.

Aquel aire de resignación y desesperanza ha sido recreado con eficacia por Herta Muller (Nitzkydorf, 1953). Su lenguaje es pulcro, conciso y construido con bellas imágenes para describir “el paisaje de los desposeídos” -frase que resume su excelsa obra-.

Herta economiza tanto las palabras, que su escritura tiene un sentido minimalista. Si en ‘La Comala’ de Rulfo -el pueblo de los muertos- hasta el narrador es un difunto, en la obra de Muller el narrador está vivo porque tiene un resquicio de esperanza: el exilio del país carcelero.

En rumano existe una frase popular: he vuelto a ser un faisán. Significa: he vuelto a fracasar. No lo he logrado. Es decir, el faisán es un perdedor, pues es un ave que no vuela, vive en el suelo, es una presa fácil que no puede escapar.

En la novela Windisch el molinero es el faisán que trata de salir al exilio con su esposa y su hija Amalie, joven, lozana, víctima de los dos poderes del pueblo: un cura y un policía, lascivos y cínicos.

En este pasaje se resume el sentido del libro y se aprecia la escritura sobria de Muller: “Windisch empuja su bicicleta unos pasos. Mira la luna. El guardián nocturno dice en voz baja y mascando: El hombre es un gran faisán en el mundo”. Windisch levanta el saco y lo acomoda en la bicicleta. “El hombre es fuerte”, dice, “más fuerte que las bestias”.

¿Paisajes oníricos en medio de la nada? Abundan: “Había algo de la dalia en sus ojos. El blanco de los ojos se le había secado”. “Aquella noche durmió tan lejos que ningún sueño pudo encontrarla”.

“Los jardines murmuran. Los árboles gotean”. “El agua reza en la calle (...). Los difuntos dicen que si llueve sobre el ataúd, el difunto era una buena persona”.

La estructura es ágil, los capítulos tradicionales parecen breves cuentos: La lágrima. El manzano. La caja. El cacique Pedro Páramo se derrumbó. Ceausescu fue un mal sueño, un fantasma cruel.

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