21 de March de 2010 00:00

Los martes a las ocho, alguien improvisa en la González Suárez

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Ivonne Guzmán.

La tentación de sentirse un poco ‘niuyorquino’ es inevitable. La música, la luz, la decoración, la comida, la gente... envían señales confusas. Pero ni somos ‘niuyorquinos’ ni estamos en Manhattan; somos quiteños y estamos en la González Suárez.

Pasa todos los martes, desde octubre del año pasado. El jazz se prende en La Liebre y los músicos jóvenes (algunos jovencísimos) se pegan al lugar, como las moscas a un foco -para salir del clisé-, con el único objetivo de ‘jammear’.

La González, a la altura del número N31-60, indudablemente ya no goza de su penumbra silenciosa e inmutable; cambió, para bien, quién sabe si para siempre.

Pueden bajar de un séptimo piso, o de un tercero o de un décimo. El caso es que son habitantes de los altos edificios que caracterizan al sector de la González Suárez. Vecinos, que muchas veces se conocen entre sí y que han hecho del café-bar La Liebre el punto de encuentro del barrio.

Llegan al local, que por años fue un conocido videoclub, con ganas de una cerveza, de una ensalada fatoush, de un bagel de albahaca y balsámico, de un chai latte o simplemente de conversación.

Pero si es martes saben que además encontrarán jazz, si están dispuestos a pagar los USD 2 por persona que cuesta el espectáculo (“la plata es para los músicos”, cuenta -ajetreado detrás de la barra- Santiago Kohn, uno de los socios del café).

Fijándose un poco en las mesas se puede hacer un ejercicio de antropología ‘light’: los solitarios -con su vino- mirando atentamente a los músicos; las parejas maduras que todavía se hablan y, al parecer, disfrutan de su compañía; el papá que lleva a su hijo adolescente a probar algo distinto al PlayStation; los noveles músicos que esperan su turno, de pie, muy cerca de la puerta.

“¿Qué me vas a dar de comer?”, es la pregunta con la cual Juan José -el hijo músico de Carlos Vera, que hasta le abrió un concierto a Joaquín Sabina-, se acerca a la barra. Santiago le propone: “Qué tal un sánduche de pollo picante”. Y Juan José acepta.

Muy cerca a la barra, Isabel Dávalos, la otra dueña de La Liebre, (quien además es documentalista y estuvo casada con el reconocido cineasta ecuatoriano Sebastián Cordero) conversa con el cineasta Mateo Herrera. Más allá está Andy Sebastiá, uno de los precursores de la onda jazzera en Quito, quien además tiene un programa de jazz en radio Platinum, al mediodía, de lunes a viernes, y cuyo sombrero coronado con una pluma roja hipnotiza.

Isabel circula todo el tiempo entre las mesas, cumpliendo una de sus actividades principales: saludar. En La Liebre es fácil encontrarse con el artista gráfico Juan Lorenzo Barragán, la galerista Ileana Viteri o algún miembro del ejército de ‘socialités’ quiteños. Es decir, con todos los casi famosos...

Dice que no sabe hacer otra cosa. El jazz es todo para Ramiro Olaciregui, un argentino, que junto con Cayo Iturralde y Carlos Albán, es responsable de las ‘jam sessions’ (improvisaciones) que se arman en este bar desde las 20:00 hasta las 23:00.

Al principio eran solo ellos. Luego empezaron a llegar los chicos a los que les dan clases, y ahora ‘cae’ todo el que se entera de que ahí se puede tocar jazz; que no hay distinción entre músicos y público. De los últimos es Julián Velasco, quien, con la energía de sus 18 años, no se pierde un martes. Otro es Martín Iturralde -hijo de Cayo- quien se hace cargo de la batería a sus escasos 13 años.

Y como ellos, el martes pasado hubo 12 chicos, a ratos ensayando en las mesas de afuera y por momentos apelotonados junto a la puerta, observando tocar a sus amigos, conversando bajito con sus novias. Hasta que pasa Andy Sebastiá y se despide: “¡Muy bien muchachos!, escuchen la radio”. Y el jazz y la noche no paran.

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