30 de May de 2010 00:00

En la madriguera tóxica se funden el ‘street art’ y la amistad

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Alegría Ortiz

Redacción Siete Días

No fue difícil ubicar La Madriguera Tóxica, uno de los tantos lugares, como paredes públicas o puentes de Quito, donde un grupo de jóvenes se juntan para pintar, grafitear, hacer ‘stencils’; en fin, para dejar fluir la cultura del ‘street art’.

Suerte, nombre artístico de una de los pintores, que ganó hace poco el premio Artaq de París, que consagra cada año a los artistas más representativos de la evolución de las artes urbanas, me dijo: “es una casa esquinera color chicle”. En efecto, la casa de tres pisos tenía el color del helado sabor ‘pitufo’ que comía de chica; un celeste empalagoso e inolvidable.

Al llegar llamé a Suerte, para que abriera la puerta. “Te tiro las llaves” me dijo; enseguida, apareció en el techo y con tino me las lanzó para que pudiera agarrarlas.

Con maña, abrí la cerradura de la puerta metálica y entré por un largo y oscuro callejón. Ahí me recibió Pin8, otro de los artistas.

Pasamos por un patio y fuimos por unas escaleras estrechas y viejas. Subimos un piso, subimos dos, hasta llegar al tercero. Una ventana sin vidrio y una puerta pequeña de madera fueron el preámbulo a un mundo lleno de colores, texturas, olores y gente amigable, divertida y sincera, que desde hace un año se junta a pintar.

Sonaba una canción de Emir Kusturika. “Hola, ¿cómo andan?”, dije. “¡Heeeey, qué buena onda que estés aquí!”, me contestaron. Después de esa cálida bienvenida cada uno regresó a lo suyo.

Empecé a dar vueltas por el lugar. Eran tres ambientes y una terraza. Había unos 15 chicos pintando, otros, sentados en un improvisado asiento de tablas de madera, esperaban su turno o simplemente estaban ahí para mirar y pasar un buen momento.

Incluso había un chico subido a una patineta, haciendo un par de trucos. Algunas veces la dejó caer y causó uno que otro sobresalto.

Las paredes del lugar estaban llenas de historia. Estas, como otras paredes de la ciudad, hacen de lienzos gigantes que son utilizados una y otra vez. Paredes llenas de colores, mensajes, percepciones, sensaciones, esfuerzo y dedicación. Obras para admirar y, por ahí, también para sentir un poco de envidia de su habilidad y dominio del dibujo.

La casa, con pisos de madera y techo de eternit, tenía regados por todo lado pinceles, latas de espray, brochas, tarros de pintura, botellas de plástico, tablas de madera y uno que otro mueble viejo.

Cerca de la terraza, Nart pintaba parado arriba de un viejo microondas. Cualquier objeto es útil para facilitar el trabajo. Las bases de las botellas servían como recipientes de pintura, los baldes -dados vuelta- como asientos. Hasta las tapas de los esprays servían como vasitos para tomar algo.

A medida que pasaban las horas, La Madriguera Tóxica empezó a llenarse de gente que llegaba para mirar el despliegue de colores y técnicas. Como a un museo. Si antes el ánimo era relajado y amigable, ahora con más gente, lo era mucho más. Me sentí en una reunión de amigos.

En la tarde, a esa hora en la que la luz natural no es suficiente y la luz artificial tampoco lo es, uno de los chicos armó guerra de pintura. Todos, a excepción mía (de casualidad estaba en la terraza), tenían pintura de pies a cabeza.

En el cese al fuego armaron una conexión eléctrica para poder seguir pintando. Terminaron las conexiones y decidí que era hora de irme. “¿A dónde vas? ¡Quédate, si esto recién empieza!”, me dijeron. Me despedí con la mano y salí.

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