14 de March de 2010 00:00

Sabemos que la luna no es de queso

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Lilia Merodio

Que hay agua en la Luna; al menos eso dicen los científicos a casi 40 años de que Neil Armstrong pisara el satélite terrestre. Con los astrónomos pasa lo que con los mecánicos y los informáticos, tenemos que creer lo que nos dicen, pues a veces no tenemos quién nos dé otra opinión.

Hablan con suficiencia de que en Mercurio, los cometas y hasta en las galaxias más lejanas hay hidrógeno, hielo o las partículas elementales que originaron la vida; total, quién puede contradecirlos. Ah, pero aquí en nuestro espacio próximo, donde nos orbita la blanca Luna, que no lo es, donde incluso muchos dudan que en verdad el hombre ha llegado, no están seguros de que exista agua en cualquiera de sus estados físicos.

Yo no soy escéptica pero sí veo que la burocracia de la NASA retrasa el desarrollo de la industria espacial. Sus aburridas transmisiones en nasa.gov nos permiten ver que los astronautas y el personal en Tierra se la pasan bromeando y perdiendo el tiempo tan costoso de mantenerlos en órbita.

Nos reímos de que en el Congreso mexicano haya iniciativas para crear nuestra propia agencia espacial impulsada por astronautas totonacas; pero es una risa de tontos, porque mientras no aprendamos qué hay bajo del cofre del auto; detrás del teclado de la computadora; o qué hay de verdad más allá de donde llega la NASA, seguiremos supeditados a comprar chatarra tecnológica.

Seguiremos rentando costosos e inseguros vuelos para colocar algún satélite de comunicaciones, que como lo construyó alguna potencia tecnológica, no sabemos si le incluyeron otra especificación secreta para servir a ellos con cargo a nuestros impuestos.

Ni siquiera Televisa pone interés en el asunto. El señor Slim prefiere comprar periódicos de papel con los ingresos de los altos y dudosos recibos telefónicos que nos cobra y reempacar medicinas genéricas para venderlas más caras, que en invertir en la generación de conocimiento de las telecomunicaciones, que explota audazmente.

De lo que sí seguiré escéptica es que las fallas en los autos japoneses sean casualidad. Me parece un artificio del mismo corte del que mis mayores me cuentan que hubo en los 70, cuando la Coca y la Pepsi peleaban el mercado mexicano en el escenario del mundial de fútbol.

Aparecían toda clase de objetos extraños en las botellas cerradas, desde insectos hasta residuos de comida o cabello.

También el desarrollo de tecnología propia tiene sus costos de esta naturaleza, ya lo vieron los asiáticos, pero mejor saber más y que no nos digan, que no nos cuenten, que la Luna es de queso.

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