18 de April de 2010 00:00

El juez Garzón no es profeta en su tierra

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Roxana Cazco

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Juez vanidoso, juez valiente. Dos adjetivos, no siempre irreconciliables, con los que se tiende a calificar al juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón (Torres, Jaén, 1955), uno de los jueces más valorados y polémicos del mundo, que se enfrenta a tres causas judiciales en su país.La primera acepción responde a sus detractores. Le ven demasiado afán de protagonismo y un espíritu en exceso mediático para el gusto de sus colegas conservadores. La segunda se la otorgan sus seguidores. Porque –dicen- ha sido el único juez capaz de enfrentarse a lo que otros cerraron los ojos o callaron: los crímenes y desapariciones durante la Guerra Civil y el Franquismo.

Es un secreto a voces la envidia que genera Baltasar Garzón en las instancias de los profesionales del derecho. En la propia Audiencia Nacional ha trascendido la incomodidad de ciertos jueces frente a las ‘formas’ con las que Garzón enfrenta los casos que llegan a su despacho.

Sus actuaciones judiciales han sido seguidas por los medios de comunicación como si de una estrella de cine se tratara.

Pero más allá de los métodos utilizados por el letrado, lo cierto es que se ha enfrentado de forma implacable tanto al terrorismo etarra y los crímenes del GAL (grupo parapolicial creado en época de Felipe González para combatir a ETA), como a las dictaduras chilena y argentina y a la corrupción política de su país.

Lo último en desvelar fue la vinculación de dirigentes del principal partido de oposición, el derechista Partido Popular, con la millonaria trama corrupta del caso Gurtel.

Y antes lo hizo con el Partido Socialista (PSOE), en el Gobierno, al enviar a prisión al alcalde de San Coloma de Gramenet, a través de la ‘Operación Preroria’.

Durante sus 22 años de servicio en la Audiencia Nacional, Garzón ha sido demandado medio centenar de ocasiones, pero ningún juez había admitido esas peticiones. Ahora, en menos de un año se ha dado trámite a tres.

Garzón está acusado de haber prevaricado en el 2008 al declararse competente para investigar los crímenes del franquismo.

La polémica se centra en que el juez Luciano Varela admite una demanda de la Falange Española, agrupación ultraderechista a la que se atribuye el 98% de los asesinatos y desapariciones cometidas durante la Guerra Civil Española (1936–1939) y la dictadura que gobernó España hasta 1977.

Los otros acusadores son el sindicato de extrema derecha Manos Limpias y la agrupación xenófoba Libertad e Identidad. Varela agrupó las tres querellas en una, según la cual Garzón ignoró la Ley de Amnistía de 1977.

Meses después el juez fue obligado a inhibirse del caso.

En una segunda causa se le atribuye prevaricación y cohecho por supuestamente haber recibido dinero del Banco Santander para la organización de unos cursos en la Universidad de Nueva York. La acusación cree que algo tuvo que ver el archivo, meses después, de una querella contra el presidente de esa entidad. Garzón niega tajantemente ambos extremos.

Finalmente, el juez andaluz tendrá que declarar por intervenir las conversaciones telefónicas de varios imputados en el caso Gurtel. La querella estima que esa medida afecta la estrategia de defensa de los detenidos.

Con este panorama de fondo, no son pocos los que hablan de persecución a Garzón, aunque su propio abogado Enrique Molina lo niegue. Y tampoco menos los que llegan a la conclusión de que quien se atreva a meterse con el franquismo, aún 30 años después de su decadencia, y con el poderoso Partido Popular, le va a costar muy caro.

El debate del quehacer nacional de España

La sociedad española suele dividirse para los debates del quehacer nacional en dos bandos: los que están a favor del PP y los que se inclinan por el PSOE. Los votantes del primero quieren ver a Garzón en el banquillo, y los segundos están indignados por la actuación de su sistema judicial.

Una tercera pieza la conforma esta vez Izquierda Unida (IU), un partido con poco electorado, sus sindicatos afines, ciudadanos independientes y víctimas del franquismo. Según estas, 144 256 desaparecidos registra ese lamentable pasado, cuyos cuerpos yacen, sin identificación, en cunetas y fosas comunes.

Justamente esta tercera fuerza es la que lleva adelante una campaña de defensa del juez Baltasar Garzón, en la Universidad Complutense de Madrid.

Allí acuden a diario artistas, músicos, escritores, políticos y víctimas. Y cada día, a las 20:00, se dirigen a las afueras de la Audiencia Nacional para expresarle su apoyo. Pedro Almodóvar o Pilar Bardem se han unido a esa causa.

“He venido a apoyar al juez Garzón porque cuando tenía 18 años estaba en esta Universidad protestando contra el franquismo y a mis 71 años estoy en el mismo lugar protestando contra el franquismo”, sostiene la madre de Javier Bardem y connotada actriz.

“Me da una tristeza inmensa. La transición fue ‘maravillosa’ porque en 24 horas los fascistas se convirtieron en demócratas y la izquierda cedió demasiado”, agrega.

“Es un juez que tiene sombras y luces. Pero creo que toda la parte positiva tapa con mucho las opiniones negativas sobre él. Para mí es un juez valiente, que se está jugando la vida por la democracia”, dice Cayo Lara, coordinador de IU, después de asistir a la concentración en la Complutense.

Lo dice con conocimiento de causa. Garzón es el hombre más amenazado por la banda terrorista ETA. Hoy está en la mira de la extrema derecha por urgar en el franquismo y de los corruptos por destapar sus negociados; antes en la de narcotraficantes y dictadores (la ultraderecha chilena le amenazó de muerte a él y a su familia). Son muchos, quizás demasiados, los que quieren ver a Garzón fuera del camino.

La manera más eficaz es inhabilitándole para ejercer. De ser juzgado se le podría suspender por 20 años. Sería el fin de su carrera judicial.

“Quienes hoy intentan sentar en el banquillo a un juez demócrata, que quiere reencontrar a este país con su memoria histórica, son los que están a favor de los que ayer apretaron en gatillo”, denuncia Lara.

‘El hombre que veía amanecer’

Muy pocos como Pilar Urbano saben bien lo que la Justicia significa para el letrado. Escribió en el 2000 una biografía autorizada: ‘Garzón. El hombre que veía amanecer’. Durante dos años le siguió. Él le desveló una vida privada y unos sentimientos que la sociedad española desconocía.

“Tiene a la Judicatura como afán de servicio de la sociedad, así de claro. Si hubiese podido ser médico sin fronteras lo sería. Le han ofrecido ir a ganar mucho dinero en bufetes, pero no le interesa nada”, dice la periodista y escritora del best seller (800 000 copias vendidas) a este medio.

Le define como un “hombre de pueblo, pero no pueblerino”. Ama su pueblo, sus raíces y a los amigos de siempre. Es una persona familiar, muy pendiente de sus hijos “no es un hombre que huye de la casa”, apunta la valenciana. Baila sevillanas y fandangos con su esposa Rosario ‘Yayo’ Molina –son novios desde la adolescencia-, y se disfraza de Papá Noel en Navidad. “Su mujer y sus tres hijos son sus cómplices, a ellos les consulta todo”, subraya Urbano.Un juez sensible, así lo define, que no se ha endurecido por la cercanía con el delito.

“Cuando interroga a un etarra hace que le quiten las esposas y le ofrece un cigarrillo, eso no quita que lo tenga declarando 11 horas. Les trata como a seres humanos. Siempre trata de rehabilitar a las personas”.

Cree que tiene la dosis de vanidad común en todos los seres humanos, pero está convencida de que no busca notoriedad.

“Si fuera vanidoso haría poses, pero no hay más fotos de él que entrando y saliendo de la Audiencia Nacional”.

¿Un juez estrella?

¿Juez estrella? Sí, pero no porque él quiera. Le acusan de escoger los casos más sonados y mediáticos, pero para quienes le defienden se trata de una acusación absurda. “¿Qué creen, que Garzón va al supermercado y dice hoy lunes me quedo con este que es más llamativo y con este que me va a dar fama? A él le reparten los casos como a todos los jueces”, argumentan Urbano.

Garzón es el típico caso del que no es profeta en su tierra. Tiene 21 doctorados honoris causa en universidades de América y Europa y solo uno en España, en su ciudad, Jaén.

Le llaman para integrar el Tribunal Penal Internacional, los presidentes de Sudamérica le reciben cuando acude allí, se reúne con Clinton y la descendencia Kennedy busca una foto con él.

Mientras que en la Península, sus colegas ven mal que figure mucho. “La Judicatura en este país, no sé en Ecuador, es una carrera para personas que no destaquen, los jueces tienen que moverse en lo grisáceo. No está bien visto el estilo propio”, dice la escritora.

Su afán de protagonismo es para muchos su piedra de toque. Le gusta ser el centro de atención donde esté, no exclusivamente en las instancias judiciales. Dicen que tiene la autoestima muy alta y bastante genio.

En la Audiencia Nacional hace sombra, eclipsa. Trabaja demasiado, todos los días se lleva dos maletines llenos de trabajo a casa. “Tiene agotados a los funcionarios que trabajan para él, otros han pedido cambio de destino porque no soportaban su ritmo. Eso convierte en incómodo a un hombre porque los demás no llegan a tanto nivel de eficacia y trabajo”, corrobora Urbano.

En el sistema judicial sus detractores ya rebasan las tendencias ideológicas. Son tantos de derecha como de izquierda –Varela pertenece al ala progresista-, y parten de una teoría distinta a la de Garzón de concebir la Judicatura.

“El enemigo de Garzón es el delincuente y quien no sea delincuente y es enemigo de Garzón que palpe su conciencia y se pregunte por qué. Lo normal es que los jueces fuesen sus amigos, porque les ayuda a hacer justicia”, concluye Urbano.

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