23 de April de 2014 00:01

La inflación y la caída de la economía acorralan a la presidenta de Brasil

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En medio del tumulto matinal de la feria de la plaza General Osorio, en Ipanema, Adriana Guerreiro levanta un tomate con delicadeza, como si se tratara de una joya valiosa. Lo aprecia unos segundos, piensa y luego desiste, para volver a dejarlo sobre el puesto de verduras, donde el kilo es vendido a 7 reales (USD 3).

“Todas las semanas aumenta el precio de los alimentos, pero el Gobierno no parece estar haciendo nada para defender el bolsillo del pueblo. Ya ni podemos comprar tomates”, se lamenta ante La Nación esta empleada doméstica de 55 años, habitante de la cercana favela del morro de Cantagalo, que gana 1 500 reales por mes (unos USD 500), el doble del salario mínimo nacional.

Cuando faltan seis meses para las elecciones generales, la presión inflacionaria, sumada a un decepcionante desempeño económico, es ya uno de los principales enemigos de la presidenta Dilma Rousseff.

Precisamente estos factores, sumados a las investigaciones de corrupción en la petrolera estatal Petrobras y al descontento por los gastos para el Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos de 2016, han generado una ola de protestas en Río de Janeiro, Sao Paulo, etc.

Se espera que la Mandataria busque un nuevo mandato para retener el Palacio del Planalto en manos del Partido de los Trabajadores (PT), en el poder desde 2003 gracias al éxito de su predecesor y mentor, Lula da Silva, pero la situación económica amenaza con arruinarle los planes, como hizo con el almuerzo de doña Guerreiro.

Y ahí surge en el imaginario brasileño la figura de Lula como eterno salvador. Gracias a su popularidad y a una intención de voto de 52% -bastante más alta que el 38% de Dilma- si decidiera presentarse a las elecciones, el expresidente le daría un cómodo triunfo al PT.

Atrás quedó el crecimiento económico brasileño a tasas chinas del 7,5%, como cuando Lula dejó la presidencia a fines de 2010. Desde que Rousseff asumió, el PIB se expandió 2,7% en 2011; 1% en 2012; 2,3% en 2013, y el Fondo Monetario Internacional acaba de proyectar un crecimiento de apenas 1,8% para este año, pese a que el Gobierno insiste en mantener su expectativa de 2,5%.

En tanto, la inflación cerró el año pasado a 5,9% y según los pronósticos oficiales ascendería este año a 6,2% (muy cerca del 6,5% considerado como techo por la meta del gobierno).

Sin embargo, hasta marzo, el índice de precios al consumidor lleva acumulado un aumento del 6,15% en los últimos 12 meses, impulsado por un alza de los alimentos aún mayor. ¿El villano de la película? El tomate, cuyo precio subió 32,85% desde marzo del año pasado, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE).

“La percepción de la gente es que el Gobierno no está consiguiendo domar la inflación, sobre todo en productos cotidianos como los alimentos”, señaló Heron do Carmo, profesor de Economía de la Universidad de San Pablo.

Do Carmo agregó que aunque Brasil pasó períodos de hiperinflación a fines de los años 80 y principios de los 90, la memoria histórica es corta y la mayoría de los brasileños se acostumbró a vivir con baja inflación y desempleo, como el actual, que pese a todo ronda el 7%. “Los datos generales del PIB alertan a los economistas, pero cuando las variables bajan al día a día de los ciudadanos y golpean su poder adquisitivo o el nivel de empleo, ahí entramos en terreno peligroso para los políticos”, advirtió.

En efecto, la última encuesta de Datafolha, publicada por el diario Folha de S. Paulo, reveló una caída de seis puntos en la popularidad de Rousseff: del 44% de intenciones de voto que tenía en febrero al 38% ahora. Lo curioso es que esa pérdida no se tradujo en una ganancia de sus principales rivales para las elecciones del 5 de octubre. El senador Aécio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasileña, se mantuvo con un 10% de las preferencias, mientras que el exgobernador del estado de Pernambuco Eduardo Campos, del Partido Socialista Brasileño, apenas sumó un punto, del 9 al 10%.

Con estas cifras, Rousseff todavía ganaría en primera vuelta, sin necesidad de ir a un balotaje el 26 de octubre.

“La decreciente popularidad de Dilma es preocupante para el gobierno. La campaña aún no comenzó y ya pierde puntos”, señaló el profesor David Fleischer, de la U. de Brasilia.

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