30 de May de 2010 00:00

El hombre alado prefiere la Tierra

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Luis Gruss

Especial para Siete Días

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Estamos tan llenos de una indiferencia tan fría, de vidrio, rígida, soporífera e impenetrable, que nace en nosotros, secretamente, el deseo absurdo de vivir una catástrofe que fuera capaz de arrancarnos para siempre de este letargo. Unas ganas tremendas de relacionarnos con la realidad y entender nuevas posibilidades. Una desgracia que nos permita renacer”.La sugestiva frase pertenece a Federico Fellini y no sé por qué decido cargarla como una esmeralda en la mochila cuando voy a encontrarme con Gustavo Cerati, en una esquina de la calle Rómulo Naón, Belgrano town.

Entro y me pregunto por qué traje al país del pop esas palabras casi desesperadas del fallecido director de ‘La Strada’. A esta altura el lugar ya se llenó de gente que envía faxes, habla por teléfono, circula con ritmo frenético entre paredes tapizadas de afiches alusivos y discos de platino.

De pronto entra en escena una morocha delgada y de ojos tan penetrantes como el aro punzante que lleva en uno de los costados de su nariz. Me tranquiliza diciéndome que Gustavo está por llegar. Pero la cosa no termina ahí. Porque acto seguido se sienta en la silla que está junto a la mía y decide tomarme una breve prueba de admisión. ¿Sabés algo de la historia de la banda?, me dispara de pronto. Absolutamente nada, le contesto por costumbre y le digo que no se agite, que la vida es corta, que todo va a salir bien.

Como para confirmar lo bien que va a salir todo, se abre una puerta y entra Cerati como una tromba. Se sienta y se ofrece cordialmente a desmenuzar para mí el ‘track’ interactivo que viene adosado al último ‘compact’ de la banda más popular de la Argentina (eso, obviamente, no lo inventé yo: lo leí a las apuradas en un papel que me entregó la chica del aro en la nariz).

Yo todavía no sé cómo empezar ni por qué traigo a Fellini en el morral. Entusiasmado, casi triunfal, extraigo de entre mis papeles la famosa frase de Fellini, y se la leo como para ver si puedo impactarlo con algo personal y decididamente arbitrario. Me escucha en silencio, se echa lentamente hacia atrás en el sillón y la función empieza sin que nos demos cuenta.

“Lo que dice Fellini me parece esencial –dice por fin–. Solo aprendemos algo si traspasamos el límite, si nos entregamos a la experiencia total. Yo relaciono esa idea de vivir una catástrofe con la necesidad que tenemos a veces de llegar cada vez más abajo para entender lo que nos pasa. Hay gente que no lo necesita, pero que igual llega a esas situaciones empujada por las circunstancias”.

¿Te molesta la frialdad soporífera que nos rodea?

Es algo muy raro lo que está pasando en este país. Yo veo que existe una especie de adormecimiento muy contradictorio. Lo noto en mí y en la mayoría de la gente. Uno termina como aplastado o dormido por el efecto trompada, por los guiones surrealistas que nos tocan vivir aquí. Cuando nosotros empezamos, 13 años atrás, se vivía en la Argentina una época muy movilizadora. Eso influyó mucho en nuestra música. Era la época en que muchos decían que Soda no iba a durar, cuando casi nadie daba nada por nosotros.

Y ahora esos mismos tal vez estén dando demasiado.

Lo que en todo caso importa es el proceso interior. ¿Qué se supone que viene después de llenar el Gran Rex o de juntar 250 mil personas en la 9 de Julio? Una posibilidad sería dedicarnos una y otra vez a superar nuestras propias marcas, como si fuese un deporte. ¿Pero hasta qué punto se puede hacer eso sin matar la música que amamos? Además te van pasando cosas. Murió mi papá, me enamoré, tuve un hijo, cumplí 37 años, y es como si la edad hubiese encendido una luz de alarma en mi camino. De repente aprendés a decir que no a ciertas cosas, aunque eso signifique perder un montón de plata. Para nosotros, posiblemente ya no sea el tiempo de un hit como Música ligera.

A cambio llegó el tiempo de grabar sin enchufe para la MTV. ¿Hubo algo que te fastidió en ese trámite?

Básicamente hay un formato estandarizado que se crea, algo así como un ‘shopping’ en donde todo termina siendo igual. Yo no me banco esos discos que se basan únicamente en versiones de temas. Y nosotros no queríamos limitarnos a meter la canción eléctrica adentro de una caja acústica. Lo que salió es una mezcla de versión, contraversión y novedades, todo envuelto –lo admito sin culpa– por cierto aire de aburguesamiento o liviandad, que sin embargo nunca llega a tocar el conformismo.

Ni chicha ni limonada.

Podría ser visto de ese modo. En el fondo a mí me gusta jugar un poco con esa especie de terrorismo entre dos posturas.

Hablás tanto en primera persona que me pregunto si Soda Stereo sigue formando parte de tus planes.

Eso nunca se puede saber con seguridad. Nosotros pasamos por muchas etapas. Después de ‘Dynamo’ yo sufrí una especie de crisis respecto del grupo. Creo que necesité tomar distancia; se produjo una especie de separación de bienes espirituales entre nosotros.

Como esas parejas modernas donde cada uno vive en su casa y se ven cuando tienen ganas.

Algo así. De hecho, la prioridad que tenía el grupo para nosotros en otras épocas ya no es tal. Ya no planificamos las cosas. Yo mismo sólo me doy cuenta de que soy Soda Stereo cuando cruzo la calle y vengo para acá.

La ruta versus la familia, un viejo dilema del rocker.

No hay por qué plantear las cosas de ese modo. Por un lado, uno se cansa de viajar. Estás demasiado tiempo en hoteles que se van pareciendo unos a otros, que hasta huelen igual. Además no ves a tu familia, o la ves muy poco. Pero al mismo tiempo la experiencia del viaje y los conciertos revitaliza mucho. Creo que me costaría bastante abandonar los recitales en vivo.

Volvamos por un rato al principio. Así definiste a ‘Jet Set’, el primer disco de Soda: “Nuestra música es dietética. Hace adelgazar(...)”. ¿La música ‘diet’ quedó atrás?

¡Éramos tan jóvenes! Ahora la historia es otra. Hay un cierto grado de rebeldía que nos aleja del formato clásico del hit y, después de haber alcanzado cierta saturación, nos impulsa a explorar caminos nuevos. No sé si fue resultado de una decisión o simplemente pasó. Pero lo que sí sé es que poco a poco empezamos a resignar el vértigo y la adrenalina a favor de otras cosas. Ya no apostamos tanto al público. La propuesta actual pasa por un disfrute más personal de los discos, gozar de la música más allá de lo que pase en los grandes teatros o estadios. No es que renuncie a todo eso, que siempre seduce, pero lo que pasa es que la sociedad ha cambiado mucho últimamente, al igual que nosotros, y tal vez esté llegando el momento de pensar más en un oyente individual.

¿Alguna pista sobre los días que vienen?

Hay una especie de miedo a lo que va a llegar. Dentro de esta historia que nos abarca a todos, yo pretendo conseguir una combinación de cambios e insistencias. Obstinación por un lado, ya que me guste o no sigo siendo el mismo de siempre, con mis virtudes y defectos. Cambio necesario, también, porque si no cambio me ahogo en el confort de lo que ya está. Entonces sí: música para volar' como una flecha salvaje.

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