25 de July de 2010 00:00

Para él, Guayaquil no tiene secretos

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Richard Cortez

Redacción Guayaquil

Cuando en Guayaquil se quiere conocer pormenores de alguien que fue o es parte de la historia económica, política, cultural y deportiva de la ciudad, del país o del exterior, necesariamente se recurre a Rodolfo Pérez Pimentel. Son cerca de 1 400 biografías en su haber.Padres, familiares, aficiones, logros, fracasos, anécdotas, obras... son parte de la información que ha levantado a lo largo de los años, fruto de investigaciones, lecturas y experiencias profesionales. Su condición de cronista de la ciudad e historiador facilita esa tarea. Esa información está disponible en Internet y es gratuita.

Su conversación es extensa, fluida y llena de detalles. Hablar con él sirve para comprender de mejor manera la identidad de la ciudad más poblada del país.

Al ser Guayaquil un puerto, sus habitantes pudieron conectarse con el mundo, ¿quiénes lo hicieron?

Desde 1865, cuando empezó el ‘boom’ del cacao, la gente se preocupó por sembrar cacao y las haciendas se transformaron. Con esos nuevos ingresos de dinero, la gente comenzó a viajar.

¿Los ‘Gran Cacao’?

Sí, los ‘Gran Cacao’: Aspiazu, Seminario, Puga, Barreiro, Morla, Aguirre, Ycaza y otras familias. No se iba uno, se iban de a diez.

¿Qué tiempo se iban?

Algunos no volvieron. Acevedo y Díaz Granado se quedaron dos y tres generaciones. En París hubo el barrio Los Guayaquileños.

¿Quienes regresaron hicieron aportes a la ciudad?

Empezaron a construir casas de cemento armado por el terror que había en la ciudad a los incendios. La Compañía Italiana de Construcciones las edificaba para estos ‘Gran Cacao’.

¿Aparte de las casas?

En el gusto estético. Indudablemente trajeron el modernismo, soñando en la lejanía de París, de las damas versallescas...

¿Cuándo se abrieron otros destinos?

A mediados del siglo XX, hubo familias que ya viajaron a Estados Unidos y regresaron con aficiones deportistas, como los Estrada o los Plaza Lavezzari que eran campeones de ‘lighting’ (velerismo). Emilio Estrada organizó una compañía de comercio que compró la Isla de la Plata para hacer turismo internacional. Velasco Ibarra no lo permitió.

¿Y después?

Luego del triunfo de Fidel Castro se unificaron los criterios de liberales y conservadores y aparecieron comunistas y no comunistas. A Rusia se fue una generación florida de los hijos de los primeros líderes comunistas de los años 30: Enrique Gil, Pedro Saad o Antonio Parra. Viajaron y regresaron con ideas artísticas.

Otra etapa marcó el otro ‘boom’: el bananero.

Un grupo de familias muy conocidas se metió a las haciendas a plantar banano y, nuevamente, pudieron desplazarse hacia otros destinos.

Desde el otro lado, Guayaquil recibió la influencia y acogieron a extranjeros...

Desde la Colonia, la interconexión marítima era Panamá, Barranquilla, Guayaquil, Callao y Valparaíso. Todos los franceses e ingleses que iban a Perú o Chile debían pasar por nuestra ciudad.

¿Eso le abrió una ventana?

La primera casa con ventanas se construyó en 1870 y la hizo el italiano Humberto Lavezzari, a la usanza de Venecia. Antes de eso, las casas tenían corredores con toldas que se bajaban cuando salía el sol y se alzaba cuando se iba.

Otros grupos son ahora parte de la ciudad, de su identidad, ¿cuáles son los que usted destaca?

Los sirio-libaneses vinieron desde 1870 con mucho sentido comercial. También vino gente desde Palestina; después se regaron por todo el Ecuador. Venían conociendo el Primer Mundo. Igual ocurre con los españoles y los italianos, que tienen una incidencia fuerte en la ciudad. Ellos vinieron con la República.

¿Los asiáticos?

Los chinos han sido trabajadores, estudiosos y buenos alumnos. Se han ido al campo y se dedicaron a la agricultura, primero y últimamente al comercio.

Usted vivió en Estados Unidos, si se hubiera quedado a vivir allá ¿qué hubiera extrañado?

Hubiera añorado la ciudad. He sido guayaquileño de añoranzas. Eso me viene por lo gallego. El año que estuve en Estados Unidos no comí nada guayaquileño. Pero una noche, Violeta Boloña Martín, una de las mujeres más bellas del Ecuador, que estaba casada con un petrolero estadounidense, me invitó a comer cocolón.

¿Solamente cocolón?

Sí, en un año no comí nada del país. Yo veía un latino y salía corriendo porque yo fui a aprender inglés y a ganarme la vida.

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