4 de July de 2010 00:00

‘Este desastre es peor que el Katrina’

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Rubén Darío Buitrón/ Enviado a Nueva Orleans, EE.UU.

‘Nuestra vida es solo esto y el petróleo ha venido a matar nuestra cultura. Ya no podremos pescar y quizás nos toque marcharnos para siempre”. Rosina Philippi lo dice con un gesto de tristeza. Esta mujer, de 1,75 m de estatura y 54 años, es líder de la comunidad aborigen Atakapa-Ishak, asentada en Grand Bayou Village.Mientras observa las aguas contaminadas alrededor de su isla, donde el olor a brea o asfalto fresco es muy fuerte, Rosina lee la inscripción en la camiseta de una voluntaria que la visita: “Oil shouldn’t cost lives” (“El petróleo no debe costar vidas”).

El pasado 20 de abril, en las profundas aguas del Golfo de México estalló una plataforma de explotación petrolera de la empresa Deepwater Horizont, que sirve a la compañía inglesa British Petroleum (BP).

Once trabajadores fallecieron en el accidente y, desde entonces, más de 60 000 barriles diarios se vierten cada día sobre el mar.

Rosina, quien tiene tres hermanos también dedicados a la pesca, lleva una camiseta con la identificación de su pueblo nativo. Su cabello negro está recogido en una trenza que llega hasta la cintura y de un collar de semillas de naranja cuelga una minúscula jarra de bronce. Antes del desastre, su familia recogía 3 000 libras de camarón cada noche. Ahora obtiene solo 500 libras que vende en el puerto más cercano.

La tragedia no solo golpea a la cultura de las comunidades, donde sus canciones, artesanías y relatos populares se relacionan con la pesca.

El derrame y los químicos que se usan para detenerlo han producido hasta hoy la muerte de 500 tortugas, 67 delfines y 1 200 aves, según una evaluación de organizaciones ambientalistas, lo cual podría desencadenar la extinción de unas especies y la migración de otras.

75 días después de la explosión, el crudo se sigue vertiendo desde la plataforma y eso desespera a cientos de comunidades costeras de Louisiana, Mississippi, Alabama y Florida: ellas dependen del ecosistema del Golfo para su supervivencia, por el turismo y los famosos platos marinos.

Muchos pescadores, en especial los que capturan mariscos y crustáceos para la venta a prestigiosos restaurantes de Nueva Orleans, están en el desempleo.

Philip Simmons, un camaronero y cangrejero de 68 años, sobrevivió a la catástrofe del huracán Katrina el 29 de agosto del 2005.



Mientras bebe un poco de té helado, recuerda con nostalgia que en esa época se fue de Nueva Orleans el 40 por ciento de la población y más de 10 000 personas debieron refugiarse por semanas en el estadio Super Dome, ícono del fútbol americano.

“Esto es peor que el Katrina”, repite en voz alta. Con sus dos pequeñas embarcaciones ancladas en Port Sulphur, un muelle a dos horas del centro de Nueva Orleans, a Simmons y a su ayudante, el motorista Ed Lattington, solo les queda esperar que alguien llegue y los contrate, aunque sea para movilizar periodistas de un punto a otro del Golfo.

Aunque no lo saben, esta tarea de Simmons y Lattington es clave, pues la prensa debe sortear obs-táculos y prohibiciones porque las autoridades estatales impiden a los medios sobrevolar la zona, fotografiar las instalaciones de las refinerías de Louisiana o captar imágenes que evidencien la dimensión de la catástrofe.

Los universitarios Michael Perry y Margareth Dubuisson, miembros de organizaciones católicas de Louisiana, también viven un momento frustrante.

Ellos fueron parte de los más de 25 000 voluntarios que trabajaron luego de la devastación que trajo el Katrina.



















Los efectos de la catástrofe ambiental. Las evidencias de la fuga de crudo están ya en la superficie. No hay que meter la mano en el fondo para que salga manchada. Fotos: cortesía de Jonathan McIntosh













En esos duros meses de tensión y dolor, los voluntarios hicieron de todo para cuidar a los refugiados: repartieron comida, organizaron la entrega de ropa adecuada, hicieron un censo de los daños, sacaron fotocopias de documentos y consolaron a la gente deprimida por la tragedia.

Ahora es diferente, según Michael y Margareth. “El Gobierno es timorato, no sabemos exactamente cómo podemos ayudar a la gente y la información oficial es confusa”. Sunshine Bond, una activista de la organización United For a Healthy Gulf (Unidos por un Golfo Saludable), quien ha vivido en Ecuador y Bolivia, explica que el derrame podría destruir el ecosistema.

“Casi una tercera parte del Golfo ha sido afectada, en especial la captura de cangrejos y camarones. Y es triste porque los camaroneros son pequeñas familias. Ellos recién se recuperaban del Katrina y ahora les tocará vivir más años de angustia”.

La BP ofrece USD 20 000 millones para indemnizaciones y reparación de daños. Simultáneamente ha contratado a miles de personas y cientos de barcos para la limpieza de las playas y mantiene una intensa campaña de información en la prensa local.

“Pero los medios están enfocados en el problema y presionan al Gobierno para que tome acciones poniendo la noticia cada día en primera plana”, expresa Rosina Philippi y espera que esta vez sea diferente, pues recuerda que en este tipo de desastres, las grandes petroleras (Texaco en Ecuador y Exxon Valdez en Alaska, por ejemplo) no cumplen su palabra.

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